domingo, 17 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 2. Vientos de guerra

 


Capítulo 2.  Vientos de guerra



Un aciago 18 de julio del año 1936, estaba el joven Antonio, que ya contaba 16 años, junto a otros campesinos del lugar un día más segando en un campo de trigo, un lugar llamado “el Haza Llana”, no muy lejos del cortijo de El Raposo. En mitad de su duro quehacer vieron aparecer de repente y a lo lejos un extraño grupo de unos 14 o 15 hombres acercándose a donde se encontraban. Caminaban con paso decidido y enérgico, y en sus gestos se podía intuir que no traían nada bueno. Llegados a donde ellos estaban, uno de los hombres les interpeló de esta manera:

— ¡Dejen ustedes de trabajar, y acompáñennos al cortijo! — exclamó resueltamente el extraño.

Intimidado y perplejo, el extenuado grupo de segadores dejaron resignados sus tareas y acompañaron a aquellos hombres.

Más tarde, y ya de vuelta en el cortijo, se enteraron que aquel grupo de hombres era en realidad una comisión de obreros exaltados del bando republicano. En España estaba teniendo lugar uno de los momentos más negros de su historia. Acababa de estallar la Guerra Civil.

 

 

 

Todos los hombres del cortijo fueron reunidos en un salón. Allí, el que parecía ser el cabecilla del grupo les anunció que debían quedarse todos guarnecidos en el cortijo y no salir a trabajar en los días siguientes. Los opositores de la República se habían sublevado con un golpe militar, lo que había dado lugar al comienzo de una guerra civil. Cualquier día, anunciaron, regresarían al cortijo a convocar a todo hombre capaz, para luchar en el frente republicano. Aseguraba con determinación que “debían luchar”, “que todos los fascistas debían morir” — tal era el odio que sentían por el enemigo, y así pretendían contagiar estos sentimientos a todos los hombres que iban encontrando a su paso por los innumerables cortijos de la región. “No sobraban manos, y necesitaban todo el apoyo en aquella contienda”, insistían.

 

Los humildes labradores escuchaban cariacontecidos y confusos a aquellos extraños hombres, extrañándose de que les hablaran en esos términos. La mayoría de ellos no sabía quiénes o qué eran esos a los que con tanto rencor llamaban “fascistas”. En la apacible y monótona vida del cortijo, apartada del trasiego de pueblos y ciudades, aquellos lejanos temas de la vida pública poco importaban, y muy poco se sabía allí acerca de los acontecimientos recientes o corrientes políticas del momento.

 

Durante los días siguientes fueron apareciendo en más ocasiones aquellos obreros exaltados. Como en la primera ocasión, trataban de aleccionar insistentemente a las gentes del cortijo y les conminaban a permanecer cobijados en el interior de sus casas ante los graves peligros de la guerra recién desatada. Solía hablar el cabecilla de siempre, un tipo que llevaba una pistola colgada al pecho y orgullosos aires de líder.

 

Uno de esos días el grupo de exaltados apareció una vez más en el cortijo, en esta ocasión con una actitud bastante más violenta. Parecía que el objeto de su ira era la pequeña ermita que había en el cortijo, pues derribaron la campana, sacaron todas las figuras de santos que allí encontraron, las amontonaron salvajemente a la puerta y les prendieron fuego. Las gentes del cortijo contemplaban atónitos, llenos de consternación y temor la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los exaltados acabaron su fechoría esparciendo por todo el lugar montones de viejos papeles y hojas rotas, procedentes del interior de la ermita, sin duda parte de viejos archivos y libros eclesiales que allí se guardaban. La encendida cólera y odio de aquellos hombres parecía no detenerse ante nada ni ante nadie.

 

En su tónica habitual el cabecilla del grupo seguía dando sus encendidos discursos a los habitantes del cortijo, como si de auténticas conferencias políticas se tratase, insistiendo una y otra vez con gran ímpetu que “debían matar a todos los fascistas”.

 

En sus habituales incursiones en el cortijo, el grupo de exaltados solía llevarse cabezas de ganado y todo tipo de enseres que pudieran ser de algún valor, asegurando que “eran necesarios para la causa”, y que “en el frente lo necesitaban”. Los campesinos aceptaban resignados el violento expolio, temiendo que pudieran matar a cualquiera de ellos si se negaban a colaborar o se enfrentaban a ellos.

 

 

Pronto les llegaron a anunciar que permanecieran a cubierto y bien protegidos, porque iban a comenzar los ataques aéreos con bombas.

 

Atenazados por el miedo y temiendo por su vida, los campesinos del cortijo huyeron del lugar, y corrieron a refugiarse en los más diversos escondrijos y refugios en la sierra. Marchaban casi con lo puesto, sin tiempo apenas para coger un abrigo, algún chusco de pan o alguna bota de vino. Era una carrera para intentar salvar sus vidas.

 

Al igual que la mayoría de sus vecinos, Antonio y su familia salieron al monte, a refugiarse en un lugar llamado “El Picón de la Cueva”. Allí sabían que había una cueva, donde decidieron refugiarse y pasar la noche.

 

Pronto se cumplieron las amenazas de los grupos armados, y sintieron en la lejanía el grave estruendo de las bombas al estallar como truenos de una terrible tormenta. Varios grupos republicanos venidos de Dólar, Guadix y Baza estaban bombardeando el cortijo, que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina, lo que se presuponía que era el verdadero objeto de su ira contra aquel lugar. Más tarde se marcharon. Oyeron, por los comentarios de algunos habitantes del cortijo, que se dirigían a otro cortijo cercano, llamado “Abenajara”, en busca de los propietarios, con intención de apresarlos. Allí también bombardearon violentamente los edificios y lograron detener a los dueños, a los que llevaron presos a Baza.  

 

Cada cierto tiempo las comisiones republicanas regresaban al cortijo y reclutaban a hombres en edad adecuada para la contienda. Reunían a todos los convocados a formar en los exteriores del cortijo, y marchaban hacia el “Centro de Recuperación” republicano que había en Viator, cerca de Almería. Pronto convocaron también a los jóvenes de la edad de Antonio. Y como al resto, a él también lo condujeron por la fuerza a aquel lugar. Gran pesar supuso para su madre esta noticia, que con el resto de sus hijos, tuvo que despedir con enorme dolor, resignación y sufrimiento al joven “soldado” en que habían convertido a la fuerza a su querido hijo mayor, sin que nada ni nadie le pudiera asegurar si volvería a ver algún día.



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.







domingo, 10 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 1. Una vida de campesino

 


Capítulo 1.    Una vida de campesino




Antonio nació un 10 de octubre de 1919, en un cortijo andaluz, en mitad de la Sierra de Baza, en las agrestes tierras del Marquesado del Zenete, junto al término municipal de Dólar, al noreste, un lugar llamado “El Raposo”, un cortijo que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina.

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.

Su padre se llamaba Claudio, era uno de los guardas del lugar, un hombre sencillo y honrado, dedicado, como el resto de las familias de campesinos que allí habitaban, a las duras tareas del campo. Claudio tenía 29 años y estaba casado con Margarita, una humilde campesina, mujer dura y severa, 4 años menor que él. La humilde pareja de campesinos había contraído matrimonio siete años atrás, en la localidad de Caniles, cercana a Baza, en el otro extremo de la Sierra.

 

El pequeño Antonio creció en un entorno duro, humilde y pobre, sin embargo nunca les faltó comida que llevarse a la boca. La monotonía de los días en el cortijo consistía en las duras tareas del cultivo de cereales comunes como el trigo, la cebada y el centeno; y algunas legumbres y tubérculos como patatas, garbanzos, habichuelas o lentejas. El rutinario transcurso de los días en el campo tan sólo era interrumpido de vez en cuando por ocasionales salidas a la sierra para recoger leña, o alguna compra ocasional en el cercano Guadix, localidad de mayor importancia en la comarca.

 

Ya con 7 u 8 años el pequeño Antonio era animado por su padre a ayudarle en las tareas de cada día en el campo, como si fuera un hombre más.

 

Una de las pocas ocasiones del año en que se rompía la monotonía del lugar era cada 18 de octubre, cuando tenían lugar las fiestas locales de Moros y Cristianos a pocos kilómetros de allí, en una pequeña aldea llamada La Rambla del Agua, a unos siete kilómetros de Charches. 


Vista de la aldea de La Rambla del Agua. Fotografía de José Ángel Rodríguez.



Había música, bailes y escenificación de batallas entre moros y cristianos. Era uno de los pocos momentos del año en que los campesinos del lugar dejaban sus duras tareas en los cortijos y acudían a festejar la tradición.

 

También el pequeño Antonio acudía cada año con sus padres a la cercana aldea, allí los chiquillos solían divertirse jugando con improvisados palos y espadas de madera, jugando a escenificar, imitando a los mayores, aquellos míticos y antiguos combates entre soldados árabes y castellanos.

 

Años después la familia fue creciendo poco a poco. Tres años después, en 1922, nació Emilio, más tarde Adela en 1925, y finalmente Antonia en 1928.

 

Por el cortijo solía acudir con cierta frecuencia un maestro itinerante que circulaba habitualmente por los numerosos cortijos de la zona, un hombre llamado José de Urrutia, que enseñaba a los críos del lugar a leer y escribir, y las cuatro reglas básicas de matemáticas. Antonio, cuando las tareas del campo se lo permitían, acudía a algunas de esas improvisadas “clases” algunos días por la noche, durante una hora, junto con su hermano Emilio. Esas humildes clases itinerantes fueron la única educación a la que tuvieron acceso en toda su vida. Fue poco lo que tuvieron oportunidad de aprender, pero al menos ese poco lo aprendieron bastante bien, y siempre pudieron leer y escribir sin demasiada dificultad y hacer cálculos básicos.

 

La tragedia familiar se gestó, sin embargo, hacia el año 1930, cuando Claudio, el padre de la humilde familia, notó cómo su salud iba empeorando tras un resfriado mal curado. La dolencia se intensificó, y pronto tuvo que permanecer en cama por la gravedad de la enfermedad. A pesar de la asistencia de un médico y de la toma de medicinas su estado continuó empeorando.

 

Tristemente Claudio falleció finalmente, dejando huérfana a la incipiente familia, que a partir de entonces tuvo que continuar sola su camino.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.


















Imagen del cortijo de El Raposo. Autor: José Ángel Rodríguez. Proyecto Sierra de Baza. https://sierradebaza.org/
Publicada en artículo: «Los maquis; la guerrilla antifranquista», Jesús Fernández Osorio. https://en-clase.ideal.es/2020/10/09/jesus-fernandez-osorio-los-maquis-la-guerrilla-antifranquista/?ref=https%3A%2F%2Fwww.ecosia.org%2F


Imagen de la aldea de La Rambla del Agua. Autor: José Ángel Rodríguez.



Andanzas de un campesino soldado. PRÓLOGO

 


PRÓLOGO

 

 

Viajemos al pasado, pongamos nuestra mirada en los años en Europa llamados de “Entre-guerras”. Era 1919, en aquellos días en Barcelona se iniciaba una importante huelga de trabajadores de La Canadiense, que poco después desembocaría en una histórica huelga general que tuvo como consecuencia, poco tiempo después, la instauración por ley de la jornada laboral de 8 horas para todos los trabajadores.

Huelga de trabajadores de La Canadiense. Barcelona, Febrero de 1919.

En aquellos días todavía resonaba reciente la terrible pandemia de gripe acaecida en todo el mundo un año antes, la mal llamada “Gripe Española” de 1918, de la que el primer caso se documentó sin embargo en un cuartel militar de Kansas (EE.UU.), y que supuso la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo, y de la que aún en 1919 e incluso 1920 se produjeron algunos rebrotes en ciertas regiones.

Sala de enfermos de un hospital improvisado. EE.UU., 1918.

Allá por la India un tal Mahatma Gandhi empleaba por aquellos días sus métodos de protesta mediante la no-violencia.


Se comprobaba y confirmaba por primera vez también en aquellos días la Teoría de la Relatividad, de un tal Albert Einstein, y también en aquel año se concluía con éxito el primer vuelo trasatlántico de la historia.


Despegue del primer vuelo trasatlántico de la historia. 1919

En Francia se firmaba el Tratado de Versalles, poniendo fin a las largas negociaciones tras el fin de la 1ª Guerra Mundial y a su vez se fundaba la Sociedad de Naciones, germen de lo que posteriormente sería la Organización de Naciones Unidas. 

Firma del Tratado de Versalles. Francia, 28 de Junio de 1919.

En Alemania un elocuente desconocido, apellidado Hitler, comenzaba por esas fechas a pronunciar algún que otro discurso. Y ese mismo año de 1919 en Madrid el por entonces Monarca, Alfonso XIII, inauguraba la primera línea de metro, dando paso por primera vez en España a la vanguardia del transporte de la época.

Inauguración de la 1ª línea del Metro de Madrid. 1919.


Personajes como el conocido humorista español Miguel Gila, la política argentina Eva Perón o el mundialmente conocido alpinista neozelandés Edmund Hillary nacían en ese mismo año. En los Estados Unidos de América fallecía Theodore Roosevelt y en México moría tiroteado el revolucionario Emiliano Zapata.

 

En tierras más cercanas, un tal José Alix Martínez patentaba en nuestro país la primera olla express de la historia.



Comienzo de las crónicas

 Andanzas de un campesino soldado


Una historia basada en hechos reales


Cronista:

Fernando Conesa Navarro

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.
Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza. Imagen de José Ángel Rodríguez.
















Imagen del cortijo de El Raposo. José Ángel Rodríguez. Proyecto Sierra de Baza. https://sierradebaza.org/
Publicada en artículos: 
«El granadino que salvó Bolonia de ser destruida por los bombardeos en 1944», Gabriel Pozo Felguera.

FUENTES: 




miércoles, 6 de octubre de 2021

Viejos escritos salen a la luz

En la primavera de 2010, tuve oportunidad de acompañar en muchos de sus paseos a mi abuelo materno, Antonio, que por entonces contaba ya con 90 años a sus espaldas. En muchas ocasiones y de forma espontánea solía relatar todo tipo de historias que casi siempre acompañaba con todo lujo de detalles, con una precisión muchas veces realmente sorprendente. A raíz de todas aquellas historias, un buen día se me ocurrió empezar a escribir una especie de registro escrito a modo de unas sencillas “crónicas”, que recogieran todo aquello que relataba. Lamentablemente no pude registrar todas las historias que contaba, pero al menos pude reunir información suficiente para componer, a modo de pequeño relato basado en hechos reales, unos 9 capítulos que narran algunos de los hechos más destacados de su azarosa vida.



Con motivo del próximo 102 aniversario de su nacimiento, el 10 de Octubre de 1919, he tenido a bien rescatar esos escritos de allí donde han permanecido dormidos todos estos años, “desempolvarlos”, revisarlos y corregirlos un poco para “mostrarlos al público”. Así que me dispongo a publicar un capítulo de esa historia de forma semanal en este mismo blog, durante las próximas 9 semanas; comenzando este próximo Domingo 10 de Octubre de 2021 a las 12:00 del mediodía


Espero que os guste.   


jueves, 2 de abril de 2015

“Largo invierno en Invernalia”



Alzo la vista, miro a través de la fría ventana. Pequeños copos se deslizan por el gélido aire invernal de un pueblo en Finlandia.

No, no es ningún libro ni película, es mi aquí, mi ahora. Son alrededor de las 13:00, 2 de Abril de 2015, me encuentro en Imatra (Finlandia).

Allá en España, a unos cuantos miles de kilómetros resuenan tambores de eso que el pueblo llama Semana Santa, ya es Jueves.

Está siendo un invierno demasiado largo, el más largo de mi vida. Y debería saber a lo que venía, ¿no? En Finlandia uno espera encontrarse largos inviernos, nieve, frío, bosques y lagos. Básicamente sí, eso es lo que hay, lo malo es que no hay nada más, eso es todo lo que uno puede encontrar.

Pero al final, da igual el frío, la nieve o el invierno… Lo que socava el ánimo de quien se aventura a estar aquí es el tedio, la fría monotonía, la soledad profunda y el anodino aburrimiento que sobreviene cada día, uno igual que el otro, uno tras otro. Todos iguales, grises, fríos, aburridos y oscuros. Así durante meses…

Ahora sé el temor que sentían los habitantes de ese mundo imaginario, llamado “los 7 Reinos”, del audaz George R.R. Martin, cuando taciturnos, sombríos, contaban a los jóvenes escuderos, nacidos en el apreciado verano (que allí dura varios años) cómo fue el último invierno…

Cabe preguntarse, ¿por qué estoy aquí? ¿Cómo vinieron mis pasos a dar tan al norte? Más al norte de lo que hubiera estado en mi vida.

¿Por qué?


Una serie de circunstancias, convencionalismos, creencias y “leyendas populares”. Se podría decir que fue todo eso lo que me trajo aquí. Irónicamente, soy mi propio “carcelero”, yo, por propia voluntad, acepté embarcarme en esta aventura de la que se esperaban más agradables recuerdos.


Tristemente, para mí inspira un significado distinto la expresión Erasmus.


Sí, justo eso me trajo aquí, resumiendo todo, una “beca Erasmus” me trajo aquí. En mala hora escuché los cantos de sirena que se ofrecen de esa “experiencia”.




Ocho largos meses han pasado. Y como si fueran años, pesan en mi alma, que no ve el día en que acaben los días grises.

Tras la larga hibernación, se acerca el final de la historia. 36 días, en 36 días huiré para siempre de este triste rincón del mundo, y abrazaré la cálida brisa de las queridas tierras del Sur.

¡Qué gran suerte haber nacido y crecido en un lugar al Sur!, donde la vida tiene más encanto, donde los inviernos son cortos, y los más largos no duran más de 3 meses.








martes, 24 de junio de 2014

SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO EN LANJARÓN

En la vida hay momentos…

y MOMENTAZOS. Esto son muchos momentos concentrados en una experiencia única, que suele hacerse corta, muy corta… Los relojes pierden su utilidad, no hay antes o después, sólo AQUÍ, AHORA.

Cómo describir esta experiencia… Sólo una palabra: BRUTAL.

Yo, y 15.000 personas más, en un microcosmos en el que el tiempo se para. Cae agua del cielo, y sube del suelo, por detrás y a los lados. No puedes escapar a su fresca caricia.

No hay palabras, porque estoy boquiabierto. Trasciende a la simple fiesta… esto es algo más, es una experiencia indescriptible. No se puede explicar o contar, sólo puedes estar allí, y vivirlo.

El mundo se transforma a tu alrededor, y por unos momentos caminas sobre ríos de ilusión, te topas con olas de alegría, te caen chorros de felicidad, y te faltan ojos para mirar a todas partes y a ninguna. Risas, cantos, bailes, saltos, empujones refrescantes, gritos alegres y pasión, pasión desbordante.

Hay quienes llevan todo un año esperando…

Yo llevo toda una vida.

Contemplar, solamente contemplar y sentir, y vivir. Nada más hace falta.

Una calle se abre serpenteante en las Alpujarras, convertida en un torrente de color. Y al fulgor de su chupinazo una vez más Lanjarón se transforma.

Mangueras de todos los tamaños y formas, cubos de todos los colores, vestimentas de lo más variopinto… avanza sin prisa la horda del ejército del agua, no queremos llegar al final.

Brilla el ingenio y la imaginación, inspirados en esta magnífica aventura. Disfraces, artilugios y personajes de toda condición. Todos caben en ese mar turbulento de risas y saltos.

De repente, como surgido del país de los sueños, aparece un hombre en mitad del diluvio. A un lado del camino no da abasto cortando jamón, que reparte con frenesí a los presentes. ¡Qué momentazo! Corta con maestría el preciado manjar, esquivando como puede los manguerazos y cubazos, y se forma un corrillo, preparado para el generoso reparto. Ahora sí tiene sentido eso de “Fiesta del Agua y del Jamón”.

Pistoleros coloridos, metralletas de diversión, saltos de alegría, diversión a mogollón.

Pequeños, grandes y medianos, nadie se queda sin su ilusión. Temerosos espectadores miran cariacontecidos tras cristales de ventanas que se convierten  en la pantalla de una graciosa película viviente.

Zalameras muchachas por doquier cantan, ríen y bailan, empapados sus cuerpos de tierna felicidad.

Atrevidos guerreros lanzan a sus anchas su basta munición. Algunos los esquivan, y otros buscan su agradable sabor.

Familias y niños se asoman a balcones, terrazas y puertas. Arrojan sin cesar oleadas transparentes, que alimentan la fiesta. Y hasta viejecitas en los balcones no pierden ocasión de divertir y divertirse arrojando más chorros de ilusión.

Se topa la procesión con un personaje singular, sentado en mitad del camino, mira atrás pedaleando en su curioso mecanismo, como queriendo escapar así, a contracorriente, del inevitable final.

Serpentea la calle, ahora río, camino del final de esta historia. Trágico momento en el que despiertas del sueño. Los relojes vuelven a funcionar, vuelve a haber arriba y abajo, derecha e izquierda, antes y después, ahora sobretodo "antes"... Se va difuminando el paisaje, como disolviéndose en realidad. Se cortan las cascadas, ríos y torrentes. Se dispersan los guerreros, terminada la festividad.

Bendito el momento en que tuvieron su genial idea nuestros guías y maestros en esta curiosa historia.

Paco “Bricopaco” y Sergio “SergioPM”, GRACIAS por todo, y hasta la próxima.



SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO EN LANJARÓN


23/06/2014