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domingo, 19 de diciembre de 2021

El Cortijo de El Raposo


Hablaremos hoy de una de las cortijadas más grandes del término municipal de Dólar, en las estribaciones occidentales de la Sierra de Baza, en la provincia de Granada. 


Sus antiguos habitantes se dedicaban sobretodo al cultivo de cereales y al pastoreo. En aquel lugar apartado y en las alturas — se sitúa en una cota de 1620 msnm —, habitaron muchas generaciones de humildes segadores, pastores, queseros, esparteros, mineros y lecheros. En aquel humilde cortijo nació y vivió mi abuelo Antonio, entre 1919 y 1958.


El origen del cortijo de El Raposo, así como el de otras aldeas de la zona parece haber estado en el desarrollo de la ganadería entorno a un gran latifundio conocido antiguamente como Cortijo de El Carmen, que alcanzó su máximo esplendor hacia la segunda mitad del siglo XIX. Pascual Madoz, célebre político del siglo XIX, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de 1850 describe el cortijo de El Raposo como “una cortijada” que, junto con Charches y la aldea de La Rambla del Agua, formaban un ayuntamiento dependiente por entonces de la Diócesis de Guadix. Asimismo Madoz señala que en aquella época la cortijada de El Raposo contaba con un total de 18 familias y 110 habitantes, sumando el conjunto de los tres núcleos de población (El Raposo, Charches y La Rambla del Agua) un total de 658 habitantes.

Edificio principal del cortijo. Agosto de 2003.

La configuración de los edificios de El Raposo y el marcado estilo alemán colonial de algunas de las edificaciones se lo debe curiosamente a la minería. Coincidiendo con los años de la I Guerra Mundial (1914-1918) se asentaron en El Raposo cierto grupo de alemanes con el fin de explotar unos yacimientos cercanos de wulfenita (mineral popularmente llamado “plomo amarillo”). Este singular material era empleado en la fabricación de armamento militar. Así, el edificio principal del cortijo fue ideado originalmente para albergar a los ingenieros y personal administrativo de la mina que allí se estableció a principios del siglo XX, así como la zona secundaria, destinada a barracones o cuarteles de los mineros. Estas minas quedaron abandonadas en 1918, al concluir la I Guerra Mundial. 


Tras la marcha de los alemanes la propiedad del cortijo, que contaba con unas extensiones de unas 2500 hectáreas, fue adquirida hacia 1923 por Don Miguel Carrasco Almansa, cabeza de una poderosa familia de terratenientes de la Sierra de Baza conocidos como los Carrasco, quienes además de El Raposo poseían también los cortijos de Benajara, La Morota y la que luego fue conocida como Dehesa del General Rada. Con este conjunto de propiedades la familia Carrasco eran de hecho en aquellos días los mayores terratenientes de toda la sierra. El cortijo llegó a estar habitado por 32 segadores, 3 pastores y dos guardas al cuidado de la zona forestal. En 1924 la población de la finca estaba formada por 10 matrimonios con 33 hijos y 53 habitantes.

Carmen Martínez Ruiz, una anciana nacida en 1911 y que vivió en El Raposo hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936), relataba que en la época en la que ella vivió en el cortijo vivían allí tres familias de pastores, además de los propietarios, que junto con su servidumbre, ocupaban el edificio principal. Contaba esta mujer que en el lugar abundaban las vacas, y sobretodo las ovejas, con la leche de las cuales se elaboraba un queso artesanal muy demandado y apreciado, que solía llevarse en aquellos días hacia la zona de Murcia para su venta. Asimismo relataba que en sus años de vida en el cortijo (hacia los años 30 del siglo XX) abundaba el agua en toda la zona y junto al cortijo discurría una acequia, que era aprovechada por las mujeres del lugar para lavar la ropa.

Entre 1925 y 1933 la propiedad del cortijo sufre una desintegración al ser traspasado en herencia a los cuatro hijos de Don Miguel Carrasco.

En cuanto a la pequeña ermita existente en el cortijo, en una pequeña lápida de mármol blanco situada en su fachada principal, encima de la puerta, puede leerse que su fundación data del año 1706.



Se cuenta que esta ermita fue construida con motivo de la visita al lugar a principios del siglo XVIII de la entonces propietaria del antiguo cortijo, una mujer llamada María José. De hecho las palabras de dicha lápida rezan literalmente: “Viaje de María Joseph. El Cortijo del Carmen. Año de 1706”.



La pequeña ermita estaba dedicada a la devoción de la Virgen del Carmen y de hecho contaba con una imagen de dicha virgen en su interior. Dicha imagen fue destruida en 1936 durante los altercados acaecidos con motivo del inicio de la Guerra Civil.

En los años 40 en estas tierras se recolectaba el esparto, el cual aportaba mucho trabajo y beneficio a los propietarios.

Mucho después, en 1972 la finca fue adquirida por el I.C.O.N.A. (Instituto para la Conservación de la Naturaleza, 1971-1995), aunque una parte de ella quedó aún en manos de sus antiguos propietarios, unas 372 hectáreas, que fueron consorciadas. La propiedad del resto del cortijo pasó entonces a manos del Patrimonio Forestal del Estado. Posteriormente, en 1989, todo el área de la Sierra de Baza fue declarada Parque Natural.

Hoy en día la totalidad del cortijo pertenece a la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía, y todo el conjunto del antiguo cortijo está integrado en su totalidad dentro del área protegida del Parque Natural de la Sierra de Baza.



Tanto el edificio principal como la pequeña ermita fueron rehabilitados en tiempos recientes como refugio rural por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, con capacidad para alojar a 50 personas.

En la actualidad casi el único aprovechamiento que tiene el lugar es la actividad de la caza, pues son muy abundantes los ciervos, y sobretodo los jabalíes, que acuden a menudo al lugar para comer las abundantes bellotas de las numerosas encinas del paraje.

Actualmente únicamente se encuentran en buen estado el edificio principal y la pequeña ermita. En cambio el resto de edificios (barracones y antiguas casas de pastores y campesinos) se encuentran en situación ruinosa y de total abandono desde hace ya muchos años.




Hoy en día para llegar al cortijo de El Raposo existen dos posibles caminos: si se entra desde Baza hay que adentrarse por Gor, y seguir la carretera hacia Las Juntas. Una vez llegados a la pequeña aldea de Las Juntas hay que continuar hasta llegar a un cruce en el Cerro de la Virgen, en el que hay que tomar el carril de la derecha, que conduce a Charches. Unos centenares de metros después del cruce existe un desvío a la izquierda, que conduce directamente al cortijo de El Raposo. En cambio, si se entra desde Almería, Granada o Guadix hay que adentrarse primero hacia Charches por la carretera Guadix-Almería. Al pasar Charches y la zona de La Fraguara hay que tomar un desvío que aparece a la derecha y que conduce finalmente hasta El Raposo.






FUENTES:








Mapa de la Sierra de Baza




Imágenes vista del conjunto y del edificio principal. Autor: Fernando Conesa Navarro. 26-08-2003.


Imagen lápida fachada. Autor: José Medina. 08-12-2019.
Blog Caminos del Sur


Imágenes de la ermita y las casas. Autor: Diego Salas Quirante. Julio de 2021.


Imagen general del cortijo. Autor: Indalobici. Octubre de 2014.





domingo, 5 de diciembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 9. Volver a empezar



 Capítulo 9.    Volver a empezar



 Cortijo de El Raposo, Marzo de 1940.


Tras sus azarosas aventuras, Antonio por fin había podido retomar su quehacer cotidiano en el cortijo. Su vida había vuelto por fin a la calma. Su familia tenía arrendadas por entonces unas tierras no lejos de allí, un par de bancales junto al barranco de La Presa, un lugar popularmente conocido como “El Chorrete”. Allí solían sembrar patatas, maíz, pimientos, tomates, cebada, trigo, calabazas y remolacha, según fuese la temporada apropiada para cada cultivo.


Algunos años, si la cosecha era lo bastante buena, vendían los excedentes de trigo y cebada. Un comerciante solía acudir cada año por los cortijos de la sierra acabada la cosecha, comprando a los campesinos del lugar el trigo y la cebada que les sobraba o que estuvieran dispuestos a vender. Se trataba de lo que llamaban por aquel entonces un “remitente”, un comerciante que se encargaba de costear los portes de la mercancía hasta la estación de tren de Huéneja, a unos 10 kilómetros de Charches. 


Un día Antonio recibió una particular carta, que entonces se conocía como “un oficio”. En ella se le instaba a presentarse en la “Caja de Reclutas”, en Guadix, para realizar el servicio militar. Antonio leyó con profunda consternación la misiva, y se le vino el mundo encima…


Más parecía una funesta burla del destino... No habiendo sido suficiente las terribles experiencias vividas en la guerra, le llamaban ahora de nuevo, tan sólo un año después, a reunirse forzosamente de nuevo con el ejército, como si todo volviera a empezar… 


Pero no había alternativa posible, o se presentaba o iría a la cárcel con el serio peligro de ser fusilado por insurrecto. No valía la pena arriesgarse.


Sumamente entristecido y desesperado Antonio comunicó la noticia a su familia. La tristeza de madre y hermanos, una vez más fue enorme, y asumieron desconsolados que Antonio tenía que marcharse otra vez con los militares.


Antonio, junto a otro compañero de El Raposo que también había recibido una carta similar, partió hacia Guadix, a presentarse en la señalada “Caja de Reclutas”. 


Tres días después ambos tomaron camino hacia Granada, allí debían presentarse en el cuartel, y les indicaron que debían reunirse en la plaza de toros, donde reunían a los hombres convocados de toda la provincia. Un oficial iba nombrando a cada uno de los jóvenes reclutas y su destino asignado. Eran agrupados por expediciones, grupos de unos 25, y de allí partían de nuevo a la estación de tren de Granada. Por el camino, algunas expediciones iban bajando en las estaciones según su destino. A Antonio le fue asignado como destino Cáceres.


Tras un día entero de lento y traqueteante viaje en tren llegaron por fin a Cáceres, ya anochecido. En la estación los esperaban varios sargentos, que los iban distribuyendo según la compañía y el batallón al que pertenecía cada uno. El suyo fue el Regimiento de Infantería Argel nº 27.


Al día siguiente fueron conducidos al almacén y les entregaron la ropa de militar. Entonces comenzaban el llamado periodo de instrucción, que consistía en tres meses de formación militar en el acuartelamiento. Por las mañanas hacían formación militar y por las tardes estudiaban teoría de las armas y todo lo relacionado con el mundo militar. Los que fallaban a las preguntas de teoría eran arrestados en el calabozo o recibían castigos tales como hacer la guardia de la compañía.


En plena posguerra eran tiempos de gran miseria y la comida escaseaba. Pasaban mucha hambre. Los trabajos eran muy duros y la comida mala y escasa.


Con el tiempo Antonio y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que la dureza de los ejercicios militares que realizaban cada día dependía mucho del instructor que les tocara. Según el que tocara sabían que terminarían totalmente extenuados o que por el contrario los ejercicios serían “fáciles”.


Había algunos que tras meses de ejercicios continuados no eran capaces de aprender siquiera a formar, y eran conducidos al grupo de “los menos aventajados”. Por fortuna Antonio logró superar los ejercicios satisfactoriamente, y continuó medrando en su penosa estancia en el servicio militar, la tan popularmente llamada “Mili”.


domingo, 28 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 8. Camino del sur

  

 

Capítulo 8.    Camino del sur

 

 

 

Primavera de 1939.

En algún lugar de La Mancha.

 

 

Dejando atrás Alcázar de San Juan, Antonio y sus compañeros carboneros, tras su fuga de la Plaza de Toros habían resuelto dirigirse caminando al sur, hacia la estación de Linares-Baeza, porque sabían que allí tenían parada los trenes hacia Almería, ruta que solía tener parada también en Guadix, y con suerte podía ser su oportunidad para tratar de montar en algún tren y continuar hacia el sur. Fueron dos interminables días de largas y lentas caminatas a través de polvorientos caminos atravesando grandes llanuras de trigales y viñedos, La Mancha castellana. Caminaban siempre alerta, tratando de pasar desapercibidos en mitad de aquellas soledades, y huyendo de cualquier posible encuentro con guardias, soldados o indeseables que desearan denunciarles. Paraban a descansar y tomar aliento muchas veces, a la sombra de alguna solitaria encina, cuando las piernas ya no les aguantaban más. Lo peor era la sed que sentían, y que no podían saciar a menos que se toparan con algún arroyo o fuente. A pesar del hambre y la sed intentaban evitar los lugares poblados, por miedo a ser descubiertos. En toda la travesía tan sólo pudieron llevarse a la boca unas escasas uvas que quedaban en uno de los numerosos viñedos que encontraron.

 

 

Unos dos días después de haber dejado Alcázar de San Juan arribaron a la Estación de Linares-Baeza. Allí acercáronse a los andenes, y pudieron observar que la entrada a los trenes estaba custodiada bajo un estricto control por parte de los revisores. De esta forma les sería imposible colarse en algún tren. Además, tampoco quedaban ya billetes a la venta en las taquillas de la estación, agotados todos por los innumerables viajeros que copaban los trenes en aquellos días.

 

Consternados por el nuevo revés, se vieron perdidos y desorientados, sin saber dónde ir o qué hacer. En estas, el joven Antonio se sobrepuso una vez más a la adversidad, y echando mano de su memoria tuvo una idea: Propuso a sus compañeros dirigirse a la cercana estación de Begíjar, a algo más de tres horas a pie de allí. Ya había estado en ella una vez, hacía ya casi tres años, cuando huyó evadido del frente extremeño al comienzo de la guerra, y pensó que valía la pena intentarlo de nuevo. A sus compañeros no les pareció mala la idea.

 

Así, con las escasas fuerzas que aún pudieran quedarles, dejaron la Estación de Linares-Baeza, y se dirigieron esta vez hacia la estación de Begíjar, que distaba de allí tan sólo unos dieciséis kilómetros. Muy desorientados, sin embargo, tardaron un día entero de penoso andar errático por los desconocidos caminos de la zona hasta dar finalmente con la citada estación. Llegados a la Estación de Begíjar, Antonio optó por emplear la misma táctica que ya le resultara en la anterior ocasión que estuvo allí, cuando andaba evadido. Se acercaron a un ferroviario, que andaba por allí portando un farolillo, pues ya había anochecido. Temerariamente, se atrevieron a preguntarle directamente acerca de la posibilidad de colarse en algún tren. Por fortuna para ellos aquel ferroviario se mostró solidario, y les preguntó a dónde querían dirigirse. Antonio le respondió que tenían intención de llegar a Guadix, a lo que el ferroviario les informó que dentro de una hora u hora y media, debía pasar por allí un tren de mercancías con destino Almería, y que tenía también parada en la estación de Guadix. Enormemente agradecidos con aquel hombre, se despidieron y fueron a esconderse por los alrededores a la espera de la llegada del tren.

 

Como ya sucediera la vez anterior, Antonio esperaba que no les fuera muy difícil conseguir colarse en alguna de las bateas del tren, pues el convoy no contaba con más personal que el maquinista y unos mozos de frenos.

 

Así, esperaron escondidos e impacientes la llegada del convoy, que surgió en la lejanía entorno a la hora que les había comentado el ferroviario, con su lenta marcha, iluminando la oscuridad.

 

Antonio y los carboneros esperaron un tiempo prudencial una vez que el tren quedó detenido por completo. Y observaron los movimientos del maquinista y los guardafrenos. Cuando vieron el lugar despejado avanzaron agachados junto a las bateas, probando a forzar algunas de las puertas. No parecía que ninguna fuera a ceder fácilmente, a pesar de estar muchas oxidadas y medio rotas. Finalmente una de ellas, muy estropeada, cedió un poco ante los insistentes empujones de Antonio y sus compañeros. Empujaron con más fuerza y la puerta cedió algo más, hasta que lograron tener un hueco suficiente por el que colarse al interior. Lo había logrado una vez más, ya estaban dentro. Aquel tren sería, con suerte, su penúltima etapa de aquella larga travesía, habida cuenta que si lograban llegar a Guadix aún les quedaría una última caminata de entorno a siete horas a pie hasta alcanzar el Cortijo de El Raposo.

 

No mucho después el tren se puso de nuevo en marcha y siguió su lento y traqueteante recorrido sin grandes sobresaltos.

 

Al día siguiente llegaron por fin a la estación de Guadix y se bajaron doloridos y extenuados tras una larga noche de dura travesía en el tren. Ya sólo les quedaba un último esfuerzo supremo: alcanzar el cortijo de El Raposo.

 

En el estado lamentable en el que llegaban, con pelo largo de varios meses, barba sin afeitar desde hacía mucho, negros como el tizón, sin oportunidad de haber podido lavarse en mucho tiempo, nadie los pudo reconocer. Amanecía cuando felizmente pisaron por fin las tierras del cortijo de El Raposo. Completamente extenuados, se sentaron a descansar en unos bancos de piedra que había a la entrada. El viaje había terminado, al fin.

Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003
Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003.


No hay palabras para describir la inmensa emoción y alegría que los embargó cuando su madre y hermanos supieron que Antonio estaba vivo y había regresado sano y salvo. Todos se fundieron en un gran abrazo, llenos de lágrimas, con la enorme alegría de saber que el joven Antonio había sobrevivido milagrosamente a aquella terrible guerra.





© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen del Cortijo de El Raposo. 26-08-2003. Autor: Fernando Conesa Navarro.







domingo, 17 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 2. Vientos de guerra

 


Capítulo 2.  Vientos de guerra



Un aciago 18 de julio del año 1936, estaba el joven Antonio, que ya contaba 16 años, junto a otros campesinos del lugar un día más segando en un campo de trigo, un lugar llamado “el Haza Llana”, no muy lejos del cortijo de El Raposo. En mitad de su duro quehacer vieron aparecer de repente y a lo lejos un extraño grupo de unos 14 o 15 hombres acercándose a donde se encontraban. Caminaban con paso decidido y enérgico, y en sus gestos se podía intuir que no traían nada bueno. Llegados a donde ellos estaban, uno de los hombres les interpeló de esta manera:

— ¡Dejen ustedes de trabajar, y acompáñennos al cortijo! — exclamó resueltamente el extraño.

Intimidado y perplejo, el extenuado grupo de segadores dejaron resignados sus tareas y acompañaron a aquellos hombres.

Más tarde, y ya de vuelta en el cortijo, se enteraron que aquel grupo de hombres era en realidad una comisión de obreros exaltados del bando republicano. En España estaba teniendo lugar uno de los momentos más negros de su historia. Acababa de estallar la Guerra Civil.

 

 

 

Todos los hombres del cortijo fueron reunidos en un salón. Allí, el que parecía ser el cabecilla del grupo les anunció que debían quedarse todos guarnecidos en el cortijo y no salir a trabajar en los días siguientes. Los opositores de la República se habían sublevado con un golpe militar, lo que había dado lugar al comienzo de una guerra civil. Cualquier día, anunciaron, regresarían al cortijo a convocar a todo hombre capaz, para luchar en el frente republicano. Aseguraba con determinación que “debían luchar”, “que todos los fascistas debían morir” — tal era el odio que sentían por el enemigo, y así pretendían contagiar estos sentimientos a todos los hombres que iban encontrando a su paso por los innumerables cortijos de la región. “No sobraban manos, y necesitaban todo el apoyo en aquella contienda”, insistían.

 

Los humildes labradores escuchaban cariacontecidos y confusos a aquellos extraños hombres, extrañándose de que les hablaran en esos términos. La mayoría de ellos no sabía quiénes o qué eran esos a los que con tanto rencor llamaban “fascistas”. En la apacible y monótona vida del cortijo, apartada del trasiego de pueblos y ciudades, aquellos lejanos temas de la vida pública poco importaban, y muy poco se sabía allí acerca de los acontecimientos recientes o corrientes políticas del momento.

 

Durante los días siguientes fueron apareciendo en más ocasiones aquellos obreros exaltados. Como en la primera ocasión, trataban de aleccionar insistentemente a las gentes del cortijo y les conminaban a permanecer cobijados en el interior de sus casas ante los graves peligros de la guerra recién desatada. Solía hablar el cabecilla de siempre, un tipo que llevaba una pistola colgada al pecho y orgullosos aires de líder.

 

Uno de esos días el grupo de exaltados apareció una vez más en el cortijo, en esta ocasión con una actitud bastante más violenta. Parecía que el objeto de su ira era la pequeña ermita que había en el cortijo, pues derribaron la campana, sacaron todas las figuras de santos que allí encontraron, las amontonaron salvajemente a la puerta y les prendieron fuego. Las gentes del cortijo contemplaban atónitos, llenos de consternación y temor la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los exaltados acabaron su fechoría esparciendo por todo el lugar montones de viejos papeles y hojas rotas, procedentes del interior de la ermita, sin duda parte de viejos archivos y libros eclesiales que allí se guardaban. La encendida cólera y odio de aquellos hombres parecía no detenerse ante nada ni ante nadie.

 

En su tónica habitual el cabecilla del grupo seguía dando sus encendidos discursos a los habitantes del cortijo, como si de auténticas conferencias políticas se tratase, insistiendo una y otra vez con gran ímpetu que “debían matar a todos los fascistas”.

 

En sus habituales incursiones en el cortijo, el grupo de exaltados solía llevarse cabezas de ganado y todo tipo de enseres que pudieran ser de algún valor, asegurando que “eran necesarios para la causa”, y que “en el frente lo necesitaban”. Los campesinos aceptaban resignados el violento expolio, temiendo que pudieran matar a cualquiera de ellos si se negaban a colaborar o se enfrentaban a ellos.

 

 

Pronto les llegaron a anunciar que permanecieran a cubierto y bien protegidos, porque iban a comenzar los ataques aéreos con bombas.

 

Atenazados por el miedo y temiendo por su vida, los campesinos del cortijo huyeron del lugar, y corrieron a refugiarse en los más diversos escondrijos y refugios en la sierra. Marchaban casi con lo puesto, sin tiempo apenas para coger un abrigo, algún chusco de pan o alguna bota de vino. Era una carrera para intentar salvar sus vidas.

 

Al igual que la mayoría de sus vecinos, Antonio y su familia salieron al monte, a refugiarse en un lugar llamado “El Picón de la Cueva”. Allí sabían que había una cueva, donde decidieron refugiarse y pasar la noche.

 

Pronto se cumplieron las amenazas de los grupos armados, y sintieron en la lejanía el grave estruendo de las bombas al estallar como truenos de una terrible tormenta. Varios grupos republicanos venidos de Dólar, Guadix y Baza estaban bombardeando el cortijo, que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina, lo que se presuponía que era el verdadero objeto de su ira contra aquel lugar. Más tarde se marcharon. Oyeron, por los comentarios de algunos habitantes del cortijo, que se dirigían a otro cortijo cercano, llamado “Abenajara”, en busca de los propietarios, con intención de apresarlos. Allí también bombardearon violentamente los edificios y lograron detener a los dueños, a los que llevaron presos a Baza.  

 

Cada cierto tiempo las comisiones republicanas regresaban al cortijo y reclutaban a hombres en edad adecuada para la contienda. Reunían a todos los convocados a formar en los exteriores del cortijo, y marchaban hacia el “Centro de Recuperación” republicano que había en Viator, cerca de Almería. Pronto convocaron también a los jóvenes de la edad de Antonio. Y como al resto, a él también lo condujeron por la fuerza a aquel lugar. Gran pesar supuso para su madre esta noticia, que con el resto de sus hijos, tuvo que despedir con enorme dolor, resignación y sufrimiento al joven “soldado” en que habían convertido a la fuerza a su querido hijo mayor, sin que nada ni nadie le pudiera asegurar si volvería a ver algún día.



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.







domingo, 10 de octubre de 2021

Comienzo de las crónicas

 Andanzas de un campesino soldado


Una historia basada en hechos reales


Cronista:

Fernando Conesa Navarro

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.
Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza. Imagen de José Ángel Rodríguez.
















Imagen del cortijo de El Raposo. José Ángel Rodríguez. Proyecto Sierra de Baza. https://sierradebaza.org/
Publicada en artículos: 
«El granadino que salvó Bolonia de ser destruida por los bombardeos en 1944», Gabriel Pozo Felguera.

FUENTES: