viernes, 29 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 4. La huída

 

 

Capítulo 4.    La huida

 

 

Hacía ya tiempo que los últimos camiones de la brigada se habían perdido a lo lejos. Era noche cerrada cuando Antonio, con los miembros completamente entumecidos tras la larga espera tendido en el suelo, se atrevió a abandonar por fin su escondite. Tras el fragor de la batalla se encontraba muy desorientado y en tierra desconocida, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni hacia dónde dirigirse. Tan sólo sabía que en teoría estaba en las inmediaciones de Cabeza del Buey. En su mente sólo tenía una idea: volver a casa. Volver a abrazar a su madre y hermanos, a sus tíos y parientes. Volver a aquella vida sencilla y rutinaria, a la tranquilidad del cortijo de El Raposo, no importaba lo lejos que pudiera estar, caminaría a la desesperada, alejándose de aquella terrible y absurda guerra sangrienta. Muchos habían caído, y sabía que si se quedaba, él sería el siguiente. Aquella guerra desde luego no iba con él. Como tantos otros simplemente se había visto arrastrado por las circunstancias.

 

 

En la oscuridad de la noche, se guió más bien por intuición, y así estuvo caminando desorientado por aquellas soledades alrededor de tres horas. Estaba extenuado, tras dos noches en las que apenas había dormido. Llegó a lo alto de una loma, y decidió hacer un alto en el camino, ya no podía más. Cenó con lo que había en la lata de carne en conserva que con tan buen tino había guardado aquella misma mañana, y allí mismo se echó a dormir rendido por el cansancio.

 

Cuando amaneció, Antonio reemprendió su camino, guiándose tan solo por el sol, atravesando aquellas sierras y paisajes desconocidos. Sería  entorno a mediodía, cuando encontró una casa en mitad del campo, en la que había un rebaño de ovejas. Automáticamente pensó en acercarse a pedir algo de comer. Se asomaron temerosos una mujer y dos chiquillos a la puerta de la casa, que al verlo de lejos, salieron corriendo a su encuentro, gritando y llamando a su padre. Sin duda, lo habían confundido con otro hombre, el padre de aquellos chiquillos también debía haber marchado a la guerra, y esperaban su regreso.

 

Los zagales pronto comprendieron tristes y desilusionados que aquel que se acercaba tan sólo era un desconocido. Antonio se acercó hasta la mujer, y le pidió humildemente que le diera algo de comer. La humilde pastora, accedió amablemente a darle de lo único que tenían: un trozo de queso. Antonio tuvo que contentarse con aquello, y tras agradecer sinceramente el buen gesto a aquella mujer y haber descansado un poco, reemprendió su incierta caminata.

 

Transcurridas unas cuantas horas de lento camino, topó con unos segadores, que trabajaban en mitad de un campo de cereal. A todas luces se notaba que aquellos hombres eran ya bastante mayores, tendrían todos más de 60 años. Eso seguramente les había librado de tener que ir también al frente. Antonio sabía que para llegar hasta Granada, debía de cruzar el cercano río Guadalquivir, y llegar a la localidad jienense de Andújar, donde había una estación de ferrocarril donde quizá poder tomar algún tren para tratar de regresar de alguna forma a Guadix. Pero no sabía por dónde podría cruzar el río, así que preguntó a aquellos hombres. Éstos le preguntaron de dónde venía, a lo que Antonio, valientemente, o quizá temerariamente dadas las circunstancias, decidió contarles la verdad: que había desertado de las filas del ejército republicano e intentaba volver a casa. Los hombres le dijeron que cerca de allí había un puente por el que cruzar el río, pero que estaba vigilado, y seguro que lo apresarían si trataba de cruzar por allí, así que le recomendaron otro lugar por donde intentar atravesar el río sin ser visto: un remanso donde las aguas no eran tan profundas y quizá consiguiera llegar a la otra orilla sin que lo descubrieran. Antonio agradeció las precisas indicaciones de aquellos  honrados segadores y respiró aliviado de que hubieran optado por ayudarle en lugar de denunciarle. Se despidió agradecido de aquellos hombres y continuó por donde le habían explicado, preguntándose cómo haría para cruzar el río si no sabía siquiera nadar…

 

 

Por suerte consiguió llegar al lugar indicado sin encontrarse con nadie más. A pesar de que era verano y el río no llevaba mucha agua, era lo bastante grande como para no ser fácil de atravesar. Antonio intentó quitarse todo el peso posible, se echó a la cabeza la casaca, el fusil y todo lo que pudo, intentando salvarlos del agua. Temeroso, comenzó a adentrarse lentamente en las aguas del Guadalquivir. Muerto de miedo, notaba cómo a cada paso que daba se iba haciendo más y más profundo y los pies se le hundían pesadamente en el inestable fango del fondo. Pronto le llegó el agua al cuello, y sin haber nadado ni una sola vez en su vida, más bien por instinto, consiguió valientemente dar algunas torpes brazadas, que por un gran golpe de suerte bastaron para alcanzar a donde de nuevo tocaba el fondo con los pies. Sintió haber estado a un paso de la muerte, lo mismo que en mitad de la batalla. Era casi un milagro que no se hubiera hundido y hubiera muerto ahogado allí mismo. Llegó a la otra orilla y cayó al suelo completamente extenuado por el enorme esfuerzo realizado, con los miembros rígidos por el miedo y con el corazón desbocado que le retumbaba violentamente en el pecho… Pasaron unos largos minutos hasta que entre respiraciones entrecortadas consiguió recuperar un poco el aliento.


¡Lo había conseguido!, milagrosamente estaba en la otra orilla del río, había conseguido evitar así el control militar del puente. Pero todavía debía seguir caminando otro largo tramo hasta llegar a Andújar.


Pasó casi otro día entero caminando lentamente, hasta que pudo llegar a unos cortijos, ya cercanos a Andújar. Allí encontró una mujer que estaba cocinando arroz, y, una vez más, se atrevió a pedirle un poco. La mujer generosamente le dio un plato, y le contó que no era el primer soldado evadido que pasaba por allí. Otros muchos al igual que él habían huido del frente. Era mediodía, y tras haber comido y recuperado las fuerzas, esperó a que anocheciera, para aprovechar la oscuridad y poder así pasar desapercibido entre los trenes de la estación. Su idea era colarse en algún tren de mercancías, evitando ser descubierto, para tratar de llegar hasta Guadix.

 

Ya casi anocheciendo, llegó a la estación de Andújar, y se atrevió a preguntar a un ferroviario de la estación si alguno de los trenes que allí había iba por casualidad hacia Guadix. El ferroviario enseguida comprendió que era un soldado evadido, pero afortunadamente optó por no delatarle. Le dijo que el tren que se encontraba allí estacionado iba hacia el norte, con destino Barcelona, y que si quería ir a Guadix, debía ir a otra estación. A la estación de un pueblo llamado Begíjar, a unos 58 kilómetros hacia el este, de allí salía a las 6 de la mañana un tren de mercancías hacia Almería, que tenía parada en Guadix. Antonio le pidió entonces indicaciones de cómo llegar desde allí a aquella estación, y el ferroviario amablemente trató de explicárselo.

 

Una vez más muy agradecido Antonio se despidió de aquel buen hombre y continuó su azaroso camino, ansiando llegar pronto a casa. Caminó toda la noche, siguiendo caminos y vías de tren, guiado por las explicaciones que le había dado aquel ferroviario. Debía llegar a tiempo para no perder el tren de mercancías del que le había hablado.


Estación de Begíjar (Jaén).


Todavía era noche cerrada cuando Antonio llegó a la citada estación de Bejíjar, aunque ya se intuía en el horizonte un tenue resplandor, anunciando próximo el amanecer. Sin embargo, ante su desconcierto, la vía se encontraba vacía, no había ningún tren. Consternado por la ausencia Antonio se armó de valor una vez más y se acercó a preguntar a otro ferroviario. Para gran satisfacción de Antonio, aquel ferroviario le anunció que el tren que buscaba llegaría a la estación en apenas media hora, porque venía con retraso. Se trataba de un tren de mercancías que transportaba uva, provenía de la estación de Linares-Baeza, y su destino era Almería. Por fortuna aquel ferroviario también optó por ayudarle, y le explicó cómo lograría colarse en una de las bateas de aquel tren sin ser visto. No sería una tarea especialmente difícil, ya que la única vigilancia del convoy la hacían unos guardafrenos, y el ferroviario le explicó cómo podía colarse sin que lo vieran.

 

Agazapado en la oscuridad, Antonio aguardó pacientemente la llegada del tren. Ya fuera por el retraso en la llegada del convoy o bien porque no tenía ningún reloj a mano, aquella espera se le hizo interminable, y Antonio temía a cada momento que alguien con no tan buenas intenciones como aquel par de ferroviarios que lo habían ayudado lo descubriera y denunciara a las autoridades.


Con las primeras luces del alba se oyó a lo lejos el inconfundible sonido de un tren de vapor acercándose pesadamente por las vías. Antonio suspiró hondamente aliviado y esperó un largo rato, hasta que el convoy quedó completamente detenido. Poco después distinguió a lo lejos un par de hombres ataviados con un sucio mono de trabajo y sendas gorras de trabajo. Inspeccionaban el convoy y las ruedas. No cabía duda, debían ser los guardafrenos de los que le habían hablado. Antonio esperó un rato más en completo silencio. En un momento dado los hombres se alejaron hacia el edificio de la estación. Antonio decidió esperar donde estaba aún unos instantes más. Finalmente se armó de valor, y tras mirar varias veces a uno y otro lado, salió de su escondite. Caminó todo lo rápido que pudo, dando rápidas zancadas y avanzando agazapado entre las sombras. Comenzó a probar a abrir alguna de las puertas de las bateas, pero no era nada sencillo, estaban bien protegidas por pesados cerrojos. Antonio empezaba a desesperarse. Llevaría ya unas tres bateas en las que tras esforzados intentos no había logrado mover ni un poco las pesadas puertas. La desesperación lo embargaba. Probó con una cuarta puerta, y milagrosamente en esta ocasión la puerta sí cedió un poco. Lleno de esperanza Antonio empujó aún con más fuerza, y poco a poco logró arrastrar la puerta lo suficiente para dejar un hueco por el que colarse dentro. Aún tuvo que tirar con toda la fuerza que pudo unos instantes más, para volver a cerrar la puerta. Dentro la oscuridad fue casi total. Apenas se colaban tímidos rayos de las primeras horas de aquel amanecer por las rendijas de los toscos tablones de madera que formaban las paredes de aquella batea de carga. Tal como le habían contado allí dentro había un buen montón de cajas con montones de racimos de uva. Completamente extenuado tras la larga travesía a pie no vio el momento de echarse a la boca algunas de aquellas uvas. Tras unos instantes, saciado con la fruta no tardó en echarse a dormir en un rincón.

 

Así consiguió montar de polizón en una de las bateas de aquel tren. El viaje sería largo y lento, pero al menos no tendría que caminar. Pronto el tren se puso en marcha, y entre incesantes traqueteos pasó entero aquel día, escondido en aquella batea. No fue hasta el día siguiente, cuando el tren, en su lenta marcha, alcanzó por fin la ansiada estación de Guadix. A Antonio no le costó reconocer aquel lugar, tantas veces visitado por él y su familia cuando iban a comprar al mercado, y se bajó por fin aliviado, ya casi estaba en casa. Ya no se encontraba desorientado como al principio de la travesía, ahora caminaba por tierras conocidas. En un último esfuerzo caminó por los pedregosos caminos hacia Charches, y luego se adentró en la Sierra de Baza, hasta llegar felizmente al cortijo de El Raposo.

 

¡Lo había conseguido, estaba en casa! Cuando llegó al cortijo ni siquiera tuvo fuerzas para decir nada a nadie, tal cual llegó, se sentó allí a la puerta, a descansar de la dura travesía, sin decir nada a nadie. Por casualidad su tío Facundo, salió poco después, a tirar la ceniza del hogar, y le dio los buenos días, confundiéndolo con un extraño. Sin embargo al poco se volvió y se le quedó mirando. Fue entonces cuando Antonio le dijo irónicamente:

 

— ¿Pues no me reconoce usted?

 

Su tío Facundo cayó entonces en la cuenta. ¡Aquel joven de aspecto sucio, cubierto de polvo y desaliñado no era otro que su sobrino Antonio, el que marchó al frente! Tal era el dantesco aspecto que llevaba tras tantos días de camino y batallas, que estaba totalmente irreconocible. Su tío se tiró de inmediato a abrazarle, y pronto anunciaron a su madre que estaba allí.

 

Cuando su madre le vio, le abrazó y ambos lloraron llenos de emoción. La guerra le había devuelto un hijo.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Estación de Begíjar. FUENTE: Facebook. 

https://www.facebook.com/BarriadaEstacionDeBegijar/photos/a.1601681430054206/1601681216720894



Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3



Capítulo 5


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo



No hay comentarios:

Publicar un comentario