Capítulo 3. Hacia el frente
Al toque de corneta de la mañana despertó Antonio muy temprano, una mañana de finales de Agosto en un barracón atestado de literas malolientes y hombres sudorosos. La mayoría eran muy jóvenes, demasiado para entrar a formar parte de una contienda militar. El ambiente estaba cargado de temor, incertidumbre y mucha resignación. Pero la alternativa a estar allí era la cárcel, o peor aún, ser fusilado por insurrecto. El agobiante calor veraniego era allí aún más pegajoso y asfixiante, y estaba empapado en sudor. No debían de estar muy lejos del mar.
Durante los 15 días que siguieron Antonio y sus compañeros reclutas en el llamado “Centro de Recuperación” de Viator recibieron instrucción militar básica, pero tan básica, improvisada y apresurada era aquella “instrucción” que ni siquiera llegaron a aprender mínimamente a manejar un arma. Se notaba por doquier la desorganización, las prisas y el caos. Muy pronto, demasiado, para lo poco que habían aprendido, se les anunció precipitadamente que habían sido destinados a sumarse a las filas de una brigada destinada en el frente de Segorbe, en Castellón. A la mañana siguiente, pertrechados con macutos, fusiles y cascos los inexpertos reclutas emprendieron la marcha hacia las sierras de Levante.
Tras un lento, penoso, traqueteante e interminable viaje en tren de dos largos días arribaron finalmente a la localidad castellonense de Segorbe, y de allí marcharon seguidamente transportados en camiones hacia el frente republicano, situado en aquellos días en las escarpadas estribaciones de la Sierra de Espadán. Durante los siguientes tres días permanecieron atrincherados y alerta en aquellas montañas, agazapados entre sacos terreros y trincheras de hormigón, con los fusiles siempre a mano y atentos a cualquier movimiento. Ya empezaban a odiar la monótona comida enlatada que recibían día sí y día también. Se producían de cuando en cuando algunos tiroteos y escaramuzas aislados, pero solían cesar con la misma rapidez con la que comenzaban la mayor parte de las veces. Sin embargo en la tercera noche tuvo lugar un verdadero enfrentamiento, la que se llamó la batalla de “La Ballesta”. Antonio pudo palpar muy de cerca la barbarie y el horror de la guerra: miles de hombres matándose unos a otros en una vorágine salvaje, absurda y terrible. Afortunadamente aquella noche no fue alcanzado por las balas, y dio gracias por poder respirar un día más.
Una larga caravana de unos 50 camiones militares surcaba una serpenteante carretera de montaña, rompiendo el silencio de una apacible tarde de finales del verano. Los camiones transportaban a la brigada al completo. Habían iniciado su travesía esa misma tarde en las cercanías de Segorbe y avanzaban por sucesivas carreteras, carriles y caminos polvorientos hacia el oeste, atravesando la extensa y monótona estepa Manchega bajo el tórrido sol estival. Tras una larga y monótona travesía, en la que por fortuna no sufrieron ningún contratiempo, se detuvieron ya muy avanzada la noche, de madrugada, a descansar en despoblado, en mitad de un paisaje de encinas y amplios campos de cereal. Allí permanecieron inmóviles muchas horas, lo que muchos aprovecharon para descansar, cuando no les tocaba hacer la guardia. No fue hasta el mediodía del día siguiente cuando reemprendieron la marcha. Y al siguiente día, al amanecer, llegaron a su destino. Estaban ahora en tierras extremeñas, en las inmediaciones de una localidad llamada Cabeza del Buey, plaza estratégica situada en la confluencia de tres regiones: Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha. El pueblo había sido tomado por “los nacionales” hacía ya algunas semanas, y la misión de la brigada consistía en atacarles y tratar de recuperar esa importante plaza.
Antes de ponerse en movimiento, los soldados recibieron permiso para tomar un breve desayuno. Como de costumbre les habían entregado a cada uno un par de latas de carne en conserva. Antonio, con buen criterio, y en previsión de lo que pudiera acontecer, tomó la decisión de guardar su segunda lata en el macuto, intuyendo que la podría necesitar posteriormente.
Muy cerca ya de la localidad asediada dieron la orden de desplegarse y atacar, y comenzó así una dura batalla. Antonio, apenas capaz de sostener su fusil con sus manos inexpertas, y viendo la salvaje violencia del combate temió perecer allí junto a los muchos infortunados que caían. Pronto se escabulló de allí como pudo, aprovechando el fragor y la confusión de la batalla, y vino a encontrar cobijo en una depresión del terreno, donde, bajo el abrigo de una loma, dos grandes encinas que crecían juntas le servirían de improvisado parapeto.
Los intensos tiroteos se prolongaron a lo largo de todo aquel funesto día en una batalla interminable. Antonio, aterido de miedo, no se atrevió a salir de su escondrijo en ningún momento, temiendo seriamente por su vida. En mitad de la batalla, notó cerca de él la presencia de los oficiales, e inmediatamente, tendido como estaba en el suelo, aprovechó su posición y decidió hacerse el muerto. Probablemente los oficiales debieron ver su cuerpo allí tendido, pero por suerte lo confundirían con alguno de los caídos, porque no se acercaron a él ni le llamaron.
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