Capítulo 5. El traidor
Atrás quedaban los días de soldado forzoso, los tiroteos, las trincheras, las escaramuzas nocturnas, las guardias interminables, el racionamiento de comida enlatada, el olor a pólvora y a muerte, los largos y penosos viajes en tren o en camión y las largas travesías recorridas a pie tras su evasión. Al fin estaba en casa. En mitad de aquella guerra sin sentido había logrado huir a aquella pequeña isla de tranquilidad que seguía siendo el cortijo en aquellos días oscuros. A partir de entonces debería permanecer bien escondido, para evitar que cualquiera le descubriera y le denunciara a la guardia de la “ETAPA”, como llamaban en aquellos días al cuerpo encargado de ir casa por casa en busca de todo hombre capaz para incorporarlo a las necesitadas filas republicanas. Pero estaba con su familia, en casa, y aguantaría lo que hiciera falta con tal de evitar volver al infierno vivido en los frentes. Él y su familia se cuidaron mucho de mantenerlo en secreto y de que nadie se enterara de que se encontraba allí. Todas las mañanas, bien temprano, aún con la oscuridad de la madrugada, salía a escondidas del cortijo y se perdía por los agrestes parajes de la sierra durante todo el día, lejos de miradas ajenas, hasta que caía el anochecer, cuando regresaba sin ser visto para dormir en casa.
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| Vista de la Sierra de Baza. |
Se reunía cada día con otros dos jóvenes compañeros evadidos que, al igual que él, habían desertado de las filas republicanas, y que vivían en el cercano cortijo de La Canaleja. Escondidos por la sierra pasaban el día ociosos, pero siempre alerta, tratando en todo momento de no ser vistos por nadie, y esperando que aquella terrible guerra terminara algún día. En las largas horas que pasaban juntos solían aprovechar para contarse unos a otros sus experiencias vividas, sus temores y sus planes para cuando todo aquello pasara. Sin embargo, el día menos pensado podían descubrirlos, y tenían que estar preparados.
Por desgracia Antonio no consiguió pasar totalmente desapercibido en aquellos días, a pesar de todas las precauciones que él y su familia se habían tomado. No había transcurrido ni un mes siquiera desde su inesperado regreso al cortijo, cuando un astuto y malvado guarda de El Raposo, de alguna manera acabó enterándose de que allí se escondía un evadido. Tal vez alguien lo había visto en algún momento cuando se marchaba por las mañanas temprano, o bien a su regreso por las noches, y había dado el chivatazo a aquel guarda. De una forma o de otra, la información había llegado a oídos de aquel malvado, y este resolvió ir directamente en busca de Antonio a la casa de su familia en el cortijo. Como cada día, Antonio había salido por la mañana temprano a la sierra, para no ser visto, así que el guarda, al llegar a la casa sólo encontró a la señora Margarita. El guarda le advirtió severamente que sabía que allí se escondía un soldado evadido, y amenazó con denunciarle inmediatamente a la guardia de la ETAPA si no se presentaba él mismo de forma voluntaria en la comandancia. La señora Margarita, llena de temor, le mintió diciéndole que su hijo había ido a un cortijo cercano, a casa de unos familiares.
El obstinado guarda, viendo que sus intentos no tenían éxito, e intuyendo que la mujer lo engañaba, supuso que en algún momento del día o de la noche Antonio debía regresar al cortijo al menos para recoger alimentos, así que decidió esperar allí pacientemente y al acecho hasta dar con él cuando regresara al cortijo. El guarda permaneció muchas horas allí apostado, a la entrada del cortijo, hasta que, habiendo ya anochecido, vio que alguien se acercaba en mitad de la noche. El guarda sonrió siniestramente en la oscuridad al ver aparecer al joven Antonio entre las sombras. De repente gritó:
— ¡Alto! ¿Quién va? — vociferó con voz autoritaria.
Antonio al oírlo quedó paralizado y se estremeció de puro miedo ante la inesperada voz seca de aquel guarda en mitad de la noche. No fue capaz siquiera de articular una sola palabra, invadido como estaba por el terror.
— ¡Ya no te me escapas! ¡Desertor! — gritó con desprecio el malvado con una grotesca mueca de regocijo en su rostro. — A ti y a tus amigos de La Canaleja se os acabó el chollo. Mañana mismo acudiré a denunciaros a los tres, y que vengan los de la ETAPA a arrestaros. — le dijo amenazante el guarda. Los ojos del guarda centelleaban mirando con enorme desprecio a Antonio. Éste le sostuvo la mirada muy serio.
Antonio sabía que si los detenía la guardia de la ETAPA irían a la cárcel, así que resolvió marchar voluntariamente a la comandancia.
— No hará falta, — respondió por fin Antonio resueltamente, muy serio y con gran resignación, — iremos voluntariamente a la comandancia.
— Estaré aquí para verlo — dijo por toda respuesta el guarda, riendo triunfalmente por lo bajo. Y sin más, se volvió y se alejó de allí.
Tras el funesto encontronazo con aquel desagradable individuo quedó Antonio desarmado, abatido, completamente derrotado. Había temido mucho que ese día llegara. Tantos esfuerzos de él y su familia para esconderse al final no habían servido para mucho. Ahora ya no había escapatoria posible. Los habían descubierto.
Sus compañeros de La Canaleja debían saber lo antes posible lo que acababa de ocurrir, sino serían arrestados y llevados a prisión. Así que Antonio no tardó en acudir rápidamente al cortijo de La Canaleja y alertarles de la situación.
Tanto Antonio como sus compañeros resolvieron marchar voluntariamente al día siguiente hacia la comandancia de Almería. Debían abandonar el que hasta entonces había sido su refugio en el cortijo y volver a la dura realidad, la guerra no había terminado.
Así marcharon los tres a la mañana siguiente, camino de la estación de Guadix, derrotados, tristes y abatidos. Sus nombres eran Juan, Galindo y Antonio. Tres jóvenes de humildes familias de campesinos, que debían regresar al infierno de la guerra para evitar ser enviados a la cárcel.
© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.
Imagen de la Sierra de Baza. Autor: José Hernández L.
FUENTE: https://www.flickr.com/
https://www.flickr.com/photos/josehl/15716420113

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