Capítulo 2. Vientos de guerra
Un aciago 18 de julio del año 1936, estaba el joven Antonio, que ya contaba 16 años, junto a otros campesinos del lugar un día más segando en un campo de trigo, un lugar llamado “el Haza Llana”, no muy lejos del cortijo de El Raposo. En mitad de su duro quehacer vieron aparecer de repente y a lo lejos un extraño grupo de unos 14 o 15 hombres acercándose a donde se encontraban. Caminaban con paso decidido y enérgico, y en sus gestos se podía intuir que no traían nada bueno. Llegados a donde ellos estaban, uno de los hombres les interpeló de esta manera:
— ¡Dejen ustedes de trabajar, y acompáñennos al cortijo! — exclamó resueltamente el extraño.
Intimidado y perplejo, el extenuado grupo de segadores dejaron resignados sus tareas y acompañaron a aquellos hombres.
Más tarde, y ya de vuelta en el cortijo, se enteraron que aquel grupo de hombres era en realidad una comisión de obreros exaltados del bando republicano. En España estaba teniendo lugar uno de los momentos más negros de su historia. Acababa de estallar la Guerra Civil.
…
Todos los hombres del cortijo fueron reunidos en un salón. Allí, el que parecía ser el cabecilla del grupo les anunció que debían quedarse todos guarnecidos en el cortijo y no salir a trabajar en los días siguientes. Los opositores de la República se habían sublevado con un golpe militar, lo que había dado lugar al comienzo de una guerra civil. Cualquier día, anunciaron, regresarían al cortijo a convocar a todo hombre capaz, para luchar en el frente republicano. Aseguraba con determinación que “debían luchar”, “que todos los fascistas debían morir” — tal era el odio que sentían por el enemigo, y así pretendían contagiar estos sentimientos a todos los hombres que iban encontrando a su paso por los innumerables cortijos de la región. “No sobraban manos, y necesitaban todo el apoyo en aquella contienda”, insistían.
Los humildes labradores escuchaban cariacontecidos y confusos a aquellos extraños hombres, extrañándose de que les hablaran en esos términos. La mayoría de ellos no sabía quiénes o qué eran esos a los que con tanto rencor llamaban “fascistas”. En la apacible y monótona vida del cortijo, apartada del trasiego de pueblos y ciudades, aquellos lejanos temas de la vida pública poco importaban, y muy poco se sabía allí acerca de los acontecimientos recientes o corrientes políticas del momento.
Durante los días siguientes fueron apareciendo en más ocasiones aquellos obreros exaltados. Como en la primera ocasión, trataban de aleccionar insistentemente a las gentes del cortijo y les conminaban a permanecer cobijados en el interior de sus casas ante los graves peligros de la guerra recién desatada. Solía hablar el cabecilla de siempre, un tipo que llevaba una pistola colgada al pecho y orgullosos aires de líder.
Uno de esos días el grupo de exaltados apareció una vez más en el cortijo, en esta ocasión con una actitud bastante más violenta. Parecía que el objeto de su ira era la pequeña ermita que había en el cortijo, pues derribaron la campana, sacaron todas las figuras de santos que allí encontraron, las amontonaron salvajemente a la puerta y les prendieron fuego. Las gentes del cortijo contemplaban atónitos, llenos de consternación y temor la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los exaltados acabaron su fechoría esparciendo por todo el lugar montones de viejos papeles y hojas rotas, procedentes del interior de la ermita, sin duda parte de viejos archivos y libros eclesiales que allí se guardaban. La encendida cólera y odio de aquellos hombres parecía no detenerse ante nada ni ante nadie.
En su tónica habitual el cabecilla del grupo seguía dando sus encendidos discursos a los habitantes del cortijo, como si de auténticas conferencias políticas se tratase, insistiendo una y otra vez con gran ímpetu que “debían matar a todos los fascistas”.
En sus habituales incursiones en el cortijo, el grupo de
exaltados solía llevarse cabezas de ganado y todo tipo de enseres que pudieran
ser de algún valor, asegurando que “eran necesarios para la causa”, y que “en el
frente lo necesitaban”. Los campesinos aceptaban resignados el violento expolio,
temiendo que pudieran matar a cualquiera de ellos si se negaban a colaborar o
se enfrentaban a ellos.
Pronto les llegaron a anunciar que permanecieran a cubierto y bien protegidos, porque iban a comenzar los ataques aéreos con bombas.
Atenazados por el miedo y temiendo por su vida, los campesinos del cortijo huyeron del lugar, y corrieron a refugiarse en los más diversos escondrijos y refugios en la sierra. Marchaban casi con lo puesto, sin tiempo apenas para coger un abrigo, algún chusco de pan o alguna bota de vino. Era una carrera para intentar salvar sus vidas.
Al igual que la mayoría de sus vecinos, Antonio y su familia salieron al monte, a refugiarse en un lugar llamado “El Picón de la Cueva”. Allí sabían que había una cueva, donde decidieron refugiarse y pasar la noche.
Pronto se cumplieron las amenazas de los grupos armados, y sintieron en la lejanía el grave estruendo de las bombas al estallar como truenos de una terrible tormenta. Varios grupos republicanos venidos de Dólar, Guadix y Baza estaban bombardeando el cortijo, que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina, lo que se presuponía que era el verdadero objeto de su ira contra aquel lugar. Más tarde se marcharon. Oyeron, por los comentarios de algunos habitantes del cortijo, que se dirigían a otro cortijo cercano, llamado “Abenajara”, en busca de los propietarios, con intención de apresarlos. Allí también bombardearon violentamente los edificios y lograron detener a los dueños, a los que llevaron presos a Baza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario