Capítulo 4. La huida
Hacía
ya tiempo que los últimos camiones de la brigada se habían perdido a lo lejos.
Era noche cerrada cuando Antonio, con los miembros completamente entumecidos
tras la larga espera tendido en el suelo, se atrevió a abandonar por fin su
escondite. Tras el fragor de la batalla se encontraba muy desorientado y en
tierra desconocida, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni hacia dónde
dirigirse. Tan sólo sabía que en teoría estaba en las inmediaciones de Cabeza
del Buey. En su mente sólo tenía una idea: volver a casa. Volver a abrazar a su
madre y hermanos, a sus tíos y parientes. Volver a aquella vida sencilla y rutinaria,
a la tranquilidad del cortijo de El Raposo, no importaba lo lejos que pudiera
estar, caminaría a la desesperada, alejándose de aquella terrible y absurda guerra
sangrienta. Muchos habían caído, y sabía que si se quedaba, él sería el
siguiente. Aquella guerra desde luego no iba con él. Como tantos otros
simplemente se había visto arrastrado por las circunstancias.
En
la oscuridad de la noche, se guió más bien por intuición, y así estuvo
caminando desorientado por aquellas soledades alrededor de tres horas. Estaba
extenuado, tras dos noches en las que apenas había dormido. Llegó a lo alto de
una loma, y decidió hacer un alto en el camino, ya no podía más. Cenó con lo
que había en la lata de carne en conserva que con tan buen tino había guardado
aquella misma mañana, y allí mismo se echó a dormir rendido por el cansancio.
Cuando
amaneció, Antonio reemprendió su camino, guiándose tan solo por el sol,
atravesando aquellas sierras y paisajes desconocidos. Sería entorno a mediodía, cuando encontró una casa
en mitad del campo, en la que había un rebaño de ovejas. Automáticamente pensó
en acercarse a pedir algo de comer. Se asomaron temerosos una mujer y dos
chiquillos a la puerta de la casa, que al verlo de lejos, salieron corriendo a
su encuentro, gritando y llamando a su padre. Sin duda, lo habían confundido
con otro hombre, el padre de aquellos chiquillos también debía haber marchado a
la guerra, y esperaban su regreso.
Los
zagales pronto comprendieron tristes y desilusionados que aquel que se acercaba
tan sólo era un desconocido. Antonio se acercó hasta la mujer, y le pidió
humildemente que le diera algo de comer. La humilde pastora, accedió amablemente
a darle de lo único que tenían: un trozo de queso. Antonio tuvo que contentarse
con aquello, y tras agradecer sinceramente el buen gesto a aquella mujer y
haber descansado un poco, reemprendió su incierta caminata.
Transcurridas
unas cuantas horas de lento camino, topó con unos segadores, que trabajaban en
mitad de un campo de cereal. A todas luces se notaba que aquellos hombres eran
ya bastante mayores, tendrían todos más de 60 años. Eso seguramente les había
librado de tener que ir también al frente. Antonio sabía que para llegar hasta
Granada, debía de cruzar el cercano río Guadalquivir, y llegar a la localidad
jienense de Andújar, donde había una estación de ferrocarril donde quizá poder
tomar algún tren para tratar de regresar de alguna forma a Guadix. Pero no
sabía por dónde podría cruzar el río, así que preguntó a aquellos hombres.
Éstos le preguntaron de dónde venía, a lo que Antonio, valientemente, o quizá
temerariamente dadas las circunstancias, decidió contarles la verdad: que había
desertado de las filas del ejército republicano e intentaba volver a casa. Los
hombres le dijeron que cerca de allí había un puente por el que cruzar el río,
pero que estaba vigilado, y seguro que lo apresarían si trataba de cruzar por
allí, así que le recomendaron otro lugar por donde intentar atravesar el río
sin ser visto: un remanso donde las aguas no eran tan profundas y quizá
consiguiera llegar a la otra orilla sin que lo descubrieran. Antonio agradeció
las precisas indicaciones de aquellos honrados segadores y respiró aliviado de que
hubieran optado por ayudarle en lugar de denunciarle. Se despidió agradecido de
aquellos hombres y continuó por donde le habían explicado, preguntándose cómo
haría para cruzar el río si no sabía siquiera nadar…
Por
suerte consiguió llegar al lugar indicado sin encontrarse con nadie más. A
pesar de que era verano y el río no llevaba mucha agua, era lo bastante grande
como para no ser fácil de atravesar. Antonio intentó quitarse todo el peso
posible, se echó a la cabeza la casaca, el fusil y todo lo que pudo, intentando
salvarlos del agua. Temeroso, comenzó a adentrarse lentamente en las aguas del
Guadalquivir. Muerto de miedo, notaba cómo a cada paso que daba se iba haciendo
más y más profundo y los pies se le hundían pesadamente en el inestable fango
del fondo. Pronto le llegó el agua al cuello, y sin haber nadado ni una sola
vez en su vida, más bien por instinto, consiguió valientemente dar algunas
torpes brazadas, que por un gran golpe de suerte bastaron para alcanzar a donde
de nuevo tocaba el fondo con los pies. Sintió haber estado a un paso de la
muerte, lo mismo que en mitad de la batalla. Era casi un milagro que no se
hubiera hundido y hubiera muerto ahogado allí mismo. Llegó a la otra orilla y
cayó al suelo completamente extenuado por el enorme esfuerzo realizado, con los
miembros rígidos por el miedo y con el corazón desbocado que le retumbaba
violentamente en el pecho… Pasaron unos largos minutos hasta que entre
respiraciones entrecortadas consiguió recuperar un poco el aliento.
¡Lo había conseguido!, milagrosamente
estaba en la otra orilla del río, había conseguido evitar así el control
militar del puente. Pero todavía debía seguir caminando otro largo tramo hasta
llegar a Andújar.
Pasó casi otro día entero caminando lentamente, hasta que
pudo llegar a unos cortijos, ya cercanos a Andújar. Allí encontró una
mujer que estaba cocinando arroz, y, una vez más, se atrevió a pedirle un poco.
La mujer generosamente le dio un plato, y le contó que no era el primer soldado
evadido que pasaba por allí. Otros muchos al igual que él habían huido del
frente. Era mediodía, y tras haber comido y recuperado las fuerzas, esperó a
que anocheciera, para aprovechar la oscuridad y poder así pasar desapercibido
entre los trenes de la estación. Su idea era colarse en algún tren de
mercancías, evitando ser descubierto, para tratar de llegar hasta Guadix.
Ya casi
anocheciendo, llegó a la estación de Andújar, y se atrevió a preguntar a un
ferroviario de la estación si alguno de los trenes que allí había iba por
casualidad hacia Guadix. El ferroviario enseguida comprendió que era un soldado
evadido, pero afortunadamente optó por no delatarle. Le dijo que el tren que se
encontraba allí estacionado iba hacia el norte, con destino Barcelona, y que si
quería ir a Guadix, debía ir a otra estación. A la estación de un pueblo
llamado Begíjar, a unos 58 kilómetros hacia el este, de allí salía a las 6 de
la mañana un tren de mercancías hacia Almería, que tenía parada en Guadix.
Antonio le pidió entonces indicaciones de cómo llegar desde allí a aquella
estación, y el ferroviario amablemente trató de explicárselo.
Una
vez más muy agradecido Antonio se despidió de aquel buen hombre y continuó su
azaroso camino, ansiando llegar pronto a casa. Caminó toda la noche, siguiendo
caminos y vías de tren, guiado por las explicaciones que le había dado aquel
ferroviario. Debía llegar a tiempo para no perder el tren de mercancías del que
le había hablado.
 |
| Estación de Begíjar (Jaén). |
Todavía
era noche cerrada cuando Antonio llegó a la citada estación de Bejíjar, aunque
ya se intuía en el horizonte un tenue resplandor, anunciando próximo el
amanecer. Sin embargo, ante su desconcierto, la vía se encontraba vacía, no
había ningún tren. Consternado por la ausencia Antonio se armó de valor una vez
más y se acercó a preguntar a otro ferroviario. Para gran satisfacción de
Antonio, aquel ferroviario le anunció que el tren que buscaba llegaría a la
estación en apenas media hora, porque venía con retraso. Se trataba de un tren
de mercancías que transportaba uva, provenía de la estación de Linares-Baeza, y
su destino era Almería. Por fortuna aquel ferroviario también optó por
ayudarle, y le explicó cómo lograría colarse en una de las bateas de aquel tren
sin ser visto. No sería una tarea especialmente difícil, ya que la única
vigilancia del convoy la hacían unos guardafrenos, y el ferroviario le explicó
cómo podía colarse sin que lo vieran.
Agazapado en la oscuridad, Antonio aguardó pacientemente la llegada del
tren. Ya fuera por el retraso en la llegada del convoy o bien porque no tenía
ningún reloj a mano, aquella espera se le hizo interminable, y Antonio temía a
cada momento que alguien con no tan buenas intenciones como aquel par de
ferroviarios que lo habían ayudado lo descubriera y denunciara a las autoridades.
Con las primeras luces del alba se oyó a lo lejos el
inconfundible sonido de un tren de vapor acercándose pesadamente por las vías.
Antonio suspiró hondamente aliviado y esperó un largo rato, hasta que el convoy
quedó completamente detenido. Poco después distinguió a lo lejos un par de
hombres ataviados con un sucio mono de trabajo y sendas gorras de trabajo.
Inspeccionaban el convoy y las ruedas. No cabía duda, debían ser los
guardafrenos de los que le habían hablado. Antonio esperó un rato más en completo
silencio. En un momento dado los hombres se alejaron hacia el edificio de la
estación. Antonio decidió esperar donde estaba aún unos instantes más.
Finalmente se armó de valor, y tras mirar varias veces a uno y otro lado, salió
de su escondite. Caminó todo lo rápido que pudo, dando rápidas zancadas y
avanzando agazapado entre las sombras. Comenzó a probar a abrir alguna de las
puertas de las bateas, pero no era nada sencillo, estaban bien protegidas por
pesados cerrojos. Antonio empezaba a desesperarse. Llevaría ya unas tres bateas
en las que tras esforzados intentos no había logrado mover ni un poco las
pesadas puertas. La desesperación lo embargaba. Probó con una cuarta puerta, y
milagrosamente en esta ocasión la puerta sí cedió un poco. Lleno de esperanza
Antonio empujó aún con más fuerza, y poco a poco logró arrastrar la puerta lo
suficiente para dejar un hueco por el que colarse dentro. Aún tuvo que tirar
con toda la fuerza que pudo unos instantes más, para volver a cerrar la puerta.
Dentro la oscuridad fue casi total. Apenas se colaban tímidos rayos de las
primeras horas de aquel amanecer por las rendijas de los toscos tablones de
madera que formaban las paredes de aquella batea de carga. Tal como le habían
contado allí dentro había un buen montón de cajas con montones de racimos de
uva. Completamente extenuado tras la larga travesía a pie no vio el momento de
echarse a la boca algunas de aquellas uvas. Tras unos instantes, saciado con la
fruta no tardó en echarse a dormir en un rincón.
Así
consiguió montar de polizón en una de las bateas de aquel tren. El viaje sería
largo y lento, pero al menos no tendría que caminar. Pronto el tren se puso en
marcha, y entre incesantes traqueteos pasó entero aquel día, escondido en
aquella batea. No fue hasta el día siguiente, cuando el tren, en su lenta marcha,
alcanzó por fin la ansiada estación de Guadix. A Antonio no le costó reconocer
aquel lugar, tantas veces visitado por él y su familia cuando iban a comprar al
mercado, y se bajó por fin aliviado, ya casi estaba en casa. Ya no se
encontraba desorientado como al principio de la travesía, ahora caminaba por
tierras conocidas. En un último esfuerzo caminó por los pedregosos caminos
hacia Charches, y luego se adentró en la Sierra de Baza, hasta llegar
felizmente al cortijo de El Raposo.
¡Lo
había conseguido, estaba en casa! Cuando llegó al cortijo ni siquiera tuvo
fuerzas para decir nada a nadie, tal cual llegó, se sentó allí a la puerta, a
descansar de la dura travesía, sin decir nada a nadie. Por casualidad su tío
Facundo, salió poco después, a tirar la ceniza del hogar, y le dio los buenos
días, confundiéndolo con un extraño. Sin embargo al poco se volvió y se le
quedó mirando. Fue entonces cuando Antonio le dijo irónicamente:
—
¿Pues no me reconoce usted?
Su
tío Facundo cayó entonces en la cuenta. ¡Aquel joven de aspecto sucio, cubierto
de polvo y desaliñado no era otro que su sobrino Antonio, el que marchó al
frente! Tal era el dantesco aspecto que llevaba tras tantos días de camino y
batallas, que estaba totalmente irreconocible. Su tío se tiró de inmediato a
abrazarle, y pronto anunciaron a su madre que estaba allí.
Cuando su madre le vio, le abrazó y ambos lloraron llenos de emoción. La
guerra le había devuelto un hijo.
© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.
Imagen de la Estación de Begíjar. FUENTE: Facebook. https://www.facebook.com/BarriadaEstacionDeBegijar/photos/a.1601681430054206/1601681216720894
Portada
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Epílogo