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domingo, 5 de diciembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 9. Volver a empezar



 Capítulo 9.    Volver a empezar



 Cortijo de El Raposo, Marzo de 1940.


Tras sus azarosas aventuras, Antonio por fin había podido retomar su quehacer cotidiano en el cortijo. Su vida había vuelto por fin a la calma. Su familia tenía arrendadas por entonces unas tierras no lejos de allí, un par de bancales junto al barranco de La Presa, un lugar popularmente conocido como “El Chorrete”. Allí solían sembrar patatas, maíz, pimientos, tomates, cebada, trigo, calabazas y remolacha, según fuese la temporada apropiada para cada cultivo.


Algunos años, si la cosecha era lo bastante buena, vendían los excedentes de trigo y cebada. Un comerciante solía acudir cada año por los cortijos de la sierra acabada la cosecha, comprando a los campesinos del lugar el trigo y la cebada que les sobraba o que estuvieran dispuestos a vender. Se trataba de lo que llamaban por aquel entonces un “remitente”, un comerciante que se encargaba de costear los portes de la mercancía hasta la estación de tren de Huéneja, a unos 10 kilómetros de Charches. 


Un día Antonio recibió una particular carta, que entonces se conocía como “un oficio”. En ella se le instaba a presentarse en la “Caja de Reclutas”, en Guadix, para realizar el servicio militar. Antonio leyó con profunda consternación la misiva, y se le vino el mundo encima…


Más parecía una funesta burla del destino... No habiendo sido suficiente las terribles experiencias vividas en la guerra, le llamaban ahora de nuevo, tan sólo un año después, a reunirse forzosamente de nuevo con el ejército, como si todo volviera a empezar… 


Pero no había alternativa posible, o se presentaba o iría a la cárcel con el serio peligro de ser fusilado por insurrecto. No valía la pena arriesgarse.


Sumamente entristecido y desesperado Antonio comunicó la noticia a su familia. La tristeza de madre y hermanos, una vez más fue enorme, y asumieron desconsolados que Antonio tenía que marcharse otra vez con los militares.


Antonio, junto a otro compañero de El Raposo que también había recibido una carta similar, partió hacia Guadix, a presentarse en la señalada “Caja de Reclutas”. 


Tres días después ambos tomaron camino hacia Granada, allí debían presentarse en el cuartel, y les indicaron que debían reunirse en la plaza de toros, donde reunían a los hombres convocados de toda la provincia. Un oficial iba nombrando a cada uno de los jóvenes reclutas y su destino asignado. Eran agrupados por expediciones, grupos de unos 25, y de allí partían de nuevo a la estación de tren de Granada. Por el camino, algunas expediciones iban bajando en las estaciones según su destino. A Antonio le fue asignado como destino Cáceres.


Tras un día entero de lento y traqueteante viaje en tren llegaron por fin a Cáceres, ya anochecido. En la estación los esperaban varios sargentos, que los iban distribuyendo según la compañía y el batallón al que pertenecía cada uno. El suyo fue el Regimiento de Infantería Argel nº 27.


Al día siguiente fueron conducidos al almacén y les entregaron la ropa de militar. Entonces comenzaban el llamado periodo de instrucción, que consistía en tres meses de formación militar en el acuartelamiento. Por las mañanas hacían formación militar y por las tardes estudiaban teoría de las armas y todo lo relacionado con el mundo militar. Los que fallaban a las preguntas de teoría eran arrestados en el calabozo o recibían castigos tales como hacer la guardia de la compañía.


En plena posguerra eran tiempos de gran miseria y la comida escaseaba. Pasaban mucha hambre. Los trabajos eran muy duros y la comida mala y escasa.


Con el tiempo Antonio y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que la dureza de los ejercicios militares que realizaban cada día dependía mucho del instructor que les tocara. Según el que tocara sabían que terminarían totalmente extenuados o que por el contrario los ejercicios serían “fáciles”.


Había algunos que tras meses de ejercicios continuados no eran capaces de aprender siquiera a formar, y eran conducidos al grupo de “los menos aventajados”. Por fortuna Antonio logró superar los ejercicios satisfactoriamente, y continuó medrando en su penosa estancia en el servicio militar, la tan popularmente llamada “Mili”.


domingo, 28 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 8. Camino del sur

  

 

Capítulo 8.    Camino del sur

 

 

 

Primavera de 1939.

En algún lugar de La Mancha.

 

 

Dejando atrás Alcázar de San Juan, Antonio y sus compañeros carboneros, tras su fuga de la Plaza de Toros habían resuelto dirigirse caminando al sur, hacia la estación de Linares-Baeza, porque sabían que allí tenían parada los trenes hacia Almería, ruta que solía tener parada también en Guadix, y con suerte podía ser su oportunidad para tratar de montar en algún tren y continuar hacia el sur. Fueron dos interminables días de largas y lentas caminatas a través de polvorientos caminos atravesando grandes llanuras de trigales y viñedos, La Mancha castellana. Caminaban siempre alerta, tratando de pasar desapercibidos en mitad de aquellas soledades, y huyendo de cualquier posible encuentro con guardias, soldados o indeseables que desearan denunciarles. Paraban a descansar y tomar aliento muchas veces, a la sombra de alguna solitaria encina, cuando las piernas ya no les aguantaban más. Lo peor era la sed que sentían, y que no podían saciar a menos que se toparan con algún arroyo o fuente. A pesar del hambre y la sed intentaban evitar los lugares poblados, por miedo a ser descubiertos. En toda la travesía tan sólo pudieron llevarse a la boca unas escasas uvas que quedaban en uno de los numerosos viñedos que encontraron.

 

 

Unos dos días después de haber dejado Alcázar de San Juan arribaron a la Estación de Linares-Baeza. Allí acercáronse a los andenes, y pudieron observar que la entrada a los trenes estaba custodiada bajo un estricto control por parte de los revisores. De esta forma les sería imposible colarse en algún tren. Además, tampoco quedaban ya billetes a la venta en las taquillas de la estación, agotados todos por los innumerables viajeros que copaban los trenes en aquellos días.

 

Consternados por el nuevo revés, se vieron perdidos y desorientados, sin saber dónde ir o qué hacer. En estas, el joven Antonio se sobrepuso una vez más a la adversidad, y echando mano de su memoria tuvo una idea: Propuso a sus compañeros dirigirse a la cercana estación de Begíjar, a algo más de tres horas a pie de allí. Ya había estado en ella una vez, hacía ya casi tres años, cuando huyó evadido del frente extremeño al comienzo de la guerra, y pensó que valía la pena intentarlo de nuevo. A sus compañeros no les pareció mala la idea.

 

Así, con las escasas fuerzas que aún pudieran quedarles, dejaron la Estación de Linares-Baeza, y se dirigieron esta vez hacia la estación de Begíjar, que distaba de allí tan sólo unos dieciséis kilómetros. Muy desorientados, sin embargo, tardaron un día entero de penoso andar errático por los desconocidos caminos de la zona hasta dar finalmente con la citada estación. Llegados a la Estación de Begíjar, Antonio optó por emplear la misma táctica que ya le resultara en la anterior ocasión que estuvo allí, cuando andaba evadido. Se acercaron a un ferroviario, que andaba por allí portando un farolillo, pues ya había anochecido. Temerariamente, se atrevieron a preguntarle directamente acerca de la posibilidad de colarse en algún tren. Por fortuna para ellos aquel ferroviario se mostró solidario, y les preguntó a dónde querían dirigirse. Antonio le respondió que tenían intención de llegar a Guadix, a lo que el ferroviario les informó que dentro de una hora u hora y media, debía pasar por allí un tren de mercancías con destino Almería, y que tenía también parada en la estación de Guadix. Enormemente agradecidos con aquel hombre, se despidieron y fueron a esconderse por los alrededores a la espera de la llegada del tren.

 

Como ya sucediera la vez anterior, Antonio esperaba que no les fuera muy difícil conseguir colarse en alguna de las bateas del tren, pues el convoy no contaba con más personal que el maquinista y unos mozos de frenos.

 

Así, esperaron escondidos e impacientes la llegada del convoy, que surgió en la lejanía entorno a la hora que les había comentado el ferroviario, con su lenta marcha, iluminando la oscuridad.

 

Antonio y los carboneros esperaron un tiempo prudencial una vez que el tren quedó detenido por completo. Y observaron los movimientos del maquinista y los guardafrenos. Cuando vieron el lugar despejado avanzaron agachados junto a las bateas, probando a forzar algunas de las puertas. No parecía que ninguna fuera a ceder fácilmente, a pesar de estar muchas oxidadas y medio rotas. Finalmente una de ellas, muy estropeada, cedió un poco ante los insistentes empujones de Antonio y sus compañeros. Empujaron con más fuerza y la puerta cedió algo más, hasta que lograron tener un hueco suficiente por el que colarse al interior. Lo había logrado una vez más, ya estaban dentro. Aquel tren sería, con suerte, su penúltima etapa de aquella larga travesía, habida cuenta que si lograban llegar a Guadix aún les quedaría una última caminata de entorno a siete horas a pie hasta alcanzar el Cortijo de El Raposo.

 

No mucho después el tren se puso de nuevo en marcha y siguió su lento y traqueteante recorrido sin grandes sobresaltos.

 

Al día siguiente llegaron por fin a la estación de Guadix y se bajaron doloridos y extenuados tras una larga noche de dura travesía en el tren. Ya sólo les quedaba un último esfuerzo supremo: alcanzar el cortijo de El Raposo.

 

En el estado lamentable en el que llegaban, con pelo largo de varios meses, barba sin afeitar desde hacía mucho, negros como el tizón, sin oportunidad de haber podido lavarse en mucho tiempo, nadie los pudo reconocer. Amanecía cuando felizmente pisaron por fin las tierras del cortijo de El Raposo. Completamente extenuados, se sentaron a descansar en unos bancos de piedra que había a la entrada. El viaje había terminado, al fin.

Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003
Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003.


No hay palabras para describir la inmensa emoción y alegría que los embargó cuando su madre y hermanos supieron que Antonio estaba vivo y había regresado sano y salvo. Todos se fundieron en un gran abrazo, llenos de lágrimas, con la enorme alegría de saber que el joven Antonio había sobrevivido milagrosamente a aquella terrible guerra.





© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen del Cortijo de El Raposo. 26-08-2003. Autor: Fernando Conesa Navarro.







domingo, 21 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 7. Mares de gente

 


Capítulo 7.   Mares de gente



29 de Marzo de 1939

Sierra de Espadán (Castellón)



Por pistas de tierra iban descendiendo lentamente de aquella sierra convertida en tumba para muchos, y que sólo querían ya olvidar. Llegaron a un lugar donde habían formado un inmenso montón de armas y municiones, una auténtica montaña siniestra y metálica, emergida tras el paso de innumerables soldados que por allí iban pasando. A todos se les registraba y se les ordenaba desarmarse por completo. Los soldados pronto se unieron a una gran muchedumbre de gentes de toda condición y origen.


Larga fila de refugiados camino del exilio. 1939. | nuevatribuna.es


Hombres, mujeres y niños de todas las edades, viudas que llevaban a sus hijos hacia la casa de algún familiar que los acogiera, jóvenes perdidos y desorientados que se dirigían quizá hacia algún puerto o alguna gran ciudad, algún que otro vendedor ambulante que ofrecía los más variopintos productos, familias enteras que habían perdido su hogar en algún bombardeo y trataban de huir del país en alguno de los escasos barcos británicos y franceses que zarpaban de los puertos hacia el exilio, vagabundos, desterrados, proscritos, pobres y ricos. La guerra les había igualado a todos, y caminaban ahora en busca de alguna salida tras el infierno vivido. 



Imagen del Stanbrook llevando a bordo numerosos refugiados, fue el último buque que zarpó del Puerto de Alicante en Marzo de 1939. | elpais.com


El gentío era inmenso, los caminos eran verdaderos ríos humanos, gentes de todo tipo y condición, que con paso lento iban hacia algún lugar donde volver a comenzar de alguna manera sus vidas. De vez en cuando pasaban camiones y vehículos militares, atestados hasta arriba de gente. Antonio, cansado de la larga caminata, vio la oportunidad al ver pasar un vehículo que remolcaba un cañón, allí, encaramados al artefacto bélico habría una veintena de hombres, apiñados como podían, para librarse de tener que ir a pie. Ayudado por la mano tendida de uno de aquellos hombres, Antonio logró subirse al cañón, y de tal guisa aguantó hasta que al día siguiente por la tarde llegaron a Valencia. La capital mediterránea, plaza fuerte del bando republicano hasta casi los últimos momentos de la guerra, era ahora un completo y caótico bullir de gente, atestado y confuso. Por todos lados se oía a los fascistas victoriosos corear y vitorear el nombre de su líder. La nueva guardia, la recién creada guardia civil de Franco, intentaba controlar los movimientos de tanto gentío. Camiones militares atestados de gente, interminables colas para conseguir comida, viajeros esperando conseguir algún hueco para viajar a su destino, gente de toda condición, que al término de la guerra, trataban de llegar a sus esperados destinos. Y otros muchos que trataban de huir desesperadamente por barco para abandonar apresuradamente el país.

Así fue Antonio a parar a la estación de ferrocarril, con la esperanza de ser devuelto a tierras andaluzas. En la estación no cabía un alfiler. Miles y miles de personas llenaban los escasos trenes, que pronto no admitían a nadie más. Guiado por las voces de megafonía, Antonio buscó el tren que partía hacia Andalucía, pero en vano lo intentaba, pues los trenes estaban todos a reventar, era imposible encontrar un sólo hueco. Allí tuvo que esperar junto a otros muchos compañeros, mientras esperaban con resignación que hubiera algún hueco en alguno de los trenes. Antonio aún tenía algo de dinero y probó a comprar unos bocadillos en unos puestos de comida que allí habían montado. Tuvo muchas dificultades, pues consternado cayó en la cuenta de que el dinero republicano carecía ya de ningún valor, así que nadie se lo aceptaba. A pesar de todo consiguió comprar algunos bocadillos, en uno de aquellos puestos, donde sin duda se apiadaron del hambre de aquellos soldados. Así esperaron hasta la mañana siguiente, cuando, tras varios trenes perdidos por no caber ya nadie más, lograron encontrar por fin un hueco en un convoy de bateas de mercancías que decían que se dirigía hacia Andalucía. Viajaron lentamente, apiñados y muy incómodos en aquel tren totalmente sobrecargado de gente. El suelo era de duros tablones de madera rotos y maltratados por las mercancías, polvorientos y llenos de tierra y paja. El aire olía a orines y enfermedad, y la oscuridad sólo era rota por finos haces de luz que se filtraban por las rendijas de las paredes. Ese era el viaje inhumano que tenían que aguantar, removidos constantemente por el traqueteo infernal de la vía y el ensordecedor estrépito del tren en movimiento.

Al día siguiente, al atardecer, llegaron a Alcázar de San Juan. Allí se vio su viaje truncado cuando unos piquetes de la guardia civil comenzaron de forma inesperada a desalojar el tren. Antonio y sus compañeros descubrieron entonces llenos de consternación y desesperación que el supuesto “tren a Andalucía” no era más que una emboscada del nuevo régimen para engañarlos y llevarlos presos. Con total impotencia, no pudieron hacer más que seguir aquella interminable fila de vencidos, camino de prisión. 




Los mandaron formar en grupos de unos 50, y los condujeron hasta la plaza de toros del lugar, que se había convertido en una improvisada y atestada cárcel. Allí se apiñaban cientos y cientos de personas, desfallecidos y atacados por el hambre. Por fortuna, más tarde fueron alimentados con un chusco de pan y un plato de comida, que sus estómagos agradecieron tras un penoso día entero sin comer. Pero la situación en aquella plaza pronto comenzó a ser cada vez más penosa, los estaban matando de hambre. Varios oficiales, armados con palos, les mandaban formar varias veces al día y no eran pocas las veces que empleaban dichos palos de forma indiscriminada. Quien no caía muerto de hambre, lo hacía bajo los palos de aquellos militares sin escrúpulos.

Una mañana comenzaron a organizarlos y a pedirles documentación. Tomaban sus datos para la llamada “filiación”, debían esperar allí mientras se les comunicaba a sus parientes su estado y, tras comprobar que no eran “enemigos del régimen”, podrían abandonar el lugar. Se investigaba a cada prisionero, sobretodo a través de informes de alcaldes, sacerdotes y jefes de la guardia civil y la Falange de la localidad natal de cada individuo. De esta forma clasificaban a los prisioneros en tres grupos diferenciados: los “forajidos”, que eran enviados directamente a juicio, en el que se les decretaba pena de cárcel o fusilamiento; los “hermanos forzados”, los que se consideraba que creían en los ideales fascistas pero habían sido obligados a combatir en el bando republicano; y los “desafectos”, aquellos que habían formado parte del bando republicano pero el nuevo régimen valoraba que no tenían una ideología firme, y por tanto se les consideraba “recuperables”. Pero aquel proceso podía fácilmente alargarse meses, y no sabían si aguantarían tanto tiempo el hambre que estaban padeciendo.

Prisioneros republicanos en un campo de concentración franquista. | Biblioteca Nacional de España.


Antonio, por casualidad, había coincidido allí con unos conocidos carboneros de su mismo cortijo, y pronto comenzaron a especular entre ellos sobre la idea de escaparse de alguna manera de allí. Eran muy conscientes de que si no lo hacían, morirían de hambre o bajo los golpes de aquellos guardias. Se habían percatado de que la vigilancia del lugar era mínima, e intuían que los mismos guardias civiles que les custodiaban no eran en el fondo partidarios de aquel encierro que estaba matando de hambre a aquella pobre gente, tan sólo cumplían órdenes. Por lo que imaginaban que no sería difícil escapar de allí.

La oportunidad se les presentó una noche lluviosa. Los guardas se habían retirado a resguardarse del fuerte aguacero que caía, y la ocasión era favorable. ¡Tenían que intentarlo! Si los descubrían, serían tiroteados o apresados y después torturados, pero si se quedaban allí morirían de hambre, así que optaron por escapar.

Se armaron de valor y, resueltos, en lo más fuerte del aguacero, se encaramaron a lo alto de la tapia de la plaza. El agua se precipitaba  resbalando por las paredes, los dedos les resbalaban, y tiritaban calados y entumecidos. El miedo era atroz, pero la suerte les fue favorable y aprovechando los salientes y recovecos de los ladrillos dispuestos en arcos que formaban la fachada de la plaza, fueron descendiendo con sigilo. Como aprendices de escaladores fueron capaces de sortear milagrosamente aquel precipicio, sin siquiera contar con cuerdas que los sujetaran. 

Con un último salto consiguieron tocar el suelo, y sonrieron felices viéndose ya libres. Por fortuna nadie intentó detenerles, tenían el camino libre. Caminaron liberados bajo aquella lluvia que les había salvado. Callejearon por las solitarias calles de Alcázar de San Juan, saludados solamente por el continuo repiquetear del agua que caía de los tejados, hasta salir a campo abierto y empezar una nueva y larga travesía hacia el sur. Después de tantas penurias, por fin tenían un golpe de suerte. ¡Eran libres!



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen de una larga fila de refugiados. Autor desconocido.
Publicada por José Luis Ibáñez Salas.



Imagen del Stanbrook. Autor desconocido.
Publicada en un artículo de J. A. Aunión. Diario El País.



Imagen de prisioneros. Biblioteca Nacional de España.
Publicada en artículo de Carlos Monteagudo.







domingo, 14 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 6. De vuelta al infierno

 



Capítulo 6.    De vuelta al infierno




Tres jóvenes caminaban por los pedregosos caminos que descienden de las estribaciones de la Sierra de Baza, adentrándose poco a poco en el Valle de Guadix. Había algo más de seis horas y media a pie entre el cortijo y la cabecera comarcal. Caminaban despacio, sin prisa, en una fría mañana de otoño. Tristes, desanimados y resignados. No tenían ninguna prisa por llegar a su destino, así que caminaban lentamente y despreocupados, intentando alargar lo más posible su llegada a la estación. Llegados a la estación de Guadix compraron sus billetes y tomaron el tren hacia Almería. Una vez llegados a la capital almeriense decidieron alojarse en una fonda durante unas cuantas noches. Sabían lo inevitable, pero querían alargar todo lo posible la espera hasta tener que presentarse finalmente ante la autoridad. Así estuvieron unos cuantos días, ociosos, caminando despreocupados por las calles de la ciudad, hasta que finalmente un guardia de la ETAPA les dio el alto mientras caminaban y les pidió la documentación. Tras revisar los documentos el guardia les preguntó qué hacían allí, y por qué no estaban en su correspondiente brigada. Los tres jóvenes no tuvieron más remedio que decir la verdad: Que habían “perdido” su brigada, y por tanto eran evadidos. Un delito que se castigaba con la cárcel.


Así pues, fueron conducidos a un “centro de recuperación”, que no era más que un absurdo eufemismo con el que llamaban en aquellos días a las cárceles militares. De esta forma los tres jóvenes comprobaron que tanto si los hubieran apresado en su hogar como si iban voluntariamente a Almería su destino iba a acabar siendo el mismo. Habían terminado en la boca del lobo.


Allí, en un acuartelamiento, convertido en prisión militar, malvivieron durante varios meses, encarcelados junto al resto de soldados que habían sido capturados tras su evasión de los frentes, ateridos de frío durante un largo invierno. Solían apretujarse y empujarse unos a otros por lograr un hueco junto a alguno de los escasos braseros, que poco servían en aquella caverna helada, aborreciendo la detestable sopa boba con que los alimentaban, peleando siempre por una manta con que luchar contra aquel frío y húmedo invierno. El ambiente estaba allí cargado de humedad, y el frío entumecía intensamente todos los huesos del cuerpo. Más de uno cayó víctima de tuberculosis o de fiebres en aquellos meses. Los presos solían lanzarse penosas miradas esquivas unos a otros preguntándose quién sería el siguiente. El transcurso de los días se hacía lento y monótono recluidos en aquella cámara del infierno. De vez en cuando trataban de matar el tiempo jugando a las cartas, otras veces eran forzados a trabajar limpiando todo el acuartelamiento.




En este punto es necesario decir que las fechas no están claras. Si bien es cierto que el inicio del relato se sitúa claramente en Julio de 1936, coincidiendo con el inicio de la Guerra Civil, conforme avanza la acción las fechas comienzan a ser difusas en muchos momentos, y hay grandes “lagunas” temporales, perfectamente entendibles por otra parte, teniendo en cuenta que todo lo narró de viva voz mi abuelo Antonio a través de diversas historias cortas en la primavera de 2010, cuando ya contaba con 90 años, haciendo uso de una admirable memoria y demostrando una precisión de detalles excepcional en numerosos puntos, tal como demuestran estos relatos.


Según lo relatado por mi abuelo, sus dos compañeros, Juan y Galindo, y él permanecieron encarcelados en el acuartelamiento de Almería entorno a uno o dos meses, aunque pudo ser bastante más tiempo en realidad. 


Por la información que se ha podido consultar se sabe que la 48ª brigada del ejército republicano — brigada que señala mi abuelo a la que fueron destinados tras salir del acuartelamiento de Almería —  no fue enviada hacia el frente de Levante hasta Junio de 1937. De acuerdo con ello la estancia en el acuartelamiento de Almería bien podría haberse alargado entorno a seis meses, en lugar de uno o dos meses como señalaba mi abuelo en sus recuerdos.


Tampoco está muy claro cuánto tiempo permanecieron en el frente de la Sierra de Espadán tras el cautiverio en Almería, aunque de la información disponible podría deducirse que fue una larga estancia, que bien pudo alargarse igualmente durante muchos meses.


Hay grandes lagunas en el relato de mi abuelo entre principios de 1937 y comienzos de 1939, lo que obliga a hacer aquí un gran salto temporal.





Centro de Recuperación de la ETAPA, Almería

Entorno a Junio de 1937.



Una mañana Antonio y sus dos compañeros fueron llamados repentinamente por los guardias del acuartelamiento. Les sacaron finalmente de allí tras varios meses recluidos, y los presentaron a una pequeña tropa que esperaba a la entrada del acuartelamiento. Un sargento y tres soldados, que con escuetas palabras les ordenaron que los siguieran. Fueron conducidos a la estación de ferrocarril, y allí tomaron un tren que tras un largo y lento viaje los devolvió nuevamente al ya conocido frente de Segorbe, en la Sierra de Espadán; donde la 48º Brigada del ejército republicano se estaba reorganizando.


Allí permanecieron varios meses, siempre ojo avizor, guarnecidos en trincheras unas veces, protegidos en algún fortín otras, siempre temiendo lo peor. De cuando en cuando se producían algunas escaramuzas y pequeños enfrentamientos, pero la mayor parte de las veces eran sofocados en poco tiempo.





Aquí hay que hacer mención de nuevo a una gran laguna temporal en los recuerdos de mi abuelo, puesto que la continuación de los relatos salta de repente a inicios de 1939.



Frente de Levante, Sierra de Espadán (Castellón).

Hacia inicios de 1939.


Restos de una fortificación militar del bando nacional en el frente de la Sierra de Espadán (Castellón).
Restos de una fortificación militar del bando nacional en el frente de la Sierra de Espadán (Castellón).


Ya era enero del 39, y aunque Antonio y sus compañeros de brigada aún lo desconocían, la guerra daba ya sus últimos coletazos, con el bando republicano cada vez más acorralado y debilitado. En poco más de dos meses sería invadido Madrid, y la guerra se acercaría irremediablemente a su final.

 

Una noche hubo más movimiento del habitual, y pronto se vieron inmersos en una encarnizada batalla. Las balas silbaban por todas partes, ráfagas de ametralladora barrían el lugar, se sucedían las explosiones y los gritos, el aire se llenaba de humo y olor a muerte. Antonio y sus compañeros con gran desesperación se vieron en las últimas, y esta vez no había escapatoria posible, ¡perecerían allí!

 

Antonio pensó una vez más en su hogar, en su madre, en sus hermanos, y en la lejana tranquilidad del cortijo, tan irreal en aquellos momentos en mitad de aquel país resquebrajado por la guerra.

 

Muchos cayeron aquella fatídica noche, pobres infortunados que ya no regresarían con sus familias, vidas truncadas que se iban sin poder despedirse de los suyos.

 

Llenos de terror, Antonio y los que le acompañaban miraban impotentes el macabro escenario.

 

Por fin cesaron los tiros. Poco a poco la tormenta bélica dio paso a una triste noche silenciosa, fría y macabra. Algunos dudaban de si realmente seguían vivos o estaban ya muertos, pues aquello parecía el mismo infierno.

 

Antonio y los demás comprobaron consternados que su compañero Galindo no estaba. Preguntaron a unos y a otros sin éxito, buscaron desesperados en todos los refugios y parapetos, en las trincheras y recodos de la montaña, miraron con estupor entre los caídos, temiendo lo peor a cada instante. Pero por fortuna su amigo no estaba entre las bajas. Aún podía estar vivo. Deseaban poder volver a verlo y esperaban que hubiera podido ir a parar a algún lugar resguardado.

 

Durante los siguientes dos meses permanecieron allí, en el mismo frente, apostados en búnkeres y trincheras, encadenando interminables y tediosas guardias, rumiando la detestable comida enlatada, y matando el tiempo unas veces fumando y otras liando cigarrillos con tabaco de liar. No volvió a haber ningún incidente de importancia tras aquella violenta batalla en la que perdieron la pista de su amigo Galindo. Los días se sucedieron largos y lentos en aquellas trincheras, y no veían el final de aquella agonía.

 

 

 

 

Una bendita noche del mes de marzo, sería ya el día 28, ya de madrugada, a eso de las 4, un comisario fue dando la orden de alto el fuego a todos los soldados. Nadie debía disparar un solo tiro hasta nueva orden. Ningún motivo se les dio de esto, pero intuían que aquello podía presagiar buenas noticias, al menos para ellos. Y así fue como, ya de mañana, se confirmó definitivamente que la dura guerra había terminado, al menos en aquel frente, ya que el fin oficial de la guerra en todo el país no se produjo hasta cuatro días después, el 1 de Abril de 1939, tras sofocar las últimas resistencias del bando republicano en el Puerto de Alicante.

 

Uno de los oficiales fue anunciando a los soldados la buena nueva: ¡la guerra había terminado!, nada les ataba ya al ejército, cada uno podía tomar el camino que quisiera, ¡eran libres! A lo lejos, en lo más alto del pico de “La Ballesta”, que dominaba el lugar, el bando nacional mostraba esperanzadoras banderas blancas. Pronto fueron varias las insignias de paz que ondearon en varios puntos de la sierra. Mostraban el fin de la guerra, pero también la victoria del bando fascista. Eran innumerables los gritos y vítores a Franco, el General líder de la victoria. Contrastaba aquella algarabía con el resignado silencio del bando republicano, que cabizbajos unos, taciturnos y serios otros, iban abandonando lentamente el lugar, pesarosos y cavilando con mucha incertidumbre qué sería de ellos a partir de entonces… Habían cesado los enfrentamientos, en aquel y en otros muchos frentes del país, pero la guerra aún tenía horrores reservados para muchos…

 


© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.


 

 

Imagen del frente de la Sierra de Espadán. Autor: Villelite, flickr.com.

FUENTE:   https://www.flickr.com/

https://www.flickr.com/photos/villelite/5495601980/in/photostream/

 


 Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3


Capítulo 4


Capítulo 5


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo





domingo, 7 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 5. El traidor

 

 

Capítulo 5.    El traidor

 

 

Atrás quedaban los días de soldado forzoso, los tiroteos, las trincheras, las escaramuzas nocturnas, las guardias interminables, el racionamiento de comida enlatada, el olor a pólvora y a muerte, los largos y penosos viajes en tren o en camión y las largas travesías recorridas a pie tras su evasión. Al fin estaba en casa. En mitad de aquella guerra sin sentido había logrado huir a aquella pequeña isla de tranquilidad que seguía siendo el cortijo en aquellos días oscuros. A partir de entonces debería permanecer bien escondido, para evitar que cualquiera le descubriera y le denunciara a la guardia de la “ETAPA”, como llamaban en aquellos días al cuerpo encargado de ir casa por casa en busca de todo hombre capaz para incorporarlo a las necesitadas filas republicanas. Pero estaba con su familia, en casa, y aguantaría lo que hiciera falta con tal de evitar volver al infierno vivido en los frentes. Él y su familia se cuidaron mucho de mantenerlo en secreto y de que nadie se enterara de que se encontraba allí. Todas las mañanas, bien temprano, aún con la oscuridad de la madrugada, salía a escondidas del cortijo y se perdía por los agrestes parajes de la sierra durante todo el día, lejos de miradas ajenas, hasta que caía el anochecer, cuando regresaba sin ser visto para dormir en casa.

Vista de la Sierra de Baza
Vista de la Sierra de Baza.


 

Se reunía cada día con otros dos jóvenes compañeros evadidos que, al igual que él, habían desertado de las filas republicanas, y que vivían en el cercano cortijo de La Canaleja. Escondidos por la sierra pasaban el día ociosos, pero siempre alerta, tratando en todo momento de no ser vistos por nadie, y esperando que aquella terrible guerra terminara algún día. En las largas horas que pasaban juntos solían aprovechar para contarse unos a otros sus experiencias vividas, sus temores y sus planes para cuando todo aquello pasara. Sin embargo, el día menos pensado podían descubrirlos, y tenían que estar preparados.

 

Por desgracia Antonio no consiguió pasar totalmente desapercibido en aquellos días, a pesar de todas las precauciones que él y su familia se habían tomado. No había transcurrido ni un mes siquiera desde su inesperado regreso al cortijo, cuando un astuto y malvado guarda de El Raposo, de alguna manera acabó enterándose de que allí se escondía un evadido. Tal vez alguien lo había visto en algún momento cuando se marchaba por las mañanas temprano, o bien a su regreso por las noches, y había dado el chivatazo a aquel guarda. De una forma o de otra, la información había llegado a oídos de aquel malvado, y este resolvió ir directamente en busca de Antonio a la casa de su familia en el cortijo. Como cada día, Antonio había salido por la  mañana temprano a la sierra, para no ser visto, así que el guarda, al llegar a la casa sólo encontró a la señora Margarita. El guarda le advirtió severamente que sabía que allí se escondía un soldado evadido, y amenazó con denunciarle inmediatamente a la guardia de la ETAPA si no se presentaba él mismo de forma voluntaria en la comandancia. La señora Margarita, llena de temor, le mintió diciéndole que su hijo había ido a un cortijo cercano, a casa de unos familiares.

 

El obstinado guarda, viendo que sus intentos no tenían éxito, e intuyendo que la mujer lo engañaba, supuso que en algún momento del día o de la noche Antonio debía regresar al cortijo al menos para recoger alimentos, así que decidió esperar allí pacientemente y al acecho hasta dar con él cuando regresara al cortijo. El guarda permaneció muchas horas allí apostado, a la entrada del cortijo, hasta que, habiendo ya anochecido, vio que alguien se acercaba en mitad de la noche. El guarda sonrió siniestramente en la oscuridad al ver aparecer al joven Antonio entre las sombras. De repente gritó:

 

— ¡Alto! ¿Quién va? — vociferó con voz autoritaria.

  

Antonio al oírlo quedó paralizado y se estremeció de puro miedo ante la inesperada voz seca de aquel guarda en mitad de la noche. No fue capaz siquiera de articular una sola palabra, invadido como estaba por el terror.

  

— ¡Ya no te me escapas! ¡Desertor! — gritó con desprecio el malvado con una grotesca mueca de regocijo en su rostro. — A ti y a tus amigos de La Canaleja se os acabó el chollo. Mañana mismo acudiré a denunciaros a los tres, y que vengan los de la ETAPA a arrestaros. — le dijo amenazante el guarda. Los ojos del guarda centelleaban mirando con enorme desprecio a Antonio. Éste le sostuvo la mirada muy serio.

   

Antonio sabía que si los detenía la guardia de la ETAPA irían a la cárcel, así que resolvió marchar voluntariamente a la comandancia.

  

— No hará falta, — respondió por fin Antonio resueltamente, muy serio y con gran resignación, — iremos voluntariamente a la comandancia.

  

— Estaré aquí para verlo — dijo por toda respuesta el guarda, riendo triunfalmente por lo bajo. Y sin más, se volvió y se alejó de allí.

  

Tras el funesto encontronazo con aquel desagradable individuo quedó Antonio desarmado, abatido, completamente derrotado. Había temido mucho que ese día llegara. Tantos esfuerzos de él y su familia para esconderse al final no habían servido para mucho. Ahora ya no había escapatoria posible. Los habían descubierto.

  

Sus compañeros de La Canaleja debían saber lo antes posible lo que acababa de ocurrir, sino serían arrestados y llevados a prisión. Así que Antonio no tardó en acudir rápidamente al cortijo de La Canaleja y alertarles de la situación.

  

Tanto Antonio como sus compañeros resolvieron marchar voluntariamente al día siguiente hacia la comandancia de Almería. Debían abandonar el que hasta entonces había sido su refugio en el cortijo y volver a la dura realidad, la guerra no había terminado.

  

Así marcharon los tres a la mañana siguiente, camino de la estación de Guadix, derrotados, tristes y abatidos. Sus nombres eran Juan, Galindo y Antonio. Tres jóvenes de humildes familias de campesinos, que debían regresar al infierno de la guerra para evitar ser enviados a la cárcel.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Sierra de Baza. Autor: José Hernández L. 

FUENTE:   https://www.flickr.com/

https://www.flickr.com/photos/josehl/15716420113


Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3


Capítulo 4


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo




viernes, 29 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 4. La huída

 

 

Capítulo 4.    La huida

 

 

Hacía ya tiempo que los últimos camiones de la brigada se habían perdido a lo lejos. Era noche cerrada cuando Antonio, con los miembros completamente entumecidos tras la larga espera tendido en el suelo, se atrevió a abandonar por fin su escondite. Tras el fragor de la batalla se encontraba muy desorientado y en tierra desconocida, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni hacia dónde dirigirse. Tan sólo sabía que en teoría estaba en las inmediaciones de Cabeza del Buey. En su mente sólo tenía una idea: volver a casa. Volver a abrazar a su madre y hermanos, a sus tíos y parientes. Volver a aquella vida sencilla y rutinaria, a la tranquilidad del cortijo de El Raposo, no importaba lo lejos que pudiera estar, caminaría a la desesperada, alejándose de aquella terrible y absurda guerra sangrienta. Muchos habían caído, y sabía que si se quedaba, él sería el siguiente. Aquella guerra desde luego no iba con él. Como tantos otros simplemente se había visto arrastrado por las circunstancias.

 

 

En la oscuridad de la noche, se guió más bien por intuición, y así estuvo caminando desorientado por aquellas soledades alrededor de tres horas. Estaba extenuado, tras dos noches en las que apenas había dormido. Llegó a lo alto de una loma, y decidió hacer un alto en el camino, ya no podía más. Cenó con lo que había en la lata de carne en conserva que con tan buen tino había guardado aquella misma mañana, y allí mismo se echó a dormir rendido por el cansancio.

 

Cuando amaneció, Antonio reemprendió su camino, guiándose tan solo por el sol, atravesando aquellas sierras y paisajes desconocidos. Sería  entorno a mediodía, cuando encontró una casa en mitad del campo, en la que había un rebaño de ovejas. Automáticamente pensó en acercarse a pedir algo de comer. Se asomaron temerosos una mujer y dos chiquillos a la puerta de la casa, que al verlo de lejos, salieron corriendo a su encuentro, gritando y llamando a su padre. Sin duda, lo habían confundido con otro hombre, el padre de aquellos chiquillos también debía haber marchado a la guerra, y esperaban su regreso.

 

Los zagales pronto comprendieron tristes y desilusionados que aquel que se acercaba tan sólo era un desconocido. Antonio se acercó hasta la mujer, y le pidió humildemente que le diera algo de comer. La humilde pastora, accedió amablemente a darle de lo único que tenían: un trozo de queso. Antonio tuvo que contentarse con aquello, y tras agradecer sinceramente el buen gesto a aquella mujer y haber descansado un poco, reemprendió su incierta caminata.

 

Transcurridas unas cuantas horas de lento camino, topó con unos segadores, que trabajaban en mitad de un campo de cereal. A todas luces se notaba que aquellos hombres eran ya bastante mayores, tendrían todos más de 60 años. Eso seguramente les había librado de tener que ir también al frente. Antonio sabía que para llegar hasta Granada, debía de cruzar el cercano río Guadalquivir, y llegar a la localidad jienense de Andújar, donde había una estación de ferrocarril donde quizá poder tomar algún tren para tratar de regresar de alguna forma a Guadix. Pero no sabía por dónde podría cruzar el río, así que preguntó a aquellos hombres. Éstos le preguntaron de dónde venía, a lo que Antonio, valientemente, o quizá temerariamente dadas las circunstancias, decidió contarles la verdad: que había desertado de las filas del ejército republicano e intentaba volver a casa. Los hombres le dijeron que cerca de allí había un puente por el que cruzar el río, pero que estaba vigilado, y seguro que lo apresarían si trataba de cruzar por allí, así que le recomendaron otro lugar por donde intentar atravesar el río sin ser visto: un remanso donde las aguas no eran tan profundas y quizá consiguiera llegar a la otra orilla sin que lo descubrieran. Antonio agradeció las precisas indicaciones de aquellos  honrados segadores y respiró aliviado de que hubieran optado por ayudarle en lugar de denunciarle. Se despidió agradecido de aquellos hombres y continuó por donde le habían explicado, preguntándose cómo haría para cruzar el río si no sabía siquiera nadar…

 

 

Por suerte consiguió llegar al lugar indicado sin encontrarse con nadie más. A pesar de que era verano y el río no llevaba mucha agua, era lo bastante grande como para no ser fácil de atravesar. Antonio intentó quitarse todo el peso posible, se echó a la cabeza la casaca, el fusil y todo lo que pudo, intentando salvarlos del agua. Temeroso, comenzó a adentrarse lentamente en las aguas del Guadalquivir. Muerto de miedo, notaba cómo a cada paso que daba se iba haciendo más y más profundo y los pies se le hundían pesadamente en el inestable fango del fondo. Pronto le llegó el agua al cuello, y sin haber nadado ni una sola vez en su vida, más bien por instinto, consiguió valientemente dar algunas torpes brazadas, que por un gran golpe de suerte bastaron para alcanzar a donde de nuevo tocaba el fondo con los pies. Sintió haber estado a un paso de la muerte, lo mismo que en mitad de la batalla. Era casi un milagro que no se hubiera hundido y hubiera muerto ahogado allí mismo. Llegó a la otra orilla y cayó al suelo completamente extenuado por el enorme esfuerzo realizado, con los miembros rígidos por el miedo y con el corazón desbocado que le retumbaba violentamente en el pecho… Pasaron unos largos minutos hasta que entre respiraciones entrecortadas consiguió recuperar un poco el aliento.


¡Lo había conseguido!, milagrosamente estaba en la otra orilla del río, había conseguido evitar así el control militar del puente. Pero todavía debía seguir caminando otro largo tramo hasta llegar a Andújar.


Pasó casi otro día entero caminando lentamente, hasta que pudo llegar a unos cortijos, ya cercanos a Andújar. Allí encontró una mujer que estaba cocinando arroz, y, una vez más, se atrevió a pedirle un poco. La mujer generosamente le dio un plato, y le contó que no era el primer soldado evadido que pasaba por allí. Otros muchos al igual que él habían huido del frente. Era mediodía, y tras haber comido y recuperado las fuerzas, esperó a que anocheciera, para aprovechar la oscuridad y poder así pasar desapercibido entre los trenes de la estación. Su idea era colarse en algún tren de mercancías, evitando ser descubierto, para tratar de llegar hasta Guadix.

 

Ya casi anocheciendo, llegó a la estación de Andújar, y se atrevió a preguntar a un ferroviario de la estación si alguno de los trenes que allí había iba por casualidad hacia Guadix. El ferroviario enseguida comprendió que era un soldado evadido, pero afortunadamente optó por no delatarle. Le dijo que el tren que se encontraba allí estacionado iba hacia el norte, con destino Barcelona, y que si quería ir a Guadix, debía ir a otra estación. A la estación de un pueblo llamado Begíjar, a unos 58 kilómetros hacia el este, de allí salía a las 6 de la mañana un tren de mercancías hacia Almería, que tenía parada en Guadix. Antonio le pidió entonces indicaciones de cómo llegar desde allí a aquella estación, y el ferroviario amablemente trató de explicárselo.

 

Una vez más muy agradecido Antonio se despidió de aquel buen hombre y continuó su azaroso camino, ansiando llegar pronto a casa. Caminó toda la noche, siguiendo caminos y vías de tren, guiado por las explicaciones que le había dado aquel ferroviario. Debía llegar a tiempo para no perder el tren de mercancías del que le había hablado.


Estación de Begíjar (Jaén).


Todavía era noche cerrada cuando Antonio llegó a la citada estación de Bejíjar, aunque ya se intuía en el horizonte un tenue resplandor, anunciando próximo el amanecer. Sin embargo, ante su desconcierto, la vía se encontraba vacía, no había ningún tren. Consternado por la ausencia Antonio se armó de valor una vez más y se acercó a preguntar a otro ferroviario. Para gran satisfacción de Antonio, aquel ferroviario le anunció que el tren que buscaba llegaría a la estación en apenas media hora, porque venía con retraso. Se trataba de un tren de mercancías que transportaba uva, provenía de la estación de Linares-Baeza, y su destino era Almería. Por fortuna aquel ferroviario también optó por ayudarle, y le explicó cómo lograría colarse en una de las bateas de aquel tren sin ser visto. No sería una tarea especialmente difícil, ya que la única vigilancia del convoy la hacían unos guardafrenos, y el ferroviario le explicó cómo podía colarse sin que lo vieran.

 

Agazapado en la oscuridad, Antonio aguardó pacientemente la llegada del tren. Ya fuera por el retraso en la llegada del convoy o bien porque no tenía ningún reloj a mano, aquella espera se le hizo interminable, y Antonio temía a cada momento que alguien con no tan buenas intenciones como aquel par de ferroviarios que lo habían ayudado lo descubriera y denunciara a las autoridades.


Con las primeras luces del alba se oyó a lo lejos el inconfundible sonido de un tren de vapor acercándose pesadamente por las vías. Antonio suspiró hondamente aliviado y esperó un largo rato, hasta que el convoy quedó completamente detenido. Poco después distinguió a lo lejos un par de hombres ataviados con un sucio mono de trabajo y sendas gorras de trabajo. Inspeccionaban el convoy y las ruedas. No cabía duda, debían ser los guardafrenos de los que le habían hablado. Antonio esperó un rato más en completo silencio. En un momento dado los hombres se alejaron hacia el edificio de la estación. Antonio decidió esperar donde estaba aún unos instantes más. Finalmente se armó de valor, y tras mirar varias veces a uno y otro lado, salió de su escondite. Caminó todo lo rápido que pudo, dando rápidas zancadas y avanzando agazapado entre las sombras. Comenzó a probar a abrir alguna de las puertas de las bateas, pero no era nada sencillo, estaban bien protegidas por pesados cerrojos. Antonio empezaba a desesperarse. Llevaría ya unas tres bateas en las que tras esforzados intentos no había logrado mover ni un poco las pesadas puertas. La desesperación lo embargaba. Probó con una cuarta puerta, y milagrosamente en esta ocasión la puerta sí cedió un poco. Lleno de esperanza Antonio empujó aún con más fuerza, y poco a poco logró arrastrar la puerta lo suficiente para dejar un hueco por el que colarse dentro. Aún tuvo que tirar con toda la fuerza que pudo unos instantes más, para volver a cerrar la puerta. Dentro la oscuridad fue casi total. Apenas se colaban tímidos rayos de las primeras horas de aquel amanecer por las rendijas de los toscos tablones de madera que formaban las paredes de aquella batea de carga. Tal como le habían contado allí dentro había un buen montón de cajas con montones de racimos de uva. Completamente extenuado tras la larga travesía a pie no vio el momento de echarse a la boca algunas de aquellas uvas. Tras unos instantes, saciado con la fruta no tardó en echarse a dormir en un rincón.

 

Así consiguió montar de polizón en una de las bateas de aquel tren. El viaje sería largo y lento, pero al menos no tendría que caminar. Pronto el tren se puso en marcha, y entre incesantes traqueteos pasó entero aquel día, escondido en aquella batea. No fue hasta el día siguiente, cuando el tren, en su lenta marcha, alcanzó por fin la ansiada estación de Guadix. A Antonio no le costó reconocer aquel lugar, tantas veces visitado por él y su familia cuando iban a comprar al mercado, y se bajó por fin aliviado, ya casi estaba en casa. Ya no se encontraba desorientado como al principio de la travesía, ahora caminaba por tierras conocidas. En un último esfuerzo caminó por los pedregosos caminos hacia Charches, y luego se adentró en la Sierra de Baza, hasta llegar felizmente al cortijo de El Raposo.

 

¡Lo había conseguido, estaba en casa! Cuando llegó al cortijo ni siquiera tuvo fuerzas para decir nada a nadie, tal cual llegó, se sentó allí a la puerta, a descansar de la dura travesía, sin decir nada a nadie. Por casualidad su tío Facundo, salió poco después, a tirar la ceniza del hogar, y le dio los buenos días, confundiéndolo con un extraño. Sin embargo al poco se volvió y se le quedó mirando. Fue entonces cuando Antonio le dijo irónicamente:

 

— ¿Pues no me reconoce usted?

 

Su tío Facundo cayó entonces en la cuenta. ¡Aquel joven de aspecto sucio, cubierto de polvo y desaliñado no era otro que su sobrino Antonio, el que marchó al frente! Tal era el dantesco aspecto que llevaba tras tantos días de camino y batallas, que estaba totalmente irreconocible. Su tío se tiró de inmediato a abrazarle, y pronto anunciaron a su madre que estaba allí.

 

Cuando su madre le vio, le abrazó y ambos lloraron llenos de emoción. La guerra le había devuelto un hijo.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Estación de Begíjar. FUENTE: Facebook. 

https://www.facebook.com/BarriadaEstacionDeBegijar/photos/a.1601681430054206/1601681216720894



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Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3



Capítulo 5


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo