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viernes, 29 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 4. La huída

 

 

Capítulo 4.    La huida

 

 

Hacía ya tiempo que los últimos camiones de la brigada se habían perdido a lo lejos. Era noche cerrada cuando Antonio, con los miembros completamente entumecidos tras la larga espera tendido en el suelo, se atrevió a abandonar por fin su escondite. Tras el fragor de la batalla se encontraba muy desorientado y en tierra desconocida, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni hacia dónde dirigirse. Tan sólo sabía que en teoría estaba en las inmediaciones de Cabeza del Buey. En su mente sólo tenía una idea: volver a casa. Volver a abrazar a su madre y hermanos, a sus tíos y parientes. Volver a aquella vida sencilla y rutinaria, a la tranquilidad del cortijo de El Raposo, no importaba lo lejos que pudiera estar, caminaría a la desesperada, alejándose de aquella terrible y absurda guerra sangrienta. Muchos habían caído, y sabía que si se quedaba, él sería el siguiente. Aquella guerra desde luego no iba con él. Como tantos otros simplemente se había visto arrastrado por las circunstancias.

 

 

En la oscuridad de la noche, se guió más bien por intuición, y así estuvo caminando desorientado por aquellas soledades alrededor de tres horas. Estaba extenuado, tras dos noches en las que apenas había dormido. Llegó a lo alto de una loma, y decidió hacer un alto en el camino, ya no podía más. Cenó con lo que había en la lata de carne en conserva que con tan buen tino había guardado aquella misma mañana, y allí mismo se echó a dormir rendido por el cansancio.

 

Cuando amaneció, Antonio reemprendió su camino, guiándose tan solo por el sol, atravesando aquellas sierras y paisajes desconocidos. Sería  entorno a mediodía, cuando encontró una casa en mitad del campo, en la que había un rebaño de ovejas. Automáticamente pensó en acercarse a pedir algo de comer. Se asomaron temerosos una mujer y dos chiquillos a la puerta de la casa, que al verlo de lejos, salieron corriendo a su encuentro, gritando y llamando a su padre. Sin duda, lo habían confundido con otro hombre, el padre de aquellos chiquillos también debía haber marchado a la guerra, y esperaban su regreso.

 

Los zagales pronto comprendieron tristes y desilusionados que aquel que se acercaba tan sólo era un desconocido. Antonio se acercó hasta la mujer, y le pidió humildemente que le diera algo de comer. La humilde pastora, accedió amablemente a darle de lo único que tenían: un trozo de queso. Antonio tuvo que contentarse con aquello, y tras agradecer sinceramente el buen gesto a aquella mujer y haber descansado un poco, reemprendió su incierta caminata.

 

Transcurridas unas cuantas horas de lento camino, topó con unos segadores, que trabajaban en mitad de un campo de cereal. A todas luces se notaba que aquellos hombres eran ya bastante mayores, tendrían todos más de 60 años. Eso seguramente les había librado de tener que ir también al frente. Antonio sabía que para llegar hasta Granada, debía de cruzar el cercano río Guadalquivir, y llegar a la localidad jienense de Andújar, donde había una estación de ferrocarril donde quizá poder tomar algún tren para tratar de regresar de alguna forma a Guadix. Pero no sabía por dónde podría cruzar el río, así que preguntó a aquellos hombres. Éstos le preguntaron de dónde venía, a lo que Antonio, valientemente, o quizá temerariamente dadas las circunstancias, decidió contarles la verdad: que había desertado de las filas del ejército republicano e intentaba volver a casa. Los hombres le dijeron que cerca de allí había un puente por el que cruzar el río, pero que estaba vigilado, y seguro que lo apresarían si trataba de cruzar por allí, así que le recomendaron otro lugar por donde intentar atravesar el río sin ser visto: un remanso donde las aguas no eran tan profundas y quizá consiguiera llegar a la otra orilla sin que lo descubrieran. Antonio agradeció las precisas indicaciones de aquellos  honrados segadores y respiró aliviado de que hubieran optado por ayudarle en lugar de denunciarle. Se despidió agradecido de aquellos hombres y continuó por donde le habían explicado, preguntándose cómo haría para cruzar el río si no sabía siquiera nadar…

 

 

Por suerte consiguió llegar al lugar indicado sin encontrarse con nadie más. A pesar de que era verano y el río no llevaba mucha agua, era lo bastante grande como para no ser fácil de atravesar. Antonio intentó quitarse todo el peso posible, se echó a la cabeza la casaca, el fusil y todo lo que pudo, intentando salvarlos del agua. Temeroso, comenzó a adentrarse lentamente en las aguas del Guadalquivir. Muerto de miedo, notaba cómo a cada paso que daba se iba haciendo más y más profundo y los pies se le hundían pesadamente en el inestable fango del fondo. Pronto le llegó el agua al cuello, y sin haber nadado ni una sola vez en su vida, más bien por instinto, consiguió valientemente dar algunas torpes brazadas, que por un gran golpe de suerte bastaron para alcanzar a donde de nuevo tocaba el fondo con los pies. Sintió haber estado a un paso de la muerte, lo mismo que en mitad de la batalla. Era casi un milagro que no se hubiera hundido y hubiera muerto ahogado allí mismo. Llegó a la otra orilla y cayó al suelo completamente extenuado por el enorme esfuerzo realizado, con los miembros rígidos por el miedo y con el corazón desbocado que le retumbaba violentamente en el pecho… Pasaron unos largos minutos hasta que entre respiraciones entrecortadas consiguió recuperar un poco el aliento.


¡Lo había conseguido!, milagrosamente estaba en la otra orilla del río, había conseguido evitar así el control militar del puente. Pero todavía debía seguir caminando otro largo tramo hasta llegar a Andújar.


Pasó casi otro día entero caminando lentamente, hasta que pudo llegar a unos cortijos, ya cercanos a Andújar. Allí encontró una mujer que estaba cocinando arroz, y, una vez más, se atrevió a pedirle un poco. La mujer generosamente le dio un plato, y le contó que no era el primer soldado evadido que pasaba por allí. Otros muchos al igual que él habían huido del frente. Era mediodía, y tras haber comido y recuperado las fuerzas, esperó a que anocheciera, para aprovechar la oscuridad y poder así pasar desapercibido entre los trenes de la estación. Su idea era colarse en algún tren de mercancías, evitando ser descubierto, para tratar de llegar hasta Guadix.

 

Ya casi anocheciendo, llegó a la estación de Andújar, y se atrevió a preguntar a un ferroviario de la estación si alguno de los trenes que allí había iba por casualidad hacia Guadix. El ferroviario enseguida comprendió que era un soldado evadido, pero afortunadamente optó por no delatarle. Le dijo que el tren que se encontraba allí estacionado iba hacia el norte, con destino Barcelona, y que si quería ir a Guadix, debía ir a otra estación. A la estación de un pueblo llamado Begíjar, a unos 58 kilómetros hacia el este, de allí salía a las 6 de la mañana un tren de mercancías hacia Almería, que tenía parada en Guadix. Antonio le pidió entonces indicaciones de cómo llegar desde allí a aquella estación, y el ferroviario amablemente trató de explicárselo.

 

Una vez más muy agradecido Antonio se despidió de aquel buen hombre y continuó su azaroso camino, ansiando llegar pronto a casa. Caminó toda la noche, siguiendo caminos y vías de tren, guiado por las explicaciones que le había dado aquel ferroviario. Debía llegar a tiempo para no perder el tren de mercancías del que le había hablado.


Estación de Begíjar (Jaén).


Todavía era noche cerrada cuando Antonio llegó a la citada estación de Bejíjar, aunque ya se intuía en el horizonte un tenue resplandor, anunciando próximo el amanecer. Sin embargo, ante su desconcierto, la vía se encontraba vacía, no había ningún tren. Consternado por la ausencia Antonio se armó de valor una vez más y se acercó a preguntar a otro ferroviario. Para gran satisfacción de Antonio, aquel ferroviario le anunció que el tren que buscaba llegaría a la estación en apenas media hora, porque venía con retraso. Se trataba de un tren de mercancías que transportaba uva, provenía de la estación de Linares-Baeza, y su destino era Almería. Por fortuna aquel ferroviario también optó por ayudarle, y le explicó cómo lograría colarse en una de las bateas de aquel tren sin ser visto. No sería una tarea especialmente difícil, ya que la única vigilancia del convoy la hacían unos guardafrenos, y el ferroviario le explicó cómo podía colarse sin que lo vieran.

 

Agazapado en la oscuridad, Antonio aguardó pacientemente la llegada del tren. Ya fuera por el retraso en la llegada del convoy o bien porque no tenía ningún reloj a mano, aquella espera se le hizo interminable, y Antonio temía a cada momento que alguien con no tan buenas intenciones como aquel par de ferroviarios que lo habían ayudado lo descubriera y denunciara a las autoridades.


Con las primeras luces del alba se oyó a lo lejos el inconfundible sonido de un tren de vapor acercándose pesadamente por las vías. Antonio suspiró hondamente aliviado y esperó un largo rato, hasta que el convoy quedó completamente detenido. Poco después distinguió a lo lejos un par de hombres ataviados con un sucio mono de trabajo y sendas gorras de trabajo. Inspeccionaban el convoy y las ruedas. No cabía duda, debían ser los guardafrenos de los que le habían hablado. Antonio esperó un rato más en completo silencio. En un momento dado los hombres se alejaron hacia el edificio de la estación. Antonio decidió esperar donde estaba aún unos instantes más. Finalmente se armó de valor, y tras mirar varias veces a uno y otro lado, salió de su escondite. Caminó todo lo rápido que pudo, dando rápidas zancadas y avanzando agazapado entre las sombras. Comenzó a probar a abrir alguna de las puertas de las bateas, pero no era nada sencillo, estaban bien protegidas por pesados cerrojos. Antonio empezaba a desesperarse. Llevaría ya unas tres bateas en las que tras esforzados intentos no había logrado mover ni un poco las pesadas puertas. La desesperación lo embargaba. Probó con una cuarta puerta, y milagrosamente en esta ocasión la puerta sí cedió un poco. Lleno de esperanza Antonio empujó aún con más fuerza, y poco a poco logró arrastrar la puerta lo suficiente para dejar un hueco por el que colarse dentro. Aún tuvo que tirar con toda la fuerza que pudo unos instantes más, para volver a cerrar la puerta. Dentro la oscuridad fue casi total. Apenas se colaban tímidos rayos de las primeras horas de aquel amanecer por las rendijas de los toscos tablones de madera que formaban las paredes de aquella batea de carga. Tal como le habían contado allí dentro había un buen montón de cajas con montones de racimos de uva. Completamente extenuado tras la larga travesía a pie no vio el momento de echarse a la boca algunas de aquellas uvas. Tras unos instantes, saciado con la fruta no tardó en echarse a dormir en un rincón.

 

Así consiguió montar de polizón en una de las bateas de aquel tren. El viaje sería largo y lento, pero al menos no tendría que caminar. Pronto el tren se puso en marcha, y entre incesantes traqueteos pasó entero aquel día, escondido en aquella batea. No fue hasta el día siguiente, cuando el tren, en su lenta marcha, alcanzó por fin la ansiada estación de Guadix. A Antonio no le costó reconocer aquel lugar, tantas veces visitado por él y su familia cuando iban a comprar al mercado, y se bajó por fin aliviado, ya casi estaba en casa. Ya no se encontraba desorientado como al principio de la travesía, ahora caminaba por tierras conocidas. En un último esfuerzo caminó por los pedregosos caminos hacia Charches, y luego se adentró en la Sierra de Baza, hasta llegar felizmente al cortijo de El Raposo.

 

¡Lo había conseguido, estaba en casa! Cuando llegó al cortijo ni siquiera tuvo fuerzas para decir nada a nadie, tal cual llegó, se sentó allí a la puerta, a descansar de la dura travesía, sin decir nada a nadie. Por casualidad su tío Facundo, salió poco después, a tirar la ceniza del hogar, y le dio los buenos días, confundiéndolo con un extraño. Sin embargo al poco se volvió y se le quedó mirando. Fue entonces cuando Antonio le dijo irónicamente:

 

— ¿Pues no me reconoce usted?

 

Su tío Facundo cayó entonces en la cuenta. ¡Aquel joven de aspecto sucio, cubierto de polvo y desaliñado no era otro que su sobrino Antonio, el que marchó al frente! Tal era el dantesco aspecto que llevaba tras tantos días de camino y batallas, que estaba totalmente irreconocible. Su tío se tiró de inmediato a abrazarle, y pronto anunciaron a su madre que estaba allí.

 

Cuando su madre le vio, le abrazó y ambos lloraron llenos de emoción. La guerra le había devuelto un hijo.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Estación de Begíjar. FUENTE: Facebook. 

https://www.facebook.com/BarriadaEstacionDeBegijar/photos/a.1601681430054206/1601681216720894



Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3



Capítulo 5


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo



domingo, 24 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 3. Hacia el frente

  

 

Capítulo 3.    Hacia el frente

 

 

Al toque de corneta de la mañana despertó Antonio muy temprano, una mañana de finales de Agosto en un barracón atestado de literas malolientes y hombres sudorosos. La mayoría eran muy jóvenes, demasiado para entrar a formar parte de una contienda militar. El ambiente estaba cargado de temor, incertidumbre y mucha resignación. Pero la alternativa a estar allí era la cárcel, o peor aún, ser fusilado por insurrecto. El agobiante calor veraniego era allí aún más pegajoso y asfixiante, y estaba empapado en sudor. No debían de estar muy lejos del mar.

 

Durante los 15 días que siguieron Antonio y sus compañeros reclutas en el llamado “Centro de Recuperación” de Viator recibieron instrucción militar básica, pero tan básica, improvisada y apresurada era aquella “instrucción” que ni siquiera llegaron a aprender mínimamente a manejar un arma. Se notaba por doquier la desorganización, las prisas y el caos. Muy pronto, demasiado, para lo poco que habían aprendido, se les anunció precipitadamente que habían sido destinados a sumarse a las filas de una brigada destinada en el frente de Segorbe, en Castellón. A la mañana siguiente, pertrechados con macutos, fusiles y cascos los inexpertos reclutas emprendieron la marcha hacia las sierras de Levante.

 

Tras un lento, penoso, traqueteante e interminable viaje en tren de dos largos días arribaron finalmente a la localidad castellonense de Segorbe, y de allí marcharon seguidamente transportados en camiones hacia el frente republicano, situado en aquellos días en las escarpadas estribaciones de la Sierra de Espadán. Durante los siguientes tres días permanecieron atrincherados y alerta en aquellas montañas, agazapados entre sacos terreros y trincheras de hormigón, con los fusiles siempre a mano y atentos a cualquier movimiento. Ya empezaban a odiar la monótona comida enlatada que recibían día sí y día también. Se producían de cuando en cuando algunos tiroteos y escaramuzas aislados, pero solían cesar con la misma rapidez con la que comenzaban la mayor parte de las veces. Sin embargo en la tercera noche tuvo lugar un verdadero enfrentamiento, la que se llamó la batalla de “La Ballesta”. Antonio pudo palpar muy de cerca la barbarie y el horror de la guerra: miles de hombres matándose unos a otros en una vorágine salvaje, absurda y terrible. Afortunadamente aquella noche no fue alcanzado por las balas, y dio gracias por poder respirar un día más.

 

 

Terminado aquel enfrentamiento, a la mañana siguiente, el pelotón recibió entonces nuevas órdenes. Esta vez debían abandonar las trincheras del frente de Segorbe y marchar hacia el oeste, hacia un nuevo frente. Antonio casi se alegró de abandonar aquel lugar desconocido, que sin embargo nunca olvidaría, aunque desconocía por completo qué les sucedería en las siguientes jornadas de aquel infierno.


…



Una larga caravana de unos 50 camiones militares surcaba una serpenteante carretera de montaña, rompiendo el silencio de una apacible tarde de finales del verano. Los camiones transportaban a la brigada al completo. Habían iniciado su travesía esa misma tarde en las cercanías de Segorbe y avanzaban por sucesivas carreteras, carriles y caminos polvorientos hacia el oeste, atravesando la extensa y monótona estepa Manchega bajo el tórrido sol estival. Tras una larga y monótona travesía, en la que por fortuna no sufrieron ningún contratiempo, se detuvieron ya muy avanzada la noche, de madrugada, a descansar en despoblado, en mitad de un paisaje de encinas y amplios campos de cereal. Allí permanecieron inmóviles muchas horas, lo que muchos aprovecharon para descansar, cuando no les tocaba hacer la guardia. No fue hasta el mediodía del día siguiente cuando reemprendieron la marcha. Y al siguiente día, al amanecer, llegaron a su destino. Estaban ahora en tierras extremeñas, en las inmediaciones de una localidad llamada Cabeza del Buey, plaza estratégica situada en la confluencia de tres regiones: Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha. El pueblo había sido tomado por “los nacionales” hacía ya algunas semanas, y la misión de la brigada consistía en atacarles y tratar de recuperar esa importante plaza.

 

Antes de ponerse en movimiento, los soldados recibieron permiso para tomar un breve desayuno. Como de costumbre les habían entregado a cada uno un par de latas de carne en conserva. Antonio, con buen criterio, y en previsión de lo que pudiera acontecer, tomó la decisión de guardar su segunda lata en el macuto, intuyendo que la podría necesitar posteriormente.

 

Muy cerca ya de la localidad asediada dieron la orden de desplegarse y atacar, y comenzó así una dura batalla. Antonio, apenas capaz de sostener su fusil con sus manos inexpertas, y viendo la salvaje violencia del combate temió perecer allí junto a los muchos infortunados que caían. Pronto se escabulló de allí como pudo, aprovechando el fragor y la confusión de la batalla, y vino a encontrar cobijo en una depresión del terreno, donde, bajo el abrigo de una loma, dos grandes encinas que crecían juntas le servirían de improvisado parapeto.

 

Los intensos tiroteos se prolongaron a lo largo de todo aquel funesto día en una batalla interminable. Antonio, aterido de miedo, no se atrevió a salir de su escondrijo en ningún momento, temiendo seriamente por su vida. En mitad de la batalla, notó cerca de él la presencia de los oficiales, e inmediatamente, tendido como estaba en el suelo, aprovechó su posición y decidió hacerse el muerto. Probablemente los oficiales debieron ver su cuerpo allí tendido, pero por suerte lo confundirían con alguno de los caídos, porque no se acercaron a él ni le llamaron.

 

Al anochecer, cuando cesaron las últimas luces del día, volvió por fin la calma a aquel lugar. Cesaron los ruidos y la violencia y Antonio se percató de que su brigada no había conseguido su objetivo, porque se batían en retirada. Sin embargo él no volvió con el resto de los soldados cuando los vio avanzar en retirada. Permaneció donde estaba y esperó en silencio a que se marchasen todos. Había tomado una importante decisión: no quería morir en aquella terrible guerra, iba a desertar.




domingo, 17 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 2. Vientos de guerra

 


Capítulo 2.  Vientos de guerra



Un aciago 18 de julio del año 1936, estaba el joven Antonio, que ya contaba 16 años, junto a otros campesinos del lugar un día más segando en un campo de trigo, un lugar llamado “el Haza Llana”, no muy lejos del cortijo de El Raposo. En mitad de su duro quehacer vieron aparecer de repente y a lo lejos un extraño grupo de unos 14 o 15 hombres acercándose a donde se encontraban. Caminaban con paso decidido y enérgico, y en sus gestos se podía intuir que no traían nada bueno. Llegados a donde ellos estaban, uno de los hombres les interpeló de esta manera:

— ¡Dejen ustedes de trabajar, y acompáñennos al cortijo! — exclamó resueltamente el extraño.

Intimidado y perplejo, el extenuado grupo de segadores dejaron resignados sus tareas y acompañaron a aquellos hombres.

Más tarde, y ya de vuelta en el cortijo, se enteraron que aquel grupo de hombres era en realidad una comisión de obreros exaltados del bando republicano. En España estaba teniendo lugar uno de los momentos más negros de su historia. Acababa de estallar la Guerra Civil.

 

…

 

 

Todos los hombres del cortijo fueron reunidos en un salón. Allí, el que parecía ser el cabecilla del grupo les anunció que debían quedarse todos guarnecidos en el cortijo y no salir a trabajar en los días siguientes. Los opositores de la República se habían sublevado con un golpe militar, lo que había dado lugar al comienzo de una guerra civil. Cualquier día, anunciaron, regresarían al cortijo a convocar a todo hombre capaz, para luchar en el frente republicano. Aseguraba con determinación que “debían luchar”, “que todos los fascistas debían morir” — tal era el odio que sentían por el enemigo, y así pretendían contagiar estos sentimientos a todos los hombres que iban encontrando a su paso por los innumerables cortijos de la región. “No sobraban manos, y necesitaban todo el apoyo en aquella contienda”, insistían.

 

Los humildes labradores escuchaban cariacontecidos y confusos a aquellos extraños hombres, extrañándose de que les hablaran en esos términos. La mayoría de ellos no sabía quiénes o qué eran esos a los que con tanto rencor llamaban “fascistas”. En la apacible y monótona vida del cortijo, apartada del trasiego de pueblos y ciudades, aquellos lejanos temas de la vida pública poco importaban, y muy poco se sabía allí acerca de los acontecimientos recientes o corrientes políticas del momento.

 

Durante los días siguientes fueron apareciendo en más ocasiones aquellos obreros exaltados. Como en la primera ocasión, trataban de aleccionar insistentemente a las gentes del cortijo y les conminaban a permanecer cobijados en el interior de sus casas ante los graves peligros de la guerra recién desatada. Solía hablar el cabecilla de siempre, un tipo que llevaba una pistola colgada al pecho y orgullosos aires de líder.

 

Uno de esos días el grupo de exaltados apareció una vez más en el cortijo, en esta ocasión con una actitud bastante más violenta. Parecía que el objeto de su ira era la pequeña ermita que había en el cortijo, pues derribaron la campana, sacaron todas las figuras de santos que allí encontraron, las amontonaron salvajemente a la puerta y les prendieron fuego. Las gentes del cortijo contemplaban atónitos, llenos de consternación y temor la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los exaltados acabaron su fechoría esparciendo por todo el lugar montones de viejos papeles y hojas rotas, procedentes del interior de la ermita, sin duda parte de viejos archivos y libros eclesiales que allí se guardaban. La encendida cólera y odio de aquellos hombres parecía no detenerse ante nada ni ante nadie.

 

En su tónica habitual el cabecilla del grupo seguía dando sus encendidos discursos a los habitantes del cortijo, como si de auténticas conferencias políticas se tratase, insistiendo una y otra vez con gran ímpetu que “debían matar a todos los fascistas”.

 

En sus habituales incursiones en el cortijo, el grupo de exaltados solía llevarse cabezas de ganado y todo tipo de enseres que pudieran ser de algún valor, asegurando que “eran necesarios para la causa”, y que “en el frente lo necesitaban”. Los campesinos aceptaban resignados el violento expolio, temiendo que pudieran matar a cualquiera de ellos si se negaban a colaborar o se enfrentaban a ellos.

 

 

Pronto les llegaron a anunciar que permanecieran a cubierto y bien protegidos, porque iban a comenzar los ataques aéreos con bombas.

 

Atenazados por el miedo y temiendo por su vida, los campesinos del cortijo huyeron del lugar, y corrieron a refugiarse en los más diversos escondrijos y refugios en la sierra. Marchaban casi con lo puesto, sin tiempo apenas para coger un abrigo, algún chusco de pan o alguna bota de vino. Era una carrera para intentar salvar sus vidas.

 

Al igual que la mayoría de sus vecinos, Antonio y su familia salieron al monte, a refugiarse en un lugar llamado “El Picón de la Cueva”. Allí sabían que había una cueva, donde decidieron refugiarse y pasar la noche.

 

Pronto se cumplieron las amenazas de los grupos armados, y sintieron en la lejanía el grave estruendo de las bombas al estallar como truenos de una terrible tormenta. Varios grupos republicanos venidos de Dólar, Guadix y Baza estaban bombardeando el cortijo, que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina, lo que se presuponía que era el verdadero objeto de su ira contra aquel lugar. Más tarde se marcharon. Oyeron, por los comentarios de algunos habitantes del cortijo, que se dirigían a otro cortijo cercano, llamado “Abenajara”, en busca de los propietarios, con intención de apresarlos. Allí también bombardearon violentamente los edificios y lograron detener a los dueños, a los que llevaron presos a Baza.  

 

Cada cierto tiempo las comisiones republicanas regresaban al cortijo y reclutaban a hombres en edad adecuada para la contienda. Reunían a todos los convocados a formar en los exteriores del cortijo, y marchaban hacia el “Centro de Recuperación” republicano que había en Viator, cerca de Almería. Pronto convocaron también a los jóvenes de la edad de Antonio. Y como al resto, a él también lo condujeron por la fuerza a aquel lugar. Gran pesar supuso para su madre esta noticia, que con el resto de sus hijos, tuvo que despedir con enorme dolor, resignación y sufrimiento al joven “soldado” en que habían convertido a la fuerza a su querido hijo mayor, sin que nada ni nadie le pudiera asegurar si volvería a ver algún día.



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.