Capítulo 8. Camino del sur
Primavera de 1939.
En algún lugar de La Mancha.
Dejando atrás Alcázar de San Juan, Antonio y sus compañeros carboneros, tras su fuga de la Plaza de Toros habían resuelto dirigirse caminando al sur, hacia la estación de Linares-Baeza, porque sabían que allí tenían parada los trenes hacia Almería, ruta que solía tener parada también en Guadix, y con suerte podía ser su oportunidad para tratar de montar en algún tren y continuar hacia el sur. Fueron dos interminables días de largas y lentas caminatas a través de polvorientos caminos atravesando grandes llanuras de trigales y viñedos, La Mancha castellana. Caminaban siempre alerta, tratando de pasar desapercibidos en mitad de aquellas soledades, y huyendo de cualquier posible encuentro con guardias, soldados o indeseables que desearan denunciarles. Paraban a descansar y tomar aliento muchas veces, a la sombra de alguna solitaria encina, cuando las piernas ya no les aguantaban más. Lo peor era la sed que sentían, y que no podían saciar a menos que se toparan con algún arroyo o fuente. A pesar del hambre y la sed intentaban evitar los lugares poblados, por miedo a ser descubiertos. En toda la travesía tan sólo pudieron llevarse a la boca unas escasas uvas que quedaban en uno de los numerosos viñedos que encontraron.
Unos dos días después de haber dejado Alcázar de San Juan arribaron a la Estación de Linares-Baeza. Allí acercáronse a los andenes, y pudieron observar que la entrada a los trenes estaba custodiada bajo un estricto control por parte de los revisores. De esta forma les sería imposible colarse en algún tren. Además, tampoco quedaban ya billetes a la venta en las taquillas de la estación, agotados todos por los innumerables viajeros que copaban los trenes en aquellos días.
Consternados por el nuevo revés, se vieron perdidos y desorientados, sin saber dónde ir o qué hacer. En estas, el joven Antonio se sobrepuso una vez más a la adversidad, y echando mano de su memoria tuvo una idea: Propuso a sus compañeros dirigirse a la cercana estación de Begíjar, a algo más de tres horas a pie de allí. Ya había estado en ella una vez, hacía ya casi tres años, cuando huyó evadido del frente extremeño al comienzo de la guerra, y pensó que valía la pena intentarlo de nuevo. A sus compañeros no les pareció mala la idea.
Así, con las escasas fuerzas que aún pudieran quedarles, dejaron la Estación de Linares-Baeza, y se dirigieron esta vez hacia la estación de Begíjar, que distaba de allí tan sólo unos dieciséis kilómetros. Muy desorientados, sin embargo, tardaron un día entero de penoso andar errático por los desconocidos caminos de la zona hasta dar finalmente con la citada estación. Llegados a la Estación de Begíjar, Antonio optó por emplear la misma táctica que ya le resultara en la anterior ocasión que estuvo allí, cuando andaba evadido. Se acercaron a un ferroviario, que andaba por allí portando un farolillo, pues ya había anochecido. Temerariamente, se atrevieron a preguntarle directamente acerca de la posibilidad de colarse en algún tren. Por fortuna para ellos aquel ferroviario se mostró solidario, y les preguntó a dónde querían dirigirse. Antonio le respondió que tenían intención de llegar a Guadix, a lo que el ferroviario les informó que dentro de una hora u hora y media, debía pasar por allí un tren de mercancías con destino Almería, y que tenía también parada en la estación de Guadix. Enormemente agradecidos con aquel hombre, se despidieron y fueron a esconderse por los alrededores a la espera de la llegada del tren.
Como ya sucediera la vez anterior, Antonio esperaba que no les fuera muy difícil conseguir colarse en alguna de las bateas del tren, pues el convoy no contaba con más personal que el maquinista y unos mozos de frenos.
Así, esperaron escondidos e impacientes la llegada del convoy, que surgió en la lejanía entorno a la hora que les había comentado el ferroviario, con su lenta marcha, iluminando la oscuridad.
Antonio y los carboneros esperaron un tiempo prudencial una
vez que el tren quedó detenido por completo. Y observaron los movimientos del
maquinista y los guardafrenos. Cuando vieron el lugar despejado avanzaron agachados
junto a las bateas, probando a forzar algunas de las puertas. No parecía que
ninguna fuera a ceder fácilmente, a pesar de estar muchas oxidadas y medio
rotas. Finalmente una de ellas, muy estropeada, cedió un poco ante los
insistentes empujones de Antonio y sus compañeros. Empujaron con más fuerza y
la puerta cedió algo más, hasta que lograron tener un hueco suficiente por el
que colarse al interior. Lo había logrado una vez más, ya estaban dentro. Aquel
tren sería, con suerte, su penúltima etapa de aquella larga travesía, habida cuenta
que si lograban llegar a Guadix aún les quedaría una última caminata de entorno
a siete horas a pie hasta alcanzar el Cortijo de El Raposo.
No mucho después el tren se puso de nuevo en marcha y siguió su lento y traqueteante recorrido sin grandes sobresaltos.
Al día siguiente llegaron por fin a la estación de Guadix y se bajaron doloridos y extenuados tras una larga noche de dura travesía en el tren. Ya sólo les quedaba un último esfuerzo supremo: alcanzar el cortijo de El Raposo.
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| Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003. |
No hay palabras para describir la inmensa emoción y alegría que los embargó cuando su madre y hermanos supieron que Antonio estaba vivo y había regresado sano y salvo. Todos se fundieron en un gran abrazo, llenos de lágrimas, con la enorme alegría de saber que el joven Antonio había sobrevivido milagrosamente a aquella terrible guerra.

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