lunes, 26 de diciembre de 2011

En la boca del lobo

Mi existencia indiferente a la adversidad, mi convicción de no dejarme llevar por caminos inútiles y escabrosos, no puede ser suficiente cuando el destino se ríe abiertamente de nosotros, a carcajadas, retorciéndose de una risa cargada de desprecio, burla y diversión hiriente.

La convicción de olvidar, de pasar, de seguir la vida aunque muchas noches se presente de nuevo el gran engaño y me inunde la mente de indeseables pensamientos, no es suficiente, nada es suficiente.

Allí estaba yo, completamente desconcertado, viendo cómo se desmoronaba mi intento de olvidar durante semanas, en una sola tarde. Cuando crees que has pasado página, se presenta de nuevo en todo su poderío y rompe todo lo construido, como un terremoto arrasa cualquier ciudad, por bien construida que esté.

Me cuidé de no hablar, de no coincidir, de no pensar. Pero cuando el destino se dirige frente a ti, plantándote su insistente mirada y te interpela directamente, tienes que responder, aceptar sus deseos e invitaciones, y encaminarte incrédulo a la boca del lobo.

Venidas de la lejanía, las servidoras del destino vienen a establecer su morada temporal cerca de ti, para atraerte a sus engaños y tomar posesión de tu mente.

Con una mezcla de misterio y resignación camino hacia el lugar marcado, con la cabeza en ebullición. Llamo a la puerta de lo desconocido y me adentro inocentemente en la guarida de las ninfas cazadoras de mentes. Todo es irreal, me hacen parecer que aprenden de mi, mientras poco a poco van robando mi mente. Se muestran distraídas, con presencia majestuosa camuflada en aparente sencillez, con belleza y voluptuosidad miran con soberbia al horizonte, y sonríen con su poder.

Soy invitado a su ágape, pero me cuido de no beber sus esencias para evitar caer en el sopor de la desesperación. Su mirada desdeñosa me interroga displicente, y luego se marcha resignada.

El paso inevitable del tiempo dilata la estancia y me salva de quedar atrapado allí para siempre. Pero antes de marcharme, mi mirada curiosa explora a través de las rendijas los misterios guardados en la secreta guarida, a  la que quizá no vuelva más. Descubro fugazmente los aposentos de esos personajes poderosos, y vislumbro misterios en décimas de segundo, antes de abandonar aquel lugar con una extraña sensación de fingida satisfacción, por haber tenido el "privilegio" de ser invitado de honor en la guarida de las ninfas del destino.

Pero no comprendo entonces que la peor parte vendrá durante siglos, al abrigo de la negrura nocturna, a recordarme mi fugaz estancia en la boca del lobo.

sábado, 1 de octubre de 2011

Un pueblo perdido en el tiempo


Me asomo, entreveo, camino y pienso, ¿dónde está este lugar detenido en el tiempo? Calles estrechas, piedras rotas, balcones atestados y rendijas que dejan escapar murmullos bohemios. Parece un lugar olvidado de todo, donde pululan habitantes de otra época, personajes viviendo en un microcosmos de muros apiñados, poca luz y puertas señoriales que sólo guardan polvo y telarañas al otro lado del dintel. Los ricos ornamentos de las arquitecturas renacentistas, barrocas, góticas, conviven caóticamente con la fría y afeada construcción pos-moderna en un atestado barullo de piedras, polvo y grietas, con caminos sinuosos y escondidos a la luz, donde de vez en cuando aparece un escenario traído de un viaje en el tiempo. El ultramarinos que en su época tan bien servía con su espíritu singular y auténtico la mesa de aquellas gentes que vivieron cuando las ciudades eran pueblos y la vida tenía un sabor con aroma artesanal; la imprenta escondida en el sótano con la puerta despreocupadamente pequeña y una sinuosa escalera para bajar a la estancia llena de legajos ocres y polvorientos que guardan palabras de otros siglos; el estruendoso repicar de un campanario ostentoso que, demasiado grande para su entorno, empuja a las casas de alrededor pidiendo espacio, que parece querer anunciar algo demasiado importante para que alguien se quede sin oírlo. Y de repente topo con un lugar diferente al resto, nada más verlo me veo como dentro de aquella historia de Los Miserables, que relataba la grandeza de un jardín abandonado más hermoso que todos los jardines cuidados del mundo. No lo veo, sólo lo imagino, pues todo lo que alcanzo a ver es un muro por el que rebosa, como el agua en una cascada, vegetación salvaje, a la vez que bella; detrás se levanta una casa, que más bien un palacio parece, grandes ventanas, cuidados ornamentos y un aire traído de otro siglo. Sorprendido con este oasis enmedio de la oscuridad sinuosa, sigo caminando, subiendo hacia el este, y de súbito se abre entre los muros, como una brecha, el atronador rugir del futuro. Se acabó el viaje en el tiempo, y vuelvo a estar en esa época de ruido, humo y trasiego caótico a velocidad de vértigo. Un revoltijo de colorines y artilugios ultramodernos, un mundo más extremo y contaminado, con veranos demasiado largos e inviernos cortos y helados, donde se juega con las estaciones, el aire y el calor.


domingo, 31 de julio de 2011

Náufrago en un puerto nuevo

Incontables días, eterna espera, mirada perdida la que sin ver mira dónde está su destino. Si tras su cautiverio el náufrago olvida cómo hablar, tendrá que aprender un lenguaje nuevo. Si mira atrás querrá olvidar, y vivir un mundo nuevo. Llegar, renacer, volver a crecer. Aprender, reír y sentir, marchar y no mirar atrás, subir hacia el lugar en el que ha de despertar, cuando las estrellas lo hagan llegar, cuando su suerte cambie y el viento llegue a soplar. Sentirá ganas de gritar, y entonces podrá vislumbrar, tan arriba que casi el cielo llegará a tocar, cantando y llorando de nuevo.



sábado, 28 de mayo de 2011

Los avariciosos


Existe un ejército inmenso de individuos egoístas, amantes del derroche y el ser ostentoso, unos individuos que no ven más allá de su propio ombligo, su propio interés, su poder, su inmensa riqueza, que, no contentos con que no pare de crecer, aún quieren que crezca más rápido, y cada día más. Su ambición no tiene límites, ni escrúpulos. Nada les importa, nada les preocupa más que engrandecer sus derroches, y riéndose salvajemente de "esos otros" que están ahí fuera cargando con la condena que habría de ser suya, brindan, gastan, y disfrutan de un paraíso fabricado por ladrones. Ni siquiera se esconden, no lo necesitan. Están delante de nosotros, impunes e intocables, nadie les para, y se vanaglorian viendo cada día la facilidad con que desarrollan sus maldades a cara descubierta, delante de todos, enseñándolas a nuestros ojos sin tapujos. Saben que nadie les parará.



¿Nadie?

¿Nadie parará esta carrera descontrolada de robo y avaricia?

Ese detestable ejército de avariciosos ha embargado el futuro del mundo entero para agrandar su dorado presente, ha vaciado el porvenir para llenar hasta el desbordamiento sus ambiciones.

Ese futuro empieza a verse como nubes negras que asoman por el horizonte, y los destinados a malvivir esa miseria emergente no se han quedado mirando, viéndola venir.

Han comenzado a alzar sus voces, han empezado a mirar de frente a esos avariciosos impunes, a plantarles cara y pararles sus pasos. Comienzan a salir, a moverse, a plantarse, a organizarse. Empiezan a crecer, unirse, fortalecerse. Porque sin futuro no hay vida. Porque si dejamos que la avaricia consuma el mundo, no habrá mundo donde vivir.





viernes, 29 de abril de 2011

Turbulento mar de neuronas




Agitado y encrespado, oscuro pero con destellos fugaces aquí y allá, removido por torbellinos, desatado, incontrolable, como un océano en lo más feroz del huracán. Así se asemeja una mente agitada por el deseo, removida por esa creciente necesidad de alcanzar lo inalcanzable. Miles de pensamientos se entrecruzan y retuercen hacia un mismo destino, ese destino ansiado, añorado, esa aparente "panacea" que curará la desesperación cultivada por décadas. Ese destino es el fin último, la meta primordial, el deseo supremo. A lo lejos parece brillar como un paraíso eterno, construido en honor a la felicidad. Tanto, que el lugar donde me encuentro se antoja una prisión, desgastada, aburrida, monótona, fea y carente de emoción. Un lugar que merece ser abandonado sin mirar atrás, sin volver la vista a sus grises contornos odiosos, y acercar las pupilas a un nuevo destello turbador que sobrepasa la adversidad vivida. Un nuevo paisaje rico, atrayente, deslumbrante y acogedor. Un nuevo lugar en el mundo en el que vivir mejor.

Tras la tormenta llega la calma, la turbulencia y agitación se transforman en silencio y quietud, pero esa nueva calma puede ser de dos naturalezas enfrentadas y distintas: la calma triste, silenciosa y desgarradora de la derrota que campa a sus anchas y borra toda esperanza albergada hasta allí, o bien la calma brillante, resplandeciente, dorada y azulada, como un amanecer de verano en un límpido cielo despejado, fresco, nuevo y ansioso de un nuevo día, que trae el astro ardiente.




Cuando tormentas como esta se desatan en ese mar de neuronas que alberga nuestro ser, es preciso ser cauto, paciente, mantener la calma y tratar de tomar sus riendas como si de un caballo desbocado se tratase, refrenando su alocado galopar, que bien guiado, nos puede conducir quizá al destino querido, pero que, descontrolado y encabritado, nos puede desviar a un abismo inesperado y desastroso.

jueves, 3 de marzo de 2011

Foliis ac frondibus


«Foliis ac frondibus», expresión latina que se traduce como «Hojas y ramajes», es el título del capítulo 3 del libro tercero de «Los Miserables», escrito por Victor Hugo, que me encuentro leyendo estos días, y que me ha impresionado especialmente en este asombroso capítulo, que aporto íntegro a continuación, por su inmensa profundidad, por unas palabras que transportan como a otro Universo, porque con una prosa como esta, sobran hasta las poesías...

«Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.

Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.




El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.

En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»

El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.

Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.

El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.»


sábado, 26 de febrero de 2011

Un gran tesoro en la vida


En la vida, pocas cosas tan valiosas, pocos tesoros hay más grandes que la amistad de un buen amigo/a. No hay mayor pobre que aquel que carece de amigos en su vida. Un amigo es un "lugar" en el que posar el alma y descargar los azares y pesares de la vida, un compañero de camino con quien compartir los pasos, los deseos, los descubrimientos, las ideas, las palabras, conversaciones, momentos, anhelos, experiencias, secretos, pensamientos y recuerdos, alguien con el que, simplemente, estar. Se necesita cuando está lejos, nunca sobra cuando está cerca, nada lo puede reemplazar, él/ella sólo basta, nada se necesita más.




El por qué del título de éste blog


Esa curiosa expresión que da título a éste blog no es casualidad, su origen, muy antiguo, se pierde en los siglos de la humanidad, que no son, sin embargo, más que simples instantes en la historia de este viejo Universo de miles de millones de años.

"Gar-anat" es en su origen una expresión que proviene del árabe y significa literalmente "Colina de peregrinos", y fue el nombre primigenio dado a la capital del Reino de los Nazaríes. Esa expresión fue deformándose con el tiempo en "Garnata", y ésta contracción a su vez acabó deformándose en un nombre que hoy inspira belleza, deseo y atracción, un nombre que designa un lugar muy singular de éste mundo, un lugar magnífico al que dirigir nuestros pasos alguna vez en la vida. 

Ese nombre es GRANADA.



El comienzo


Hoy doy nacimiento a un nuevo lugar en la red, un nuevo pequeño nodo que se une a la gigante inmensidad de ese increíble universo virtual llamado Internet. Hoy nace mi primer blog. Y para ser justo, mencionaré cuál ha sido esa pequeña chispa que ha dado lugar a este pequeño deseo, muchas veces olvidado, y pospuesto por la pereza o indecisión. Gracias al blog: dreamingsworld.blogspot.com porque él y su autora han sido, sin saberlo, esa pequeña chispa que ha precipitado este nacimiento. No dejéis de visitarlo, os sorprenderá.