viernes, 29 de abril de 2011
Turbulento mar de neuronas
Agitado y encrespado, oscuro pero con destellos fugaces aquí y allá, removido por torbellinos, desatado, incontrolable, como un océano en lo más feroz del huracán. Así se asemeja una mente agitada por el deseo, removida por esa creciente necesidad de alcanzar lo inalcanzable. Miles de pensamientos se entrecruzan y retuercen hacia un mismo destino, ese destino ansiado, añorado, esa aparente "panacea" que curará la desesperación cultivada por décadas. Ese destino es el fin último, la meta primordial, el deseo supremo. A lo lejos parece brillar como un paraíso eterno, construido en honor a la felicidad. Tanto, que el lugar donde me encuentro se antoja una prisión, desgastada, aburrida, monótona, fea y carente de emoción. Un lugar que merece ser abandonado sin mirar atrás, sin volver la vista a sus grises contornos odiosos, y acercar las pupilas a un nuevo destello turbador que sobrepasa la adversidad vivida. Un nuevo paisaje rico, atrayente, deslumbrante y acogedor. Un nuevo lugar en el mundo en el que vivir mejor.
Tras la tormenta llega la calma, la turbulencia y agitación se transforman en silencio y quietud, pero esa nueva calma puede ser de dos naturalezas enfrentadas y distintas: la calma triste, silenciosa y desgarradora de la derrota que campa a sus anchas y borra toda esperanza albergada hasta allí, o bien la calma brillante, resplandeciente, dorada y azulada, como un amanecer de verano en un límpido cielo despejado, fresco, nuevo y ansioso de un nuevo día, que trae el astro ardiente.
Cuando tormentas como esta se desatan en ese mar de neuronas que alberga nuestro ser, es preciso ser cauto, paciente, mantener la calma y tratar de tomar sus riendas como si de un caballo desbocado se tratase, refrenando su alocado galopar, que bien guiado, nos puede conducir quizá al destino querido, pero que, descontrolado y encabritado, nos puede desviar a un abismo inesperado y desastroso.
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