sábado, 1 de octubre de 2011

Un pueblo perdido en el tiempo


Me asomo, entreveo, camino y pienso, ¿dónde está este lugar detenido en el tiempo? Calles estrechas, piedras rotas, balcones atestados y rendijas que dejan escapar murmullos bohemios. Parece un lugar olvidado de todo, donde pululan habitantes de otra época, personajes viviendo en un microcosmos de muros apiñados, poca luz y puertas señoriales que sólo guardan polvo y telarañas al otro lado del dintel. Los ricos ornamentos de las arquitecturas renacentistas, barrocas, góticas, conviven caóticamente con la fría y afeada construcción pos-moderna en un atestado barullo de piedras, polvo y grietas, con caminos sinuosos y escondidos a la luz, donde de vez en cuando aparece un escenario traído de un viaje en el tiempo. El ultramarinos que en su época tan bien servía con su espíritu singular y auténtico la mesa de aquellas gentes que vivieron cuando las ciudades eran pueblos y la vida tenía un sabor con aroma artesanal; la imprenta escondida en el sótano con la puerta despreocupadamente pequeña y una sinuosa escalera para bajar a la estancia llena de legajos ocres y polvorientos que guardan palabras de otros siglos; el estruendoso repicar de un campanario ostentoso que, demasiado grande para su entorno, empuja a las casas de alrededor pidiendo espacio, que parece querer anunciar algo demasiado importante para que alguien se quede sin oírlo. Y de repente topo con un lugar diferente al resto, nada más verlo me veo como dentro de aquella historia de Los Miserables, que relataba la grandeza de un jardín abandonado más hermoso que todos los jardines cuidados del mundo. No lo veo, sólo lo imagino, pues todo lo que alcanzo a ver es un muro por el que rebosa, como el agua en una cascada, vegetación salvaje, a la vez que bella; detrás se levanta una casa, que más bien un palacio parece, grandes ventanas, cuidados ornamentos y un aire traído de otro siglo. Sorprendido con este oasis enmedio de la oscuridad sinuosa, sigo caminando, subiendo hacia el este, y de súbito se abre entre los muros, como una brecha, el atronador rugir del futuro. Se acabó el viaje en el tiempo, y vuelvo a estar en esa época de ruido, humo y trasiego caótico a velocidad de vértigo. Un revoltijo de colorines y artilugios ultramodernos, un mundo más extremo y contaminado, con veranos demasiado largos e inviernos cortos y helados, donde se juega con las estaciones, el aire y el calor.


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