domingo, 5 de diciembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 9. Volver a empezar



 Capítulo 9.    Volver a empezar



 Cortijo de El Raposo, Marzo de 1940.


Tras sus azarosas aventuras, Antonio por fin había podido retomar su quehacer cotidiano en el cortijo. Su vida había vuelto por fin a la calma. Su familia tenía arrendadas por entonces unas tierras no lejos de allí, un par de bancales junto al barranco de La Presa, un lugar popularmente conocido como “El Chorrete”. Allí solían sembrar patatas, maíz, pimientos, tomates, cebada, trigo, calabazas y remolacha, según fuese la temporada apropiada para cada cultivo.


Algunos años, si la cosecha era lo bastante buena, vendían los excedentes de trigo y cebada. Un comerciante solía acudir cada año por los cortijos de la sierra acabada la cosecha, comprando a los campesinos del lugar el trigo y la cebada que les sobraba o que estuvieran dispuestos a vender. Se trataba de lo que llamaban por aquel entonces un “remitente”, un comerciante que se encargaba de costear los portes de la mercancía hasta la estación de tren de Huéneja, a unos 10 kilómetros de Charches. 


Un día Antonio recibió una particular carta, que entonces se conocía como “un oficio”. En ella se le instaba a presentarse en la “Caja de Reclutas”, en Guadix, para realizar el servicio militar. Antonio leyó con profunda consternación la misiva, y se le vino el mundo encima…


Más parecía una funesta burla del destino... No habiendo sido suficiente las terribles experiencias vividas en la guerra, le llamaban ahora de nuevo, tan sólo un año después, a reunirse forzosamente de nuevo con el ejército, como si todo volviera a empezar… 


Pero no había alternativa posible, o se presentaba o iría a la cárcel con el serio peligro de ser fusilado por insurrecto. No valía la pena arriesgarse.


Sumamente entristecido y desesperado Antonio comunicó la noticia a su familia. La tristeza de madre y hermanos, una vez más fue enorme, y asumieron desconsolados que Antonio tenía que marcharse otra vez con los militares.


Antonio, junto a otro compañero de El Raposo que también había recibido una carta similar, partió hacia Guadix, a presentarse en la señalada “Caja de Reclutas”. 


Tres días después ambos tomaron camino hacia Granada, allí debían presentarse en el cuartel, y les indicaron que debían reunirse en la plaza de toros, donde reunían a los hombres convocados de toda la provincia. Un oficial iba nombrando a cada uno de los jóvenes reclutas y su destino asignado. Eran agrupados por expediciones, grupos de unos 25, y de allí partían de nuevo a la estación de tren de Granada. Por el camino, algunas expediciones iban bajando en las estaciones según su destino. A Antonio le fue asignado como destino Cáceres.


Tras un día entero de lento y traqueteante viaje en tren llegaron por fin a Cáceres, ya anochecido. En la estación los esperaban varios sargentos, que los iban distribuyendo según la compañía y el batallón al que pertenecía cada uno. El suyo fue el Regimiento de Infantería Argel nº 27.


Al día siguiente fueron conducidos al almacén y les entregaron la ropa de militar. Entonces comenzaban el llamado periodo de instrucción, que consistía en tres meses de formación militar en el acuartelamiento. Por las mañanas hacían formación militar y por las tardes estudiaban teoría de las armas y todo lo relacionado con el mundo militar. Los que fallaban a las preguntas de teoría eran arrestados en el calabozo o recibían castigos tales como hacer la guardia de la compañía.


En plena posguerra eran tiempos de gran miseria y la comida escaseaba. Pasaban mucha hambre. Los trabajos eran muy duros y la comida mala y escasa.


Con el tiempo Antonio y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que la dureza de los ejercicios militares que realizaban cada día dependía mucho del instructor que les tocara. Según el que tocara sabían que terminarían totalmente extenuados o que por el contrario los ejercicios serían “fáciles”.


Había algunos que tras meses de ejercicios continuados no eran capaces de aprender siquiera a formar, y eran conducidos al grupo de “los menos aventajados”. Por fortuna Antonio logró superar los ejercicios satisfactoriamente, y continuó medrando en su penosa estancia en el servicio militar, la tan popularmente llamada “Mili”.


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