domingo, 21 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 7. Mares de gente

 


Capítulo 7.   Mares de gente



29 de Marzo de 1939

Sierra de Espadán (Castellón)



Por pistas de tierra iban descendiendo lentamente de aquella sierra convertida en tumba para muchos, y que sólo querían ya olvidar. Llegaron a un lugar donde habían formado un inmenso montón de armas y municiones, una auténtica montaña siniestra y metálica, emergida tras el paso de innumerables soldados que por allí iban pasando. A todos se les registraba y se les ordenaba desarmarse por completo. Los soldados pronto se unieron a una gran muchedumbre de gentes de toda condición y origen.


Larga fila de refugiados camino del exilio. 1939. | nuevatribuna.es


Hombres, mujeres y niños de todas las edades, viudas que llevaban a sus hijos hacia la casa de algún familiar que los acogiera, jóvenes perdidos y desorientados que se dirigían quizá hacia algún puerto o alguna gran ciudad, algún que otro vendedor ambulante que ofrecía los más variopintos productos, familias enteras que habían perdido su hogar en algún bombardeo y trataban de huir del país en alguno de los escasos barcos británicos y franceses que zarpaban de los puertos hacia el exilio, vagabundos, desterrados, proscritos, pobres y ricos. La guerra les había igualado a todos, y caminaban ahora en busca de alguna salida tras el infierno vivido. 



Imagen del Stanbrook llevando a bordo numerosos refugiados, fue el último buque que zarpó del Puerto de Alicante en Marzo de 1939. | elpais.com


El gentío era inmenso, los caminos eran verdaderos ríos humanos, gentes de todo tipo y condición, que con paso lento iban hacia algún lugar donde volver a comenzar de alguna manera sus vidas. De vez en cuando pasaban camiones y vehículos militares, atestados hasta arriba de gente. Antonio, cansado de la larga caminata, vio la oportunidad al ver pasar un vehículo que remolcaba un cañón, allí, encaramados al artefacto bélico habría una veintena de hombres, apiñados como podían, para librarse de tener que ir a pie. Ayudado por la mano tendida de uno de aquellos hombres, Antonio logró subirse al cañón, y de tal guisa aguantó hasta que al día siguiente por la tarde llegaron a Valencia. La capital mediterránea, plaza fuerte del bando republicano hasta casi los últimos momentos de la guerra, era ahora un completo y caótico bullir de gente, atestado y confuso. Por todos lados se oía a los fascistas victoriosos corear y vitorear el nombre de su líder. La nueva guardia, la recién creada guardia civil de Franco, intentaba controlar los movimientos de tanto gentío. Camiones militares atestados de gente, interminables colas para conseguir comida, viajeros esperando conseguir algún hueco para viajar a su destino, gente de toda condición, que al término de la guerra, trataban de llegar a sus esperados destinos. Y otros muchos que trataban de huir desesperadamente por barco para abandonar apresuradamente el país.

Así fue Antonio a parar a la estación de ferrocarril, con la esperanza de ser devuelto a tierras andaluzas. En la estación no cabía un alfiler. Miles y miles de personas llenaban los escasos trenes, que pronto no admitían a nadie más. Guiado por las voces de megafonía, Antonio buscó el tren que partía hacia Andalucía, pero en vano lo intentaba, pues los trenes estaban todos a reventar, era imposible encontrar un sólo hueco. Allí tuvo que esperar junto a otros muchos compañeros, mientras esperaban con resignación que hubiera algún hueco en alguno de los trenes. Antonio aún tenía algo de dinero y probó a comprar unos bocadillos en unos puestos de comida que allí habían montado. Tuvo muchas dificultades, pues consternado cayó en la cuenta de que el dinero republicano carecía ya de ningún valor, así que nadie se lo aceptaba. A pesar de todo consiguió comprar algunos bocadillos, en uno de aquellos puestos, donde sin duda se apiadaron del hambre de aquellos soldados. Así esperaron hasta la mañana siguiente, cuando, tras varios trenes perdidos por no caber ya nadie más, lograron encontrar por fin un hueco en un convoy de bateas de mercancías que decían que se dirigía hacia Andalucía. Viajaron lentamente, apiñados y muy incómodos en aquel tren totalmente sobrecargado de gente. El suelo era de duros tablones de madera rotos y maltratados por las mercancías, polvorientos y llenos de tierra y paja. El aire olía a orines y enfermedad, y la oscuridad sólo era rota por finos haces de luz que se filtraban por las rendijas de las paredes. Ese era el viaje inhumano que tenían que aguantar, removidos constantemente por el traqueteo infernal de la vía y el ensordecedor estrépito del tren en movimiento.

Al día siguiente, al atardecer, llegaron a Alcázar de San Juan. Allí se vio su viaje truncado cuando unos piquetes de la guardia civil comenzaron de forma inesperada a desalojar el tren. Antonio y sus compañeros descubrieron entonces llenos de consternación y desesperación que el supuesto “tren a Andalucía” no era más que una emboscada del nuevo régimen para engañarlos y llevarlos presos. Con total impotencia, no pudieron hacer más que seguir aquella interminable fila de vencidos, camino de prisión. 




Los mandaron formar en grupos de unos 50, y los condujeron hasta la plaza de toros del lugar, que se había convertido en una improvisada y atestada cárcel. Allí se apiñaban cientos y cientos de personas, desfallecidos y atacados por el hambre. Por fortuna, más tarde fueron alimentados con un chusco de pan y un plato de comida, que sus estómagos agradecieron tras un penoso día entero sin comer. Pero la situación en aquella plaza pronto comenzó a ser cada vez más penosa, los estaban matando de hambre. Varios oficiales, armados con palos, les mandaban formar varias veces al día y no eran pocas las veces que empleaban dichos palos de forma indiscriminada. Quien no caía muerto de hambre, lo hacía bajo los palos de aquellos militares sin escrúpulos.

Una mañana comenzaron a organizarlos y a pedirles documentación. Tomaban sus datos para la llamada “filiación”, debían esperar allí mientras se les comunicaba a sus parientes su estado y, tras comprobar que no eran “enemigos del régimen”, podrían abandonar el lugar. Se investigaba a cada prisionero, sobretodo a través de informes de alcaldes, sacerdotes y jefes de la guardia civil y la Falange de la localidad natal de cada individuo. De esta forma clasificaban a los prisioneros en tres grupos diferenciados: los “forajidos”, que eran enviados directamente a juicio, en el que se les decretaba pena de cárcel o fusilamiento; los “hermanos forzados”, los que se consideraba que creían en los ideales fascistas pero habían sido obligados a combatir en el bando republicano; y los “desafectos”, aquellos que habían formado parte del bando republicano pero el nuevo régimen valoraba que no tenían una ideología firme, y por tanto se les consideraba “recuperables”. Pero aquel proceso podía fácilmente alargarse meses, y no sabían si aguantarían tanto tiempo el hambre que estaban padeciendo.

Prisioneros republicanos en un campo de concentración franquista. | Biblioteca Nacional de España.


Antonio, por casualidad, había coincidido allí con unos conocidos carboneros de su mismo cortijo, y pronto comenzaron a especular entre ellos sobre la idea de escaparse de alguna manera de allí. Eran muy conscientes de que si no lo hacían, morirían de hambre o bajo los golpes de aquellos guardias. Se habían percatado de que la vigilancia del lugar era mínima, e intuían que los mismos guardias civiles que les custodiaban no eran en el fondo partidarios de aquel encierro que estaba matando de hambre a aquella pobre gente, tan sólo cumplían órdenes. Por lo que imaginaban que no sería difícil escapar de allí.

La oportunidad se les presentó una noche lluviosa. Los guardas se habían retirado a resguardarse del fuerte aguacero que caía, y la ocasión era favorable. ¡Tenían que intentarlo! Si los descubrían, serían tiroteados o apresados y después torturados, pero si se quedaban allí morirían de hambre, así que optaron por escapar.

Se armaron de valor y, resueltos, en lo más fuerte del aguacero, se encaramaron a lo alto de la tapia de la plaza. El agua se precipitaba  resbalando por las paredes, los dedos les resbalaban, y tiritaban calados y entumecidos. El miedo era atroz, pero la suerte les fue favorable y aprovechando los salientes y recovecos de los ladrillos dispuestos en arcos que formaban la fachada de la plaza, fueron descendiendo con sigilo. Como aprendices de escaladores fueron capaces de sortear milagrosamente aquel precipicio, sin siquiera contar con cuerdas que los sujetaran. 

Con un último salto consiguieron tocar el suelo, y sonrieron felices viéndose ya libres. Por fortuna nadie intentó detenerles, tenían el camino libre. Caminaron liberados bajo aquella lluvia que les había salvado. Callejearon por las solitarias calles de Alcázar de San Juan, saludados solamente por el continuo repiquetear del agua que caía de los tejados, hasta salir a campo abierto y empezar una nueva y larga travesía hacia el sur. Después de tantas penurias, por fin tenían un golpe de suerte. ¡Eran libres!



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen de una larga fila de refugiados. Autor desconocido.
Publicada por José Luis Ibáñez Salas.



Imagen del Stanbrook. Autor desconocido.
Publicada en un artículo de J. A. Aunión. Diario El País.



Imagen de prisioneros. Biblioteca Nacional de España.
Publicada en artículo de Carlos Monteagudo.







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