domingo, 19 de diciembre de 2021

El Cortijo de El Raposo


Hablaremos hoy de una de las cortijadas más grandes del término municipal de Dólar, en las estribaciones occidentales de la Sierra de Baza, en la provincia de Granada. 


Sus antiguos habitantes se dedicaban sobretodo al cultivo de cereales y al pastoreo. En aquel lugar apartado y en las alturas — se sitúa en una cota de 1620 msnm —, habitaron muchas generaciones de humildes segadores, pastores, queseros, esparteros, mineros y lecheros. En aquel humilde cortijo nació y vivió mi abuelo Antonio, entre 1919 y 1958.


El origen del cortijo de El Raposo, así como el de otras aldeas de la zona parece haber estado en el desarrollo de la ganadería entorno a un gran latifundio conocido antiguamente como Cortijo de El Carmen, que alcanzó su máximo esplendor hacia la segunda mitad del siglo XIX. Pascual Madoz, célebre político del siglo XIX, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España de 1850 describe el cortijo de El Raposo como “una cortijada” que, junto con Charches y la aldea de La Rambla del Agua, formaban un ayuntamiento dependiente por entonces de la Diócesis de Guadix. Asimismo Madoz señala que en aquella época la cortijada de El Raposo contaba con un total de 18 familias y 110 habitantes, sumando el conjunto de los tres núcleos de población (El Raposo, Charches y La Rambla del Agua) un total de 658 habitantes.

Edificio principal del cortijo. Agosto de 2003.

La configuración de los edificios de El Raposo y el marcado estilo alemán colonial de algunas de las edificaciones se lo debe curiosamente a la minería. Coincidiendo con los años de la I Guerra Mundial (1914-1918) se asentaron en El Raposo cierto grupo de alemanes con el fin de explotar unos yacimientos cercanos de wulfenita (mineral popularmente llamado “plomo amarillo”). Este singular material era empleado en la fabricación de armamento militar. Así, el edificio principal del cortijo fue ideado originalmente para albergar a los ingenieros y personal administrativo de la mina que allí se estableció a principios del siglo XX, así como la zona secundaria, destinada a barracones o cuarteles de los mineros. Estas minas quedaron abandonadas en 1918, al concluir la I Guerra Mundial. 


Tras la marcha de los alemanes la propiedad del cortijo, que contaba con unas extensiones de unas 2500 hectáreas, fue adquirida hacia 1923 por Don Miguel Carrasco Almansa, cabeza de una poderosa familia de terratenientes de la Sierra de Baza conocidos como los Carrasco, quienes además de El Raposo poseían también los cortijos de Benajara, La Morota y la que luego fue conocida como Dehesa del General Rada. Con este conjunto de propiedades la familia Carrasco eran de hecho en aquellos días los mayores terratenientes de toda la sierra. El cortijo llegó a estar habitado por 32 segadores, 3 pastores y dos guardas al cuidado de la zona forestal. En 1924 la población de la finca estaba formada por 10 matrimonios con 33 hijos y 53 habitantes.

Carmen Martínez Ruiz, una anciana nacida en 1911 y que vivió en El Raposo hasta el inicio de la Guerra Civil Española (1936), relataba que en la época en la que ella vivió en el cortijo vivían allí tres familias de pastores, además de los propietarios, que junto con su servidumbre, ocupaban el edificio principal. Contaba esta mujer que en el lugar abundaban las vacas, y sobretodo las ovejas, con la leche de las cuales se elaboraba un queso artesanal muy demandado y apreciado, que solía llevarse en aquellos días hacia la zona de Murcia para su venta. Asimismo relataba que en sus años de vida en el cortijo (hacia los años 30 del siglo XX) abundaba el agua en toda la zona y junto al cortijo discurría una acequia, que era aprovechada por las mujeres del lugar para lavar la ropa.

Entre 1925 y 1933 la propiedad del cortijo sufre una desintegración al ser traspasado en herencia a los cuatro hijos de Don Miguel Carrasco.

En cuanto a la pequeña ermita existente en el cortijo, en una pequeña lápida de mármol blanco situada en su fachada principal, encima de la puerta, puede leerse que su fundación data del año 1706.



Se cuenta que esta ermita fue construida con motivo de la visita al lugar a principios del siglo XVIII de la entonces propietaria del antiguo cortijo, una mujer llamada María José. De hecho las palabras de dicha lápida rezan literalmente: “Viaje de María Joseph. El Cortijo del Carmen. Año de 1706”.



La pequeña ermita estaba dedicada a la devoción de la Virgen del Carmen y de hecho contaba con una imagen de dicha virgen en su interior. Dicha imagen fue destruida en 1936 durante los altercados acaecidos con motivo del inicio de la Guerra Civil.

En los años 40 en estas tierras se recolectaba el esparto, el cual aportaba mucho trabajo y beneficio a los propietarios.

Mucho después, en 1972 la finca fue adquirida por el I.C.O.N.A. (Instituto para la Conservación de la Naturaleza, 1971-1995), aunque una parte de ella quedó aún en manos de sus antiguos propietarios, unas 372 hectáreas, que fueron consorciadas. La propiedad del resto del cortijo pasó entonces a manos del Patrimonio Forestal del Estado. Posteriormente, en 1989, todo el área de la Sierra de Baza fue declarada Parque Natural.

Hoy en día la totalidad del cortijo pertenece a la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Desarrollo Sostenible de la Junta de Andalucía, y todo el conjunto del antiguo cortijo está integrado en su totalidad dentro del área protegida del Parque Natural de la Sierra de Baza.



Tanto el edificio principal como la pequeña ermita fueron rehabilitados en tiempos recientes como refugio rural por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, con capacidad para alojar a 50 personas.

En la actualidad casi el único aprovechamiento que tiene el lugar es la actividad de la caza, pues son muy abundantes los ciervos, y sobretodo los jabalíes, que acuden a menudo al lugar para comer las abundantes bellotas de las numerosas encinas del paraje.

Actualmente únicamente se encuentran en buen estado el edificio principal y la pequeña ermita. En cambio el resto de edificios (barracones y antiguas casas de pastores y campesinos) se encuentran en situación ruinosa y de total abandono desde hace ya muchos años.




Hoy en día para llegar al cortijo de El Raposo existen dos posibles caminos: si se entra desde Baza hay que adentrarse por Gor, y seguir la carretera hacia Las Juntas. Una vez llegados a la pequeña aldea de Las Juntas hay que continuar hasta llegar a un cruce en el Cerro de la Virgen, en el que hay que tomar el carril de la derecha, que conduce a Charches. Unos centenares de metros después del cruce existe un desvío a la izquierda, que conduce directamente al cortijo de El Raposo. En cambio, si se entra desde Almería, Granada o Guadix hay que adentrarse primero hacia Charches por la carretera Guadix-Almería. Al pasar Charches y la zona de La Fraguara hay que tomar un desvío que aparece a la derecha y que conduce finalmente hasta El Raposo.






FUENTES:








Mapa de la Sierra de Baza




Imágenes vista del conjunto y del edificio principal. Autor: Fernando Conesa Navarro. 26-08-2003.


Imagen lápida fachada. Autor: José Medina. 08-12-2019.
Blog Caminos del Sur


Imágenes de la ermita y las casas. Autor: Diego Salas Quirante. Julio de 2021.


Imagen general del cortijo. Autor: Indalobici. Octubre de 2014.





domingo, 12 de diciembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Epílogo

 



EPÍLOGO




Antonio logró finalizar el servicio militar bastantes meses después de aquella primavera de 1940. Tras el servicio militar regresó a casa con su familia y continuó viviendo de las tareas del campo junto a ellos. Algunos años después conoció a Piedad, una joven de un cortijo de la zona que llamaban “La Caña’ La Cueva”, no lejos de la localidad de Gor, un pequeño pueblo situado en un valle a los pies de la sierra en la zona noroeste de la Sierra de Baza, a unos 17 kilómetros de Charches. 

Vista de Gor desde la cima del cerro. Abril de 2000.


En 1958 contrajeron matrimonio en dicha localidad y continuaron viviendo como campesinos arrendatarios en diversos cortijos de la zona: el Cortijo de Peñas Blancas, cerca de Fonelas, en Pedro Martínez y en el Cortijo de El Llano Bermejo, cercano a Gor, dedicándose a lo que siempre habían hecho: las tareas de la agricultura y el cuidado de ganado. Antonio fue siempre hombre muy hábil, y aprendió a fabricar artesanalmente todo tipo de utensilios con esparto, tarea que compaginaba con el resto de las numerosas tareas del campo.


Hacia finales de los años 60, época en España de marcado éxodo rural hacia las grandes ciudades, Emilio, el hermano de Antonio, marchó, como tantos otros en busca de una vida mejor hacia una ciudad industrial entonces en pleno auge: Elche, en la provincia de Alicante. Emilio logró prosperar en aquella ciudad, y pronto animó a sus hermanos a abandonar la durísima vida del campo y marchar también a la ciudad en busca de una vida mejor. Al final todos dejaron sus vidas de campesinos. Antonio y su hermana Adela marcharon con sus familias a vivir una nueva vida en Elche. La hermana pequeña, Antonia, sin embargo, decidió probar suerte en tierras catalanas, y marchó a vivir a Terrassa, provincia de Barcelona.


En Elche Antonio y su hermano trabajaron en la industria del calzado como operarios en diferentes fábricas.


Interior de una antigua fábrica de calzado en el entorno de Elche (Alicante), hacia los años 60.


Algún tiempo después Antonio continuó trabajando por su cuenta dedicándose a la reparación de calzado desde casa, lo que él solía llamar con la curiosa expresión: “hacer Quiova”.

Antonio era hombre muy serio, seco y estricto, y fue siempre muy austero. Pero se le iluminaba la cara y sonreía al ver a sus nietos. Antonio y Piedad tuvieron tres hijos y siete nietos.

En alguna ocasión sus nietos llegaron a preguntar a Antonio a qué le hubiera gustado dedicarse si hubiera tenido alguna vez la oportunidad de estudiar. Tras quedarse pensando, Antonio dijo que de haber tenido la oportunidad le hubiera gustado estudiar Derecho y poder llegar a ser Juez.



Antonio en la puerta de la que fue la casa de su familia en el cortijo de El Raposo. 26 de Agosto de 2003.




Antonio y Piedad celebrando el 50 aniversario de su matrimonio. Enero de 2008.







© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.






Imagen de Gor. Abril de 2000. Autor: Fernando Conesa Navarro.



Imagen de una antigua fábrica de calzado. Autor desconocido.
Publicada en blog "¿...Y por qué no un blog?, Gaspar Agulló.



Imagen de Antonio en el cortijo de El Raposo. 26-08-2003. Autor: Fernando Conesa Navarro.



Imagen de Antonio y Piedad. 19-01-2008. Autor: Fernando Conesa Navarro.








domingo, 5 de diciembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 9. Volver a empezar



 Capítulo 9.    Volver a empezar



 Cortijo de El Raposo, Marzo de 1940.


Tras sus azarosas aventuras, Antonio por fin había podido retomar su quehacer cotidiano en el cortijo. Su vida había vuelto por fin a la calma. Su familia tenía arrendadas por entonces unas tierras no lejos de allí, un par de bancales junto al barranco de La Presa, un lugar popularmente conocido como “El Chorrete”. Allí solían sembrar patatas, maíz, pimientos, tomates, cebada, trigo, calabazas y remolacha, según fuese la temporada apropiada para cada cultivo.


Algunos años, si la cosecha era lo bastante buena, vendían los excedentes de trigo y cebada. Un comerciante solía acudir cada año por los cortijos de la sierra acabada la cosecha, comprando a los campesinos del lugar el trigo y la cebada que les sobraba o que estuvieran dispuestos a vender. Se trataba de lo que llamaban por aquel entonces un “remitente”, un comerciante que se encargaba de costear los portes de la mercancía hasta la estación de tren de Huéneja, a unos 10 kilómetros de Charches. 


Un día Antonio recibió una particular carta, que entonces se conocía como “un oficio”. En ella se le instaba a presentarse en la “Caja de Reclutas”, en Guadix, para realizar el servicio militar. Antonio leyó con profunda consternación la misiva, y se le vino el mundo encima…


Más parecía una funesta burla del destino... No habiendo sido suficiente las terribles experiencias vividas en la guerra, le llamaban ahora de nuevo, tan sólo un año después, a reunirse forzosamente de nuevo con el ejército, como si todo volviera a empezar… 


Pero no había alternativa posible, o se presentaba o iría a la cárcel con el serio peligro de ser fusilado por insurrecto. No valía la pena arriesgarse.


Sumamente entristecido y desesperado Antonio comunicó la noticia a su familia. La tristeza de madre y hermanos, una vez más fue enorme, y asumieron desconsolados que Antonio tenía que marcharse otra vez con los militares.


Antonio, junto a otro compañero de El Raposo que también había recibido una carta similar, partió hacia Guadix, a presentarse en la señalada “Caja de Reclutas”. 


Tres días después ambos tomaron camino hacia Granada, allí debían presentarse en el cuartel, y les indicaron que debían reunirse en la plaza de toros, donde reunían a los hombres convocados de toda la provincia. Un oficial iba nombrando a cada uno de los jóvenes reclutas y su destino asignado. Eran agrupados por expediciones, grupos de unos 25, y de allí partían de nuevo a la estación de tren de Granada. Por el camino, algunas expediciones iban bajando en las estaciones según su destino. A Antonio le fue asignado como destino Cáceres.


Tras un día entero de lento y traqueteante viaje en tren llegaron por fin a Cáceres, ya anochecido. En la estación los esperaban varios sargentos, que los iban distribuyendo según la compañía y el batallón al que pertenecía cada uno. El suyo fue el Regimiento de Infantería Argel nº 27.


Al día siguiente fueron conducidos al almacén y les entregaron la ropa de militar. Entonces comenzaban el llamado periodo de instrucción, que consistía en tres meses de formación militar en el acuartelamiento. Por las mañanas hacían formación militar y por las tardes estudiaban teoría de las armas y todo lo relacionado con el mundo militar. Los que fallaban a las preguntas de teoría eran arrestados en el calabozo o recibían castigos tales como hacer la guardia de la compañía.


En plena posguerra eran tiempos de gran miseria y la comida escaseaba. Pasaban mucha hambre. Los trabajos eran muy duros y la comida mala y escasa.


Con el tiempo Antonio y sus compañeros no tardaron en darse cuenta de que la dureza de los ejercicios militares que realizaban cada día dependía mucho del instructor que les tocara. Según el que tocara sabían que terminarían totalmente extenuados o que por el contrario los ejercicios serían “fáciles”.


Había algunos que tras meses de ejercicios continuados no eran capaces de aprender siquiera a formar, y eran conducidos al grupo de “los menos aventajados”. Por fortuna Antonio logró superar los ejercicios satisfactoriamente, y continuó medrando en su penosa estancia en el servicio militar, la tan popularmente llamada “Mili”.