viernes, 29 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 4. La huída

 

 

Capítulo 4.    La huida

 

 

Hacía ya tiempo que los últimos camiones de la brigada se habían perdido a lo lejos. Era noche cerrada cuando Antonio, con los miembros completamente entumecidos tras la larga espera tendido en el suelo, se atrevió a abandonar por fin su escondite. Tras el fragor de la batalla se encontraba muy desorientado y en tierra desconocida, no sabía dónde se encontraba exactamente, ni hacia dónde dirigirse. Tan sólo sabía que en teoría estaba en las inmediaciones de Cabeza del Buey. En su mente sólo tenía una idea: volver a casa. Volver a abrazar a su madre y hermanos, a sus tíos y parientes. Volver a aquella vida sencilla y rutinaria, a la tranquilidad del cortijo de El Raposo, no importaba lo lejos que pudiera estar, caminaría a la desesperada, alejándose de aquella terrible y absurda guerra sangrienta. Muchos habían caído, y sabía que si se quedaba, él sería el siguiente. Aquella guerra desde luego no iba con él. Como tantos otros simplemente se había visto arrastrado por las circunstancias.

 

 

En la oscuridad de la noche, se guió más bien por intuición, y así estuvo caminando desorientado por aquellas soledades alrededor de tres horas. Estaba extenuado, tras dos noches en las que apenas había dormido. Llegó a lo alto de una loma, y decidió hacer un alto en el camino, ya no podía más. Cenó con lo que había en la lata de carne en conserva que con tan buen tino había guardado aquella misma mañana, y allí mismo se echó a dormir rendido por el cansancio.

 

Cuando amaneció, Antonio reemprendió su camino, guiándose tan solo por el sol, atravesando aquellas sierras y paisajes desconocidos. Sería  entorno a mediodía, cuando encontró una casa en mitad del campo, en la que había un rebaño de ovejas. Automáticamente pensó en acercarse a pedir algo de comer. Se asomaron temerosos una mujer y dos chiquillos a la puerta de la casa, que al verlo de lejos, salieron corriendo a su encuentro, gritando y llamando a su padre. Sin duda, lo habían confundido con otro hombre, el padre de aquellos chiquillos también debía haber marchado a la guerra, y esperaban su regreso.

 

Los zagales pronto comprendieron tristes y desilusionados que aquel que se acercaba tan sólo era un desconocido. Antonio se acercó hasta la mujer, y le pidió humildemente que le diera algo de comer. La humilde pastora, accedió amablemente a darle de lo único que tenían: un trozo de queso. Antonio tuvo que contentarse con aquello, y tras agradecer sinceramente el buen gesto a aquella mujer y haber descansado un poco, reemprendió su incierta caminata.

 

Transcurridas unas cuantas horas de lento camino, topó con unos segadores, que trabajaban en mitad de un campo de cereal. A todas luces se notaba que aquellos hombres eran ya bastante mayores, tendrían todos más de 60 años. Eso seguramente les había librado de tener que ir también al frente. Antonio sabía que para llegar hasta Granada, debía de cruzar el cercano río Guadalquivir, y llegar a la localidad jienense de Andújar, donde había una estación de ferrocarril donde quizá poder tomar algún tren para tratar de regresar de alguna forma a Guadix. Pero no sabía por dónde podría cruzar el río, así que preguntó a aquellos hombres. Éstos le preguntaron de dónde venía, a lo que Antonio, valientemente, o quizá temerariamente dadas las circunstancias, decidió contarles la verdad: que había desertado de las filas del ejército republicano e intentaba volver a casa. Los hombres le dijeron que cerca de allí había un puente por el que cruzar el río, pero que estaba vigilado, y seguro que lo apresarían si trataba de cruzar por allí, así que le recomendaron otro lugar por donde intentar atravesar el río sin ser visto: un remanso donde las aguas no eran tan profundas y quizá consiguiera llegar a la otra orilla sin que lo descubrieran. Antonio agradeció las precisas indicaciones de aquellos  honrados segadores y respiró aliviado de que hubieran optado por ayudarle en lugar de denunciarle. Se despidió agradecido de aquellos hombres y continuó por donde le habían explicado, preguntándose cómo haría para cruzar el río si no sabía siquiera nadar…

 

 

Por suerte consiguió llegar al lugar indicado sin encontrarse con nadie más. A pesar de que era verano y el río no llevaba mucha agua, era lo bastante grande como para no ser fácil de atravesar. Antonio intentó quitarse todo el peso posible, se echó a la cabeza la casaca, el fusil y todo lo que pudo, intentando salvarlos del agua. Temeroso, comenzó a adentrarse lentamente en las aguas del Guadalquivir. Muerto de miedo, notaba cómo a cada paso que daba se iba haciendo más y más profundo y los pies se le hundían pesadamente en el inestable fango del fondo. Pronto le llegó el agua al cuello, y sin haber nadado ni una sola vez en su vida, más bien por instinto, consiguió valientemente dar algunas torpes brazadas, que por un gran golpe de suerte bastaron para alcanzar a donde de nuevo tocaba el fondo con los pies. Sintió haber estado a un paso de la muerte, lo mismo que en mitad de la batalla. Era casi un milagro que no se hubiera hundido y hubiera muerto ahogado allí mismo. Llegó a la otra orilla y cayó al suelo completamente extenuado por el enorme esfuerzo realizado, con los miembros rígidos por el miedo y con el corazón desbocado que le retumbaba violentamente en el pecho… Pasaron unos largos minutos hasta que entre respiraciones entrecortadas consiguió recuperar un poco el aliento.


¡Lo había conseguido!, milagrosamente estaba en la otra orilla del río, había conseguido evitar así el control militar del puente. Pero todavía debía seguir caminando otro largo tramo hasta llegar a Andújar.


Pasó casi otro día entero caminando lentamente, hasta que pudo llegar a unos cortijos, ya cercanos a Andújar. Allí encontró una mujer que estaba cocinando arroz, y, una vez más, se atrevió a pedirle un poco. La mujer generosamente le dio un plato, y le contó que no era el primer soldado evadido que pasaba por allí. Otros muchos al igual que él habían huido del frente. Era mediodía, y tras haber comido y recuperado las fuerzas, esperó a que anocheciera, para aprovechar la oscuridad y poder así pasar desapercibido entre los trenes de la estación. Su idea era colarse en algún tren de mercancías, evitando ser descubierto, para tratar de llegar hasta Guadix.

 

Ya casi anocheciendo, llegó a la estación de Andújar, y se atrevió a preguntar a un ferroviario de la estación si alguno de los trenes que allí había iba por casualidad hacia Guadix. El ferroviario enseguida comprendió que era un soldado evadido, pero afortunadamente optó por no delatarle. Le dijo que el tren que se encontraba allí estacionado iba hacia el norte, con destino Barcelona, y que si quería ir a Guadix, debía ir a otra estación. A la estación de un pueblo llamado Begíjar, a unos 58 kilómetros hacia el este, de allí salía a las 6 de la mañana un tren de mercancías hacia Almería, que tenía parada en Guadix. Antonio le pidió entonces indicaciones de cómo llegar desde allí a aquella estación, y el ferroviario amablemente trató de explicárselo.

 

Una vez más muy agradecido Antonio se despidió de aquel buen hombre y continuó su azaroso camino, ansiando llegar pronto a casa. Caminó toda la noche, siguiendo caminos y vías de tren, guiado por las explicaciones que le había dado aquel ferroviario. Debía llegar a tiempo para no perder el tren de mercancías del que le había hablado.


Estación de Begíjar (Jaén).


Todavía era noche cerrada cuando Antonio llegó a la citada estación de Bejíjar, aunque ya se intuía en el horizonte un tenue resplandor, anunciando próximo el amanecer. Sin embargo, ante su desconcierto, la vía se encontraba vacía, no había ningún tren. Consternado por la ausencia Antonio se armó de valor una vez más y se acercó a preguntar a otro ferroviario. Para gran satisfacción de Antonio, aquel ferroviario le anunció que el tren que buscaba llegaría a la estación en apenas media hora, porque venía con retraso. Se trataba de un tren de mercancías que transportaba uva, provenía de la estación de Linares-Baeza, y su destino era Almería. Por fortuna aquel ferroviario también optó por ayudarle, y le explicó cómo lograría colarse en una de las bateas de aquel tren sin ser visto. No sería una tarea especialmente difícil, ya que la única vigilancia del convoy la hacían unos guardafrenos, y el ferroviario le explicó cómo podía colarse sin que lo vieran.

 

Agazapado en la oscuridad, Antonio aguardó pacientemente la llegada del tren. Ya fuera por el retraso en la llegada del convoy o bien porque no tenía ningún reloj a mano, aquella espera se le hizo interminable, y Antonio temía a cada momento que alguien con no tan buenas intenciones como aquel par de ferroviarios que lo habían ayudado lo descubriera y denunciara a las autoridades.


Con las primeras luces del alba se oyó a lo lejos el inconfundible sonido de un tren de vapor acercándose pesadamente por las vías. Antonio suspiró hondamente aliviado y esperó un largo rato, hasta que el convoy quedó completamente detenido. Poco después distinguió a lo lejos un par de hombres ataviados con un sucio mono de trabajo y sendas gorras de trabajo. Inspeccionaban el convoy y las ruedas. No cabía duda, debían ser los guardafrenos de los que le habían hablado. Antonio esperó un rato más en completo silencio. En un momento dado los hombres se alejaron hacia el edificio de la estación. Antonio decidió esperar donde estaba aún unos instantes más. Finalmente se armó de valor, y tras mirar varias veces a uno y otro lado, salió de su escondite. Caminó todo lo rápido que pudo, dando rápidas zancadas y avanzando agazapado entre las sombras. Comenzó a probar a abrir alguna de las puertas de las bateas, pero no era nada sencillo, estaban bien protegidas por pesados cerrojos. Antonio empezaba a desesperarse. Llevaría ya unas tres bateas en las que tras esforzados intentos no había logrado mover ni un poco las pesadas puertas. La desesperación lo embargaba. Probó con una cuarta puerta, y milagrosamente en esta ocasión la puerta sí cedió un poco. Lleno de esperanza Antonio empujó aún con más fuerza, y poco a poco logró arrastrar la puerta lo suficiente para dejar un hueco por el que colarse dentro. Aún tuvo que tirar con toda la fuerza que pudo unos instantes más, para volver a cerrar la puerta. Dentro la oscuridad fue casi total. Apenas se colaban tímidos rayos de las primeras horas de aquel amanecer por las rendijas de los toscos tablones de madera que formaban las paredes de aquella batea de carga. Tal como le habían contado allí dentro había un buen montón de cajas con montones de racimos de uva. Completamente extenuado tras la larga travesía a pie no vio el momento de echarse a la boca algunas de aquellas uvas. Tras unos instantes, saciado con la fruta no tardó en echarse a dormir en un rincón.

 

Así consiguió montar de polizón en una de las bateas de aquel tren. El viaje sería largo y lento, pero al menos no tendría que caminar. Pronto el tren se puso en marcha, y entre incesantes traqueteos pasó entero aquel día, escondido en aquella batea. No fue hasta el día siguiente, cuando el tren, en su lenta marcha, alcanzó por fin la ansiada estación de Guadix. A Antonio no le costó reconocer aquel lugar, tantas veces visitado por él y su familia cuando iban a comprar al mercado, y se bajó por fin aliviado, ya casi estaba en casa. Ya no se encontraba desorientado como al principio de la travesía, ahora caminaba por tierras conocidas. En un último esfuerzo caminó por los pedregosos caminos hacia Charches, y luego se adentró en la Sierra de Baza, hasta llegar felizmente al cortijo de El Raposo.

 

¡Lo había conseguido, estaba en casa! Cuando llegó al cortijo ni siquiera tuvo fuerzas para decir nada a nadie, tal cual llegó, se sentó allí a la puerta, a descansar de la dura travesía, sin decir nada a nadie. Por casualidad su tío Facundo, salió poco después, a tirar la ceniza del hogar, y le dio los buenos días, confundiéndolo con un extraño. Sin embargo al poco se volvió y se le quedó mirando. Fue entonces cuando Antonio le dijo irónicamente:

 

— ¿Pues no me reconoce usted?

 

Su tío Facundo cayó entonces en la cuenta. ¡Aquel joven de aspecto sucio, cubierto de polvo y desaliñado no era otro que su sobrino Antonio, el que marchó al frente! Tal era el dantesco aspecto que llevaba tras tantos días de camino y batallas, que estaba totalmente irreconocible. Su tío se tiró de inmediato a abrazarle, y pronto anunciaron a su madre que estaba allí.

 

Cuando su madre le vio, le abrazó y ambos lloraron llenos de emoción. La guerra le había devuelto un hijo.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Estación de Begíjar. FUENTE: Facebook. 

https://www.facebook.com/BarriadaEstacionDeBegijar/photos/a.1601681430054206/1601681216720894



Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3



Capítulo 5


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo



domingo, 24 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 3. Hacia el frente

  

 

Capítulo 3.    Hacia el frente

 

 

Al toque de corneta de la mañana despertó Antonio muy temprano, una mañana de finales de Agosto en un barracón atestado de literas malolientes y hombres sudorosos. La mayoría eran muy jóvenes, demasiado para entrar a formar parte de una contienda militar. El ambiente estaba cargado de temor, incertidumbre y mucha resignación. Pero la alternativa a estar allí era la cárcel, o peor aún, ser fusilado por insurrecto. El agobiante calor veraniego era allí aún más pegajoso y asfixiante, y estaba empapado en sudor. No debían de estar muy lejos del mar.

 

Durante los 15 días que siguieron Antonio y sus compañeros reclutas en el llamado “Centro de Recuperación” de Viator recibieron instrucción militar básica, pero tan básica, improvisada y apresurada era aquella “instrucción” que ni siquiera llegaron a aprender mínimamente a manejar un arma. Se notaba por doquier la desorganización, las prisas y el caos. Muy pronto, demasiado, para lo poco que habían aprendido, se les anunció precipitadamente que habían sido destinados a sumarse a las filas de una brigada destinada en el frente de Segorbe, en Castellón. A la mañana siguiente, pertrechados con macutos, fusiles y cascos los inexpertos reclutas emprendieron la marcha hacia las sierras de Levante.

 

Tras un lento, penoso, traqueteante e interminable viaje en tren de dos largos días arribaron finalmente a la localidad castellonense de Segorbe, y de allí marcharon seguidamente transportados en camiones hacia el frente republicano, situado en aquellos días en las escarpadas estribaciones de la Sierra de Espadán. Durante los siguientes tres días permanecieron atrincherados y alerta en aquellas montañas, agazapados entre sacos terreros y trincheras de hormigón, con los fusiles siempre a mano y atentos a cualquier movimiento. Ya empezaban a odiar la monótona comida enlatada que recibían día sí y día también. Se producían de cuando en cuando algunos tiroteos y escaramuzas aislados, pero solían cesar con la misma rapidez con la que comenzaban la mayor parte de las veces. Sin embargo en la tercera noche tuvo lugar un verdadero enfrentamiento, la que se llamó la batalla de “La Ballesta”. Antonio pudo palpar muy de cerca la barbarie y el horror de la guerra: miles de hombres matándose unos a otros en una vorágine salvaje, absurda y terrible. Afortunadamente aquella noche no fue alcanzado por las balas, y dio gracias por poder respirar un día más.

 

 

Terminado aquel enfrentamiento, a la mañana siguiente, el pelotón recibió entonces nuevas órdenes. Esta vez debían abandonar las trincheras del frente de Segorbe y marchar hacia el oeste, hacia un nuevo frente. Antonio casi se alegró de abandonar aquel lugar desconocido, que sin embargo nunca olvidaría, aunque desconocía por completo qué les sucedería en las siguientes jornadas de aquel infierno.





Una larga caravana de unos 50 camiones militares surcaba una serpenteante carretera de montaña, rompiendo el silencio de una apacible tarde de finales del verano. Los camiones transportaban a la brigada al completo. Habían iniciado su travesía esa misma tarde en las cercanías de Segorbe y avanzaban por sucesivas carreteras, carriles y caminos polvorientos hacia el oeste, atravesando la extensa y monótona estepa Manchega bajo el tórrido sol estival. Tras una larga y monótona travesía, en la que por fortuna no sufrieron ningún contratiempo, se detuvieron ya muy avanzada la noche, de madrugada, a descansar en despoblado, en mitad de un paisaje de encinas y amplios campos de cereal. Allí permanecieron inmóviles muchas horas, lo que muchos aprovecharon para descansar, cuando no les tocaba hacer la guardia. No fue hasta el mediodía del día siguiente cuando reemprendieron la marcha. Y al siguiente día, al amanecer, llegaron a su destino. Estaban ahora en tierras extremeñas, en las inmediaciones de una localidad llamada Cabeza del Buey, plaza estratégica situada en la confluencia de tres regiones: Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha. El pueblo había sido tomado por “los nacionales” hacía ya algunas semanas, y la misión de la brigada consistía en atacarles y tratar de recuperar esa importante plaza.

 

Antes de ponerse en movimiento, los soldados recibieron permiso para tomar un breve desayuno. Como de costumbre les habían entregado a cada uno un par de latas de carne en conserva. Antonio, con buen criterio, y en previsión de lo que pudiera acontecer, tomó la decisión de guardar su segunda lata en el macuto, intuyendo que la podría necesitar posteriormente.

 

Muy cerca ya de la localidad asediada dieron la orden de desplegarse y atacar, y comenzó así una dura batalla. Antonio, apenas capaz de sostener su fusil con sus manos inexpertas, y viendo la salvaje violencia del combate temió perecer allí junto a los muchos infortunados que caían. Pronto se escabulló de allí como pudo, aprovechando el fragor y la confusión de la batalla, y vino a encontrar cobijo en una depresión del terreno, donde, bajo el abrigo de una loma, dos grandes encinas que crecían juntas le servirían de improvisado parapeto.

 

Los intensos tiroteos se prolongaron a lo largo de todo aquel funesto día en una batalla interminable. Antonio, aterido de miedo, no se atrevió a salir de su escondrijo en ningún momento, temiendo seriamente por su vida. En mitad de la batalla, notó cerca de él la presencia de los oficiales, e inmediatamente, tendido como estaba en el suelo, aprovechó su posición y decidió hacerse el muerto. Probablemente los oficiales debieron ver su cuerpo allí tendido, pero por suerte lo confundirían con alguno de los caídos, porque no se acercaron a él ni le llamaron.

 

Al anochecer, cuando cesaron las últimas luces del día, volvió por fin la calma a aquel lugar. Cesaron los ruidos y la violencia y Antonio se percató de que su brigada no había conseguido su objetivo, porque se batían en retirada. Sin embargo él no volvió con el resto de los soldados cuando los vio avanzar en retirada. Permaneció donde estaba y esperó en silencio a que se marchasen todos. Había tomado una importante decisión: no quería morir en aquella terrible guerra, iba a desertar.




domingo, 17 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 2. Vientos de guerra

 


Capítulo 2.  Vientos de guerra



Un aciago 18 de julio del año 1936, estaba el joven Antonio, que ya contaba 16 años, junto a otros campesinos del lugar un día más segando en un campo de trigo, un lugar llamado “el Haza Llana”, no muy lejos del cortijo de El Raposo. En mitad de su duro quehacer vieron aparecer de repente y a lo lejos un extraño grupo de unos 14 o 15 hombres acercándose a donde se encontraban. Caminaban con paso decidido y enérgico, y en sus gestos se podía intuir que no traían nada bueno. Llegados a donde ellos estaban, uno de los hombres les interpeló de esta manera:

— ¡Dejen ustedes de trabajar, y acompáñennos al cortijo! — exclamó resueltamente el extraño.

Intimidado y perplejo, el extenuado grupo de segadores dejaron resignados sus tareas y acompañaron a aquellos hombres.

Más tarde, y ya de vuelta en el cortijo, se enteraron que aquel grupo de hombres era en realidad una comisión de obreros exaltados del bando republicano. En España estaba teniendo lugar uno de los momentos más negros de su historia. Acababa de estallar la Guerra Civil.

 

 

 

Todos los hombres del cortijo fueron reunidos en un salón. Allí, el que parecía ser el cabecilla del grupo les anunció que debían quedarse todos guarnecidos en el cortijo y no salir a trabajar en los días siguientes. Los opositores de la República se habían sublevado con un golpe militar, lo que había dado lugar al comienzo de una guerra civil. Cualquier día, anunciaron, regresarían al cortijo a convocar a todo hombre capaz, para luchar en el frente republicano. Aseguraba con determinación que “debían luchar”, “que todos los fascistas debían morir” — tal era el odio que sentían por el enemigo, y así pretendían contagiar estos sentimientos a todos los hombres que iban encontrando a su paso por los innumerables cortijos de la región. “No sobraban manos, y necesitaban todo el apoyo en aquella contienda”, insistían.

 

Los humildes labradores escuchaban cariacontecidos y confusos a aquellos extraños hombres, extrañándose de que les hablaran en esos términos. La mayoría de ellos no sabía quiénes o qué eran esos a los que con tanto rencor llamaban “fascistas”. En la apacible y monótona vida del cortijo, apartada del trasiego de pueblos y ciudades, aquellos lejanos temas de la vida pública poco importaban, y muy poco se sabía allí acerca de los acontecimientos recientes o corrientes políticas del momento.

 

Durante los días siguientes fueron apareciendo en más ocasiones aquellos obreros exaltados. Como en la primera ocasión, trataban de aleccionar insistentemente a las gentes del cortijo y les conminaban a permanecer cobijados en el interior de sus casas ante los graves peligros de la guerra recién desatada. Solía hablar el cabecilla de siempre, un tipo que llevaba una pistola colgada al pecho y orgullosos aires de líder.

 

Uno de esos días el grupo de exaltados apareció una vez más en el cortijo, en esta ocasión con una actitud bastante más violenta. Parecía que el objeto de su ira era la pequeña ermita que había en el cortijo, pues derribaron la campana, sacaron todas las figuras de santos que allí encontraron, las amontonaron salvajemente a la puerta y les prendieron fuego. Las gentes del cortijo contemplaban atónitos, llenos de consternación y temor la dantesca escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los exaltados acabaron su fechoría esparciendo por todo el lugar montones de viejos papeles y hojas rotas, procedentes del interior de la ermita, sin duda parte de viejos archivos y libros eclesiales que allí se guardaban. La encendida cólera y odio de aquellos hombres parecía no detenerse ante nada ni ante nadie.

 

En su tónica habitual el cabecilla del grupo seguía dando sus encendidos discursos a los habitantes del cortijo, como si de auténticas conferencias políticas se tratase, insistiendo una y otra vez con gran ímpetu que “debían matar a todos los fascistas”.

 

En sus habituales incursiones en el cortijo, el grupo de exaltados solía llevarse cabezas de ganado y todo tipo de enseres que pudieran ser de algún valor, asegurando que “eran necesarios para la causa”, y que “en el frente lo necesitaban”. Los campesinos aceptaban resignados el violento expolio, temiendo que pudieran matar a cualquiera de ellos si se negaban a colaborar o se enfrentaban a ellos.

 

 

Pronto les llegaron a anunciar que permanecieran a cubierto y bien protegidos, porque iban a comenzar los ataques aéreos con bombas.

 

Atenazados por el miedo y temiendo por su vida, los campesinos del cortijo huyeron del lugar, y corrieron a refugiarse en los más diversos escondrijos y refugios en la sierra. Marchaban casi con lo puesto, sin tiempo apenas para coger un abrigo, algún chusco de pan o alguna bota de vino. Era una carrera para intentar salvar sus vidas.

 

Al igual que la mayoría de sus vecinos, Antonio y su familia salieron al monte, a refugiarse en un lugar llamado “El Picón de la Cueva”. Allí sabían que había una cueva, donde decidieron refugiarse y pasar la noche.

 

Pronto se cumplieron las amenazas de los grupos armados, y sintieron en la lejanía el grave estruendo de las bombas al estallar como truenos de una terrible tormenta. Varios grupos republicanos venidos de Dólar, Guadix y Baza estaban bombardeando el cortijo, que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina, lo que se presuponía que era el verdadero objeto de su ira contra aquel lugar. Más tarde se marcharon. Oyeron, por los comentarios de algunos habitantes del cortijo, que se dirigían a otro cortijo cercano, llamado “Abenajara”, en busca de los propietarios, con intención de apresarlos. Allí también bombardearon violentamente los edificios y lograron detener a los dueños, a los que llevaron presos a Baza.  

 

Cada cierto tiempo las comisiones republicanas regresaban al cortijo y reclutaban a hombres en edad adecuada para la contienda. Reunían a todos los convocados a formar en los exteriores del cortijo, y marchaban hacia el “Centro de Recuperación” republicano que había en Viator, cerca de Almería. Pronto convocaron también a los jóvenes de la edad de Antonio. Y como al resto, a él también lo condujeron por la fuerza a aquel lugar. Gran pesar supuso para su madre esta noticia, que con el resto de sus hijos, tuvo que despedir con enorme dolor, resignación y sufrimiento al joven “soldado” en que habían convertido a la fuerza a su querido hijo mayor, sin que nada ni nadie le pudiera asegurar si volvería a ver algún día.



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.







domingo, 10 de octubre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 1. Una vida de campesino

 


Capítulo 1.    Una vida de campesino




Antonio nació un 10 de octubre de 1919, en un cortijo andaluz, en mitad de la Sierra de Baza, en las agrestes tierras del Marquesado del Zenete, junto al término municipal de Dólar, al noreste, un lugar llamado “El Raposo”, un cortijo que era propiedad de una familia adinerada de la capital granadina.

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.

Su padre se llamaba Claudio, era uno de los guardas del lugar, un hombre sencillo y honrado, dedicado, como el resto de las familias de campesinos que allí habitaban, a las duras tareas del campo. Claudio tenía 29 años y estaba casado con Margarita, una humilde campesina, mujer dura y severa, 4 años menor que él. La humilde pareja de campesinos había contraído matrimonio siete años atrás, en la localidad de Caniles, cercana a Baza, en el otro extremo de la Sierra.

 

El pequeño Antonio creció en un entorno duro, humilde y pobre, sin embargo nunca les faltó comida que llevarse a la boca. La monotonía de los días en el cortijo consistía en las duras tareas del cultivo de cereales comunes como el trigo, la cebada y el centeno; y algunas legumbres y tubérculos como patatas, garbanzos, habichuelas o lentejas. El rutinario transcurso de los días en el campo tan sólo era interrumpido de vez en cuando por ocasionales salidas a la sierra para recoger leña, o alguna compra ocasional en el cercano Guadix, localidad de mayor importancia en la comarca.

 

Ya con 7 u 8 años el pequeño Antonio era animado por su padre a ayudarle en las tareas de cada día en el campo, como si fuera un hombre más.

 

Una de las pocas ocasiones del año en que se rompía la monotonía del lugar era cada 18 de octubre, cuando tenían lugar las fiestas locales de Moros y Cristianos a pocos kilómetros de allí, en una pequeña aldea llamada La Rambla del Agua, a unos siete kilómetros de Charches. 


Vista de la aldea de La Rambla del Agua. Fotografía de José Ángel Rodríguez.



Había música, bailes y escenificación de batallas entre moros y cristianos. Era uno de los pocos momentos del año en que los campesinos del lugar dejaban sus duras tareas en los cortijos y acudían a festejar la tradición.

 

También el pequeño Antonio acudía cada año con sus padres a la cercana aldea, allí los chiquillos solían divertirse jugando con improvisados palos y espadas de madera, jugando a escenificar, imitando a los mayores, aquellos míticos y antiguos combates entre soldados árabes y castellanos.

 

Años después la familia fue creciendo poco a poco. Tres años después, en 1922, nació Emilio, más tarde Adela en 1925, y finalmente Antonia en 1928.

 

Por el cortijo solía acudir con cierta frecuencia un maestro itinerante que circulaba habitualmente por los numerosos cortijos de la zona, un hombre llamado José de Urrutia, que enseñaba a los críos del lugar a leer y escribir, y las cuatro reglas básicas de matemáticas. Antonio, cuando las tareas del campo se lo permitían, acudía a algunas de esas improvisadas “clases” algunos días por la noche, durante una hora, junto con su hermano Emilio. Esas humildes clases itinerantes fueron la única educación a la que tuvieron acceso en toda su vida. Fue poco lo que tuvieron oportunidad de aprender, pero al menos ese poco lo aprendieron bastante bien, y siempre pudieron leer y escribir sin demasiada dificultad y hacer cálculos básicos.

 

La tragedia familiar se gestó, sin embargo, hacia el año 1930, cuando Claudio, el padre de la humilde familia, notó cómo su salud iba empeorando tras un resfriado mal curado. La dolencia se intensificó, y pronto tuvo que permanecer en cama por la gravedad de la enfermedad. A pesar de la asistencia de un médico y de la toma de medicinas su estado continuó empeorando.

 

Tristemente Claudio falleció finalmente, dejando huérfana a la incipiente familia, que a partir de entonces tuvo que continuar sola su camino.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.


















Imagen del cortijo de El Raposo. Autor: José Ángel Rodríguez. Proyecto Sierra de Baza. https://sierradebaza.org/
Publicada en artículo: «Los maquis; la guerrilla antifranquista», Jesús Fernández Osorio. https://en-clase.ideal.es/2020/10/09/jesus-fernandez-osorio-los-maquis-la-guerrilla-antifranquista/?ref=https%3A%2F%2Fwww.ecosia.org%2F


Imagen de la aldea de La Rambla del Agua. Autor: José Ángel Rodríguez.



Andanzas de un campesino soldado. PRÓLOGO

 


PRÓLOGO

 

 

Viajemos al pasado, pongamos nuestra mirada en los años en Europa llamados de “Entre-guerras”. Era 1919, en aquellos días en Barcelona se iniciaba una importante huelga de trabajadores de La Canadiense, que poco después desembocaría en una histórica huelga general que tuvo como consecuencia, poco tiempo después, la instauración por ley de la jornada laboral de 8 horas para todos los trabajadores.

Huelga de trabajadores de La Canadiense. Barcelona, Febrero de 1919.

En aquellos días todavía resonaba reciente la terrible pandemia de gripe acaecida en todo el mundo un año antes, la mal llamada “Gripe Española” de 1918, de la que el primer caso se documentó sin embargo en un cuartel militar de Kansas (EE.UU.), y que supuso la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo, y de la que aún en 1919 e incluso 1920 se produjeron algunos rebrotes en ciertas regiones.

Sala de enfermos de un hospital improvisado. EE.UU., 1918.

Allá por la India un tal Mahatma Gandhi empleaba por aquellos días sus métodos de protesta mediante la no-violencia.


Se comprobaba y confirmaba por primera vez también en aquellos días la Teoría de la Relatividad, de un tal Albert Einstein, y también en aquel año se concluía con éxito el primer vuelo trasatlántico de la historia.


Despegue del primer vuelo trasatlántico de la historia. 1919

En Francia se firmaba el Tratado de Versalles, poniendo fin a las largas negociaciones tras el fin de la 1ª Guerra Mundial y a su vez se fundaba la Sociedad de Naciones, germen de lo que posteriormente sería la Organización de Naciones Unidas. 

Firma del Tratado de Versalles. Francia, 28 de Junio de 1919.

En Alemania un elocuente desconocido, apellidado Hitler, comenzaba por esas fechas a pronunciar algún que otro discurso. Y ese mismo año de 1919 en Madrid el por entonces Monarca, Alfonso XIII, inauguraba la primera línea de metro, dando paso por primera vez en España a la vanguardia del transporte de la época.

Inauguración de la 1ª línea del Metro de Madrid. 1919.


Personajes como el conocido humorista español Miguel Gila, la política argentina Eva Perón o el mundialmente conocido alpinista neozelandés Edmund Hillary nacían en ese mismo año. En los Estados Unidos de América fallecía Theodore Roosevelt y en México moría tiroteado el revolucionario Emiliano Zapata.

 

En tierras más cercanas, un tal José Alix Martínez patentaba en nuestro país la primera olla express de la historia.



Comienzo de las crónicas

 Andanzas de un campesino soldado


Una historia basada en hechos reales


Cronista:

Fernando Conesa Navarro

Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza.
Vista del Cortijo de El Raposo, en la Sierra de Baza. Imagen de José Ángel Rodríguez.
















Imagen del cortijo de El Raposo. José Ángel Rodríguez. Proyecto Sierra de Baza. https://sierradebaza.org/
Publicada en artículos: 
«El granadino que salvó Bolonia de ser destruida por los bombardeos en 1944», Gabriel Pozo Felguera.

FUENTES: 




miércoles, 6 de octubre de 2021

Viejos escritos salen a la luz

En la primavera de 2010, tuve oportunidad de acompañar en muchos de sus paseos a mi abuelo materno, Antonio, que por entonces contaba ya con 90 años a sus espaldas. En muchas ocasiones y de forma espontánea solía relatar todo tipo de historias que casi siempre acompañaba con todo lujo de detalles, con una precisión muchas veces realmente sorprendente. A raíz de todas aquellas historias, un buen día se me ocurrió empezar a escribir una especie de registro escrito a modo de unas sencillas “crónicas”, que recogieran todo aquello que relataba. Lamentablemente no pude registrar todas las historias que contaba, pero al menos pude reunir información suficiente para componer, a modo de pequeño relato basado en hechos reales, unos 9 capítulos que narran algunos de los hechos más destacados de su azarosa vida.



Con motivo del próximo 102 aniversario de su nacimiento, el 10 de Octubre de 1919, he tenido a bien rescatar esos escritos de allí donde han permanecido dormidos todos estos años, “desempolvarlos”, revisarlos y corregirlos un poco para “mostrarlos al público”. Así que me dispongo a publicar un capítulo de esa historia de forma semanal en este mismo blog, durante las próximas 9 semanas; comenzando este próximo Domingo 10 de Octubre de 2021 a las 12:00 del mediodía


Espero que os guste.