domingo, 28 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 8. Camino del sur

  

 

Capítulo 8.    Camino del sur

 

 

 

Primavera de 1939.

En algún lugar de La Mancha.

 

 

Dejando atrás Alcázar de San Juan, Antonio y sus compañeros carboneros, tras su fuga de la Plaza de Toros habían resuelto dirigirse caminando al sur, hacia la estación de Linares-Baeza, porque sabían que allí tenían parada los trenes hacia Almería, ruta que solía tener parada también en Guadix, y con suerte podía ser su oportunidad para tratar de montar en algún tren y continuar hacia el sur. Fueron dos interminables días de largas y lentas caminatas a través de polvorientos caminos atravesando grandes llanuras de trigales y viñedos, La Mancha castellana. Caminaban siempre alerta, tratando de pasar desapercibidos en mitad de aquellas soledades, y huyendo de cualquier posible encuentro con guardias, soldados o indeseables que desearan denunciarles. Paraban a descansar y tomar aliento muchas veces, a la sombra de alguna solitaria encina, cuando las piernas ya no les aguantaban más. Lo peor era la sed que sentían, y que no podían saciar a menos que se toparan con algún arroyo o fuente. A pesar del hambre y la sed intentaban evitar los lugares poblados, por miedo a ser descubiertos. En toda la travesía tan sólo pudieron llevarse a la boca unas escasas uvas que quedaban en uno de los numerosos viñedos que encontraron.

 

 

Unos dos días después de haber dejado Alcázar de San Juan arribaron a la Estación de Linares-Baeza. Allí acercáronse a los andenes, y pudieron observar que la entrada a los trenes estaba custodiada bajo un estricto control por parte de los revisores. De esta forma les sería imposible colarse en algún tren. Además, tampoco quedaban ya billetes a la venta en las taquillas de la estación, agotados todos por los innumerables viajeros que copaban los trenes en aquellos días.

 

Consternados por el nuevo revés, se vieron perdidos y desorientados, sin saber dónde ir o qué hacer. En estas, el joven Antonio se sobrepuso una vez más a la adversidad, y echando mano de su memoria tuvo una idea: Propuso a sus compañeros dirigirse a la cercana estación de Begíjar, a algo más de tres horas a pie de allí. Ya había estado en ella una vez, hacía ya casi tres años, cuando huyó evadido del frente extremeño al comienzo de la guerra, y pensó que valía la pena intentarlo de nuevo. A sus compañeros no les pareció mala la idea.

 

Así, con las escasas fuerzas que aún pudieran quedarles, dejaron la Estación de Linares-Baeza, y se dirigieron esta vez hacia la estación de Begíjar, que distaba de allí tan sólo unos dieciséis kilómetros. Muy desorientados, sin embargo, tardaron un día entero de penoso andar errático por los desconocidos caminos de la zona hasta dar finalmente con la citada estación. Llegados a la Estación de Begíjar, Antonio optó por emplear la misma táctica que ya le resultara en la anterior ocasión que estuvo allí, cuando andaba evadido. Se acercaron a un ferroviario, que andaba por allí portando un farolillo, pues ya había anochecido. Temerariamente, se atrevieron a preguntarle directamente acerca de la posibilidad de colarse en algún tren. Por fortuna para ellos aquel ferroviario se mostró solidario, y les preguntó a dónde querían dirigirse. Antonio le respondió que tenían intención de llegar a Guadix, a lo que el ferroviario les informó que dentro de una hora u hora y media, debía pasar por allí un tren de mercancías con destino Almería, y que tenía también parada en la estación de Guadix. Enormemente agradecidos con aquel hombre, se despidieron y fueron a esconderse por los alrededores a la espera de la llegada del tren.

 

Como ya sucediera la vez anterior, Antonio esperaba que no les fuera muy difícil conseguir colarse en alguna de las bateas del tren, pues el convoy no contaba con más personal que el maquinista y unos mozos de frenos.

 

Así, esperaron escondidos e impacientes la llegada del convoy, que surgió en la lejanía entorno a la hora que les había comentado el ferroviario, con su lenta marcha, iluminando la oscuridad.

 

Antonio y los carboneros esperaron un tiempo prudencial una vez que el tren quedó detenido por completo. Y observaron los movimientos del maquinista y los guardafrenos. Cuando vieron el lugar despejado avanzaron agachados junto a las bateas, probando a forzar algunas de las puertas. No parecía que ninguna fuera a ceder fácilmente, a pesar de estar muchas oxidadas y medio rotas. Finalmente una de ellas, muy estropeada, cedió un poco ante los insistentes empujones de Antonio y sus compañeros. Empujaron con más fuerza y la puerta cedió algo más, hasta que lograron tener un hueco suficiente por el que colarse al interior. Lo había logrado una vez más, ya estaban dentro. Aquel tren sería, con suerte, su penúltima etapa de aquella larga travesía, habida cuenta que si lograban llegar a Guadix aún les quedaría una última caminata de entorno a siete horas a pie hasta alcanzar el Cortijo de El Raposo.

 

No mucho después el tren se puso de nuevo en marcha y siguió su lento y traqueteante recorrido sin grandes sobresaltos.

 

Al día siguiente llegaron por fin a la estación de Guadix y se bajaron doloridos y extenuados tras una larga noche de dura travesía en el tren. Ya sólo les quedaba un último esfuerzo supremo: alcanzar el cortijo de El Raposo.

 

En el estado lamentable en el que llegaban, con pelo largo de varios meses, barba sin afeitar desde hacía mucho, negros como el tizón, sin oportunidad de haber podido lavarse en mucho tiempo, nadie los pudo reconocer. Amanecía cuando felizmente pisaron por fin las tierras del cortijo de El Raposo. Completamente extenuados, se sentaron a descansar en unos bancos de piedra que había a la entrada. El viaje había terminado, al fin.

Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003
Cortijo de El Raposo, Agosto de 2003.


No hay palabras para describir la inmensa emoción y alegría que los embargó cuando su madre y hermanos supieron que Antonio estaba vivo y había regresado sano y salvo. Todos se fundieron en un gran abrazo, llenos de lágrimas, con la enorme alegría de saber que el joven Antonio había sobrevivido milagrosamente a aquella terrible guerra.





© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen del Cortijo de El Raposo. 26-08-2003. Autor: Fernando Conesa Navarro.







domingo, 21 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 7. Mares de gente

 


Capítulo 7.   Mares de gente



29 de Marzo de 1939

Sierra de Espadán (Castellón)



Por pistas de tierra iban descendiendo lentamente de aquella sierra convertida en tumba para muchos, y que sólo querían ya olvidar. Llegaron a un lugar donde habían formado un inmenso montón de armas y municiones, una auténtica montaña siniestra y metálica, emergida tras el paso de innumerables soldados que por allí iban pasando. A todos se les registraba y se les ordenaba desarmarse por completo. Los soldados pronto se unieron a una gran muchedumbre de gentes de toda condición y origen.


Larga fila de refugiados camino del exilio. 1939. | nuevatribuna.es


Hombres, mujeres y niños de todas las edades, viudas que llevaban a sus hijos hacia la casa de algún familiar que los acogiera, jóvenes perdidos y desorientados que se dirigían quizá hacia algún puerto o alguna gran ciudad, algún que otro vendedor ambulante que ofrecía los más variopintos productos, familias enteras que habían perdido su hogar en algún bombardeo y trataban de huir del país en alguno de los escasos barcos británicos y franceses que zarpaban de los puertos hacia el exilio, vagabundos, desterrados, proscritos, pobres y ricos. La guerra les había igualado a todos, y caminaban ahora en busca de alguna salida tras el infierno vivido. 



Imagen del Stanbrook llevando a bordo numerosos refugiados, fue el último buque que zarpó del Puerto de Alicante en Marzo de 1939. | elpais.com


El gentío era inmenso, los caminos eran verdaderos ríos humanos, gentes de todo tipo y condición, que con paso lento iban hacia algún lugar donde volver a comenzar de alguna manera sus vidas. De vez en cuando pasaban camiones y vehículos militares, atestados hasta arriba de gente. Antonio, cansado de la larga caminata, vio la oportunidad al ver pasar un vehículo que remolcaba un cañón, allí, encaramados al artefacto bélico habría una veintena de hombres, apiñados como podían, para librarse de tener que ir a pie. Ayudado por la mano tendida de uno de aquellos hombres, Antonio logró subirse al cañón, y de tal guisa aguantó hasta que al día siguiente por la tarde llegaron a Valencia. La capital mediterránea, plaza fuerte del bando republicano hasta casi los últimos momentos de la guerra, era ahora un completo y caótico bullir de gente, atestado y confuso. Por todos lados se oía a los fascistas victoriosos corear y vitorear el nombre de su líder. La nueva guardia, la recién creada guardia civil de Franco, intentaba controlar los movimientos de tanto gentío. Camiones militares atestados de gente, interminables colas para conseguir comida, viajeros esperando conseguir algún hueco para viajar a su destino, gente de toda condición, que al término de la guerra, trataban de llegar a sus esperados destinos. Y otros muchos que trataban de huir desesperadamente por barco para abandonar apresuradamente el país.

Así fue Antonio a parar a la estación de ferrocarril, con la esperanza de ser devuelto a tierras andaluzas. En la estación no cabía un alfiler. Miles y miles de personas llenaban los escasos trenes, que pronto no admitían a nadie más. Guiado por las voces de megafonía, Antonio buscó el tren que partía hacia Andalucía, pero en vano lo intentaba, pues los trenes estaban todos a reventar, era imposible encontrar un sólo hueco. Allí tuvo que esperar junto a otros muchos compañeros, mientras esperaban con resignación que hubiera algún hueco en alguno de los trenes. Antonio aún tenía algo de dinero y probó a comprar unos bocadillos en unos puestos de comida que allí habían montado. Tuvo muchas dificultades, pues consternado cayó en la cuenta de que el dinero republicano carecía ya de ningún valor, así que nadie se lo aceptaba. A pesar de todo consiguió comprar algunos bocadillos, en uno de aquellos puestos, donde sin duda se apiadaron del hambre de aquellos soldados. Así esperaron hasta la mañana siguiente, cuando, tras varios trenes perdidos por no caber ya nadie más, lograron encontrar por fin un hueco en un convoy de bateas de mercancías que decían que se dirigía hacia Andalucía. Viajaron lentamente, apiñados y muy incómodos en aquel tren totalmente sobrecargado de gente. El suelo era de duros tablones de madera rotos y maltratados por las mercancías, polvorientos y llenos de tierra y paja. El aire olía a orines y enfermedad, y la oscuridad sólo era rota por finos haces de luz que se filtraban por las rendijas de las paredes. Ese era el viaje inhumano que tenían que aguantar, removidos constantemente por el traqueteo infernal de la vía y el ensordecedor estrépito del tren en movimiento.

Al día siguiente, al atardecer, llegaron a Alcázar de San Juan. Allí se vio su viaje truncado cuando unos piquetes de la guardia civil comenzaron de forma inesperada a desalojar el tren. Antonio y sus compañeros descubrieron entonces llenos de consternación y desesperación que el supuesto “tren a Andalucía” no era más que una emboscada del nuevo régimen para engañarlos y llevarlos presos. Con total impotencia, no pudieron hacer más que seguir aquella interminable fila de vencidos, camino de prisión. 




Los mandaron formar en grupos de unos 50, y los condujeron hasta la plaza de toros del lugar, que se había convertido en una improvisada y atestada cárcel. Allí se apiñaban cientos y cientos de personas, desfallecidos y atacados por el hambre. Por fortuna, más tarde fueron alimentados con un chusco de pan y un plato de comida, que sus estómagos agradecieron tras un penoso día entero sin comer. Pero la situación en aquella plaza pronto comenzó a ser cada vez más penosa, los estaban matando de hambre. Varios oficiales, armados con palos, les mandaban formar varias veces al día y no eran pocas las veces que empleaban dichos palos de forma indiscriminada. Quien no caía muerto de hambre, lo hacía bajo los palos de aquellos militares sin escrúpulos.

Una mañana comenzaron a organizarlos y a pedirles documentación. Tomaban sus datos para la llamada “filiación”, debían esperar allí mientras se les comunicaba a sus parientes su estado y, tras comprobar que no eran “enemigos del régimen”, podrían abandonar el lugar. Se investigaba a cada prisionero, sobretodo a través de informes de alcaldes, sacerdotes y jefes de la guardia civil y la Falange de la localidad natal de cada individuo. De esta forma clasificaban a los prisioneros en tres grupos diferenciados: los “forajidos”, que eran enviados directamente a juicio, en el que se les decretaba pena de cárcel o fusilamiento; los “hermanos forzados”, los que se consideraba que creían en los ideales fascistas pero habían sido obligados a combatir en el bando republicano; y los “desafectos”, aquellos que habían formado parte del bando republicano pero el nuevo régimen valoraba que no tenían una ideología firme, y por tanto se les consideraba “recuperables”. Pero aquel proceso podía fácilmente alargarse meses, y no sabían si aguantarían tanto tiempo el hambre que estaban padeciendo.

Prisioneros republicanos en un campo de concentración franquista. | Biblioteca Nacional de España.


Antonio, por casualidad, había coincidido allí con unos conocidos carboneros de su mismo cortijo, y pronto comenzaron a especular entre ellos sobre la idea de escaparse de alguna manera de allí. Eran muy conscientes de que si no lo hacían, morirían de hambre o bajo los golpes de aquellos guardias. Se habían percatado de que la vigilancia del lugar era mínima, e intuían que los mismos guardias civiles que les custodiaban no eran en el fondo partidarios de aquel encierro que estaba matando de hambre a aquella pobre gente, tan sólo cumplían órdenes. Por lo que imaginaban que no sería difícil escapar de allí.

La oportunidad se les presentó una noche lluviosa. Los guardas se habían retirado a resguardarse del fuerte aguacero que caía, y la ocasión era favorable. ¡Tenían que intentarlo! Si los descubrían, serían tiroteados o apresados y después torturados, pero si se quedaban allí morirían de hambre, así que optaron por escapar.

Se armaron de valor y, resueltos, en lo más fuerte del aguacero, se encaramaron a lo alto de la tapia de la plaza. El agua se precipitaba  resbalando por las paredes, los dedos les resbalaban, y tiritaban calados y entumecidos. El miedo era atroz, pero la suerte les fue favorable y aprovechando los salientes y recovecos de los ladrillos dispuestos en arcos que formaban la fachada de la plaza, fueron descendiendo con sigilo. Como aprendices de escaladores fueron capaces de sortear milagrosamente aquel precipicio, sin siquiera contar con cuerdas que los sujetaran. 

Con un último salto consiguieron tocar el suelo, y sonrieron felices viéndose ya libres. Por fortuna nadie intentó detenerles, tenían el camino libre. Caminaron liberados bajo aquella lluvia que les había salvado. Callejearon por las solitarias calles de Alcázar de San Juan, saludados solamente por el continuo repiquetear del agua que caía de los tejados, hasta salir a campo abierto y empezar una nueva y larga travesía hacia el sur. Después de tantas penurias, por fin tenían un golpe de suerte. ¡Eran libres!



© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.




Imagen de una larga fila de refugiados. Autor desconocido.
Publicada por José Luis Ibáñez Salas.



Imagen del Stanbrook. Autor desconocido.
Publicada en un artículo de J. A. Aunión. Diario El País.



Imagen de prisioneros. Biblioteca Nacional de España.
Publicada en artículo de Carlos Monteagudo.







domingo, 14 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 6. De vuelta al infierno

 



Capítulo 6.    De vuelta al infierno




Tres jóvenes caminaban por los pedregosos caminos que descienden de las estribaciones de la Sierra de Baza, adentrándose poco a poco en el Valle de Guadix. Había algo más de seis horas y media a pie entre el cortijo y la cabecera comarcal. Caminaban despacio, sin prisa, en una fría mañana de otoño. Tristes, desanimados y resignados. No tenían ninguna prisa por llegar a su destino, así que caminaban lentamente y despreocupados, intentando alargar lo más posible su llegada a la estación. Llegados a la estación de Guadix compraron sus billetes y tomaron el tren hacia Almería. Una vez llegados a la capital almeriense decidieron alojarse en una fonda durante unas cuantas noches. Sabían lo inevitable, pero querían alargar todo lo posible la espera hasta tener que presentarse finalmente ante la autoridad. Así estuvieron unos cuantos días, ociosos, caminando despreocupados por las calles de la ciudad, hasta que finalmente un guardia de la ETAPA les dio el alto mientras caminaban y les pidió la documentación. Tras revisar los documentos el guardia les preguntó qué hacían allí, y por qué no estaban en su correspondiente brigada. Los tres jóvenes no tuvieron más remedio que decir la verdad: Que habían “perdido” su brigada, y por tanto eran evadidos. Un delito que se castigaba con la cárcel.


Así pues, fueron conducidos a un “centro de recuperación”, que no era más que un absurdo eufemismo con el que llamaban en aquellos días a las cárceles militares. De esta forma los tres jóvenes comprobaron que tanto si los hubieran apresado en su hogar como si iban voluntariamente a Almería su destino iba a acabar siendo el mismo. Habían terminado en la boca del lobo.


Allí, en un acuartelamiento, convertido en prisión militar, malvivieron durante varios meses, encarcelados junto al resto de soldados que habían sido capturados tras su evasión de los frentes, ateridos de frío durante un largo invierno. Solían apretujarse y empujarse unos a otros por lograr un hueco junto a alguno de los escasos braseros, que poco servían en aquella caverna helada, aborreciendo la detestable sopa boba con que los alimentaban, peleando siempre por una manta con que luchar contra aquel frío y húmedo invierno. El ambiente estaba allí cargado de humedad, y el frío entumecía intensamente todos los huesos del cuerpo. Más de uno cayó víctima de tuberculosis o de fiebres en aquellos meses. Los presos solían lanzarse penosas miradas esquivas unos a otros preguntándose quién sería el siguiente. El transcurso de los días se hacía lento y monótono recluidos en aquella cámara del infierno. De vez en cuando trataban de matar el tiempo jugando a las cartas, otras veces eran forzados a trabajar limpiando todo el acuartelamiento.




En este punto es necesario decir que las fechas no están claras. Si bien es cierto que el inicio del relato se sitúa claramente en Julio de 1936, coincidiendo con el inicio de la Guerra Civil, conforme avanza la acción las fechas comienzan a ser difusas en muchos momentos, y hay grandes “lagunas” temporales, perfectamente entendibles por otra parte, teniendo en cuenta que todo lo narró de viva voz mi abuelo Antonio a través de diversas historias cortas en la primavera de 2010, cuando ya contaba con 90 años, haciendo uso de una admirable memoria y demostrando una precisión de detalles excepcional en numerosos puntos, tal como demuestran estos relatos.


Según lo relatado por mi abuelo, sus dos compañeros, Juan y Galindo, y él permanecieron encarcelados en el acuartelamiento de Almería entorno a uno o dos meses, aunque pudo ser bastante más tiempo en realidad. 


Por la información que se ha podido consultar se sabe que la 48ª brigada del ejército republicano — brigada que señala mi abuelo a la que fueron destinados tras salir del acuartelamiento de Almería —  no fue enviada hacia el frente de Levante hasta Junio de 1937. De acuerdo con ello la estancia en el acuartelamiento de Almería bien podría haberse alargado entorno a seis meses, en lugar de uno o dos meses como señalaba mi abuelo en sus recuerdos.


Tampoco está muy claro cuánto tiempo permanecieron en el frente de la Sierra de Espadán tras el cautiverio en Almería, aunque de la información disponible podría deducirse que fue una larga estancia, que bien pudo alargarse igualmente durante muchos meses.


Hay grandes lagunas en el relato de mi abuelo entre principios de 1937 y comienzos de 1939, lo que obliga a hacer aquí un gran salto temporal.





Centro de Recuperación de la ETAPA, Almería

Entorno a Junio de 1937.



Una mañana Antonio y sus dos compañeros fueron llamados repentinamente por los guardias del acuartelamiento. Les sacaron finalmente de allí tras varios meses recluidos, y los presentaron a una pequeña tropa que esperaba a la entrada del acuartelamiento. Un sargento y tres soldados, que con escuetas palabras les ordenaron que los siguieran. Fueron conducidos a la estación de ferrocarril, y allí tomaron un tren que tras un largo y lento viaje los devolvió nuevamente al ya conocido frente de Segorbe, en la Sierra de Espadán; donde la 48º Brigada del ejército republicano se estaba reorganizando.


Allí permanecieron varios meses, siempre ojo avizor, guarnecidos en trincheras unas veces, protegidos en algún fortín otras, siempre temiendo lo peor. De cuando en cuando se producían algunas escaramuzas y pequeños enfrentamientos, pero la mayor parte de las veces eran sofocados en poco tiempo.





Aquí hay que hacer mención de nuevo a una gran laguna temporal en los recuerdos de mi abuelo, puesto que la continuación de los relatos salta de repente a inicios de 1939.



Frente de Levante, Sierra de Espadán (Castellón).

Hacia inicios de 1939.


Restos de una fortificación militar del bando nacional en el frente de la Sierra de Espadán (Castellón).
Restos de una fortificación militar del bando nacional en el frente de la Sierra de Espadán (Castellón).


Ya era enero del 39, y aunque Antonio y sus compañeros de brigada aún lo desconocían, la guerra daba ya sus últimos coletazos, con el bando republicano cada vez más acorralado y debilitado. En poco más de dos meses sería invadido Madrid, y la guerra se acercaría irremediablemente a su final.

 

Una noche hubo más movimiento del habitual, y pronto se vieron inmersos en una encarnizada batalla. Las balas silbaban por todas partes, ráfagas de ametralladora barrían el lugar, se sucedían las explosiones y los gritos, el aire se llenaba de humo y olor a muerte. Antonio y sus compañeros con gran desesperación se vieron en las últimas, y esta vez no había escapatoria posible, ¡perecerían allí!

 

Antonio pensó una vez más en su hogar, en su madre, en sus hermanos, y en la lejana tranquilidad del cortijo, tan irreal en aquellos momentos en mitad de aquel país resquebrajado por la guerra.

 

Muchos cayeron aquella fatídica noche, pobres infortunados que ya no regresarían con sus familias, vidas truncadas que se iban sin poder despedirse de los suyos.

 

Llenos de terror, Antonio y los que le acompañaban miraban impotentes el macabro escenario.

 

Por fin cesaron los tiros. Poco a poco la tormenta bélica dio paso a una triste noche silenciosa, fría y macabra. Algunos dudaban de si realmente seguían vivos o estaban ya muertos, pues aquello parecía el mismo infierno.

 

Antonio y los demás comprobaron consternados que su compañero Galindo no estaba. Preguntaron a unos y a otros sin éxito, buscaron desesperados en todos los refugios y parapetos, en las trincheras y recodos de la montaña, miraron con estupor entre los caídos, temiendo lo peor a cada instante. Pero por fortuna su amigo no estaba entre las bajas. Aún podía estar vivo. Deseaban poder volver a verlo y esperaban que hubiera podido ir a parar a algún lugar resguardado.

 

Durante los siguientes dos meses permanecieron allí, en el mismo frente, apostados en búnkeres y trincheras, encadenando interminables y tediosas guardias, rumiando la detestable comida enlatada, y matando el tiempo unas veces fumando y otras liando cigarrillos con tabaco de liar. No volvió a haber ningún incidente de importancia tras aquella violenta batalla en la que perdieron la pista de su amigo Galindo. Los días se sucedieron largos y lentos en aquellas trincheras, y no veían el final de aquella agonía.

 

 

 

 

Una bendita noche del mes de marzo, sería ya el día 28, ya de madrugada, a eso de las 4, un comisario fue dando la orden de alto el fuego a todos los soldados. Nadie debía disparar un solo tiro hasta nueva orden. Ningún motivo se les dio de esto, pero intuían que aquello podía presagiar buenas noticias, al menos para ellos. Y así fue como, ya de mañana, se confirmó definitivamente que la dura guerra había terminado, al menos en aquel frente, ya que el fin oficial de la guerra en todo el país no se produjo hasta cuatro días después, el 1 de Abril de 1939, tras sofocar las últimas resistencias del bando republicano en el Puerto de Alicante.

 

Uno de los oficiales fue anunciando a los soldados la buena nueva: ¡la guerra había terminado!, nada les ataba ya al ejército, cada uno podía tomar el camino que quisiera, ¡eran libres! A lo lejos, en lo más alto del pico de “La Ballesta”, que dominaba el lugar, el bando nacional mostraba esperanzadoras banderas blancas. Pronto fueron varias las insignias de paz que ondearon en varios puntos de la sierra. Mostraban el fin de la guerra, pero también la victoria del bando fascista. Eran innumerables los gritos y vítores a Franco, el General líder de la victoria. Contrastaba aquella algarabía con el resignado silencio del bando republicano, que cabizbajos unos, taciturnos y serios otros, iban abandonando lentamente el lugar, pesarosos y cavilando con mucha incertidumbre qué sería de ellos a partir de entonces… Habían cesado los enfrentamientos, en aquel y en otros muchos frentes del país, pero la guerra aún tenía horrores reservados para muchos…

 


© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.


 

 

Imagen del frente de la Sierra de Espadán. Autor: Villelite, flickr.com.

FUENTE:   https://www.flickr.com/

https://www.flickr.com/photos/villelite/5495601980/in/photostream/

 


 Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3


Capítulo 4


Capítulo 5


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo





domingo, 7 de noviembre de 2021

Andanzas de un campesino soldado. Capítulo 5. El traidor

 

 

Capítulo 5.    El traidor

 

 

Atrás quedaban los días de soldado forzoso, los tiroteos, las trincheras, las escaramuzas nocturnas, las guardias interminables, el racionamiento de comida enlatada, el olor a pólvora y a muerte, los largos y penosos viajes en tren o en camión y las largas travesías recorridas a pie tras su evasión. Al fin estaba en casa. En mitad de aquella guerra sin sentido había logrado huir a aquella pequeña isla de tranquilidad que seguía siendo el cortijo en aquellos días oscuros. A partir de entonces debería permanecer bien escondido, para evitar que cualquiera le descubriera y le denunciara a la guardia de la “ETAPA”, como llamaban en aquellos días al cuerpo encargado de ir casa por casa en busca de todo hombre capaz para incorporarlo a las necesitadas filas republicanas. Pero estaba con su familia, en casa, y aguantaría lo que hiciera falta con tal de evitar volver al infierno vivido en los frentes. Él y su familia se cuidaron mucho de mantenerlo en secreto y de que nadie se enterara de que se encontraba allí. Todas las mañanas, bien temprano, aún con la oscuridad de la madrugada, salía a escondidas del cortijo y se perdía por los agrestes parajes de la sierra durante todo el día, lejos de miradas ajenas, hasta que caía el anochecer, cuando regresaba sin ser visto para dormir en casa.

Vista de la Sierra de Baza
Vista de la Sierra de Baza.


 

Se reunía cada día con otros dos jóvenes compañeros evadidos que, al igual que él, habían desertado de las filas republicanas, y que vivían en el cercano cortijo de La Canaleja. Escondidos por la sierra pasaban el día ociosos, pero siempre alerta, tratando en todo momento de no ser vistos por nadie, y esperando que aquella terrible guerra terminara algún día. En las largas horas que pasaban juntos solían aprovechar para contarse unos a otros sus experiencias vividas, sus temores y sus planes para cuando todo aquello pasara. Sin embargo, el día menos pensado podían descubrirlos, y tenían que estar preparados.

 

Por desgracia Antonio no consiguió pasar totalmente desapercibido en aquellos días, a pesar de todas las precauciones que él y su familia se habían tomado. No había transcurrido ni un mes siquiera desde su inesperado regreso al cortijo, cuando un astuto y malvado guarda de El Raposo, de alguna manera acabó enterándose de que allí se escondía un evadido. Tal vez alguien lo había visto en algún momento cuando se marchaba por las mañanas temprano, o bien a su regreso por las noches, y había dado el chivatazo a aquel guarda. De una forma o de otra, la información había llegado a oídos de aquel malvado, y este resolvió ir directamente en busca de Antonio a la casa de su familia en el cortijo. Como cada día, Antonio había salido por la  mañana temprano a la sierra, para no ser visto, así que el guarda, al llegar a la casa sólo encontró a la señora Margarita. El guarda le advirtió severamente que sabía que allí se escondía un soldado evadido, y amenazó con denunciarle inmediatamente a la guardia de la ETAPA si no se presentaba él mismo de forma voluntaria en la comandancia. La señora Margarita, llena de temor, le mintió diciéndole que su hijo había ido a un cortijo cercano, a casa de unos familiares.

 

El obstinado guarda, viendo que sus intentos no tenían éxito, e intuyendo que la mujer lo engañaba, supuso que en algún momento del día o de la noche Antonio debía regresar al cortijo al menos para recoger alimentos, así que decidió esperar allí pacientemente y al acecho hasta dar con él cuando regresara al cortijo. El guarda permaneció muchas horas allí apostado, a la entrada del cortijo, hasta que, habiendo ya anochecido, vio que alguien se acercaba en mitad de la noche. El guarda sonrió siniestramente en la oscuridad al ver aparecer al joven Antonio entre las sombras. De repente gritó:

 

— ¡Alto! ¿Quién va? — vociferó con voz autoritaria.

  

Antonio al oírlo quedó paralizado y se estremeció de puro miedo ante la inesperada voz seca de aquel guarda en mitad de la noche. No fue capaz siquiera de articular una sola palabra, invadido como estaba por el terror.

  

— ¡Ya no te me escapas! ¡Desertor! — gritó con desprecio el malvado con una grotesca mueca de regocijo en su rostro. — A ti y a tus amigos de La Canaleja se os acabó el chollo. Mañana mismo acudiré a denunciaros a los tres, y que vengan los de la ETAPA a arrestaros. — le dijo amenazante el guarda. Los ojos del guarda centelleaban mirando con enorme desprecio a Antonio. Éste le sostuvo la mirada muy serio.

   

Antonio sabía que si los detenía la guardia de la ETAPA irían a la cárcel, así que resolvió marchar voluntariamente a la comandancia.

  

— No hará falta, — respondió por fin Antonio resueltamente, muy serio y con gran resignación, — iremos voluntariamente a la comandancia.

  

— Estaré aquí para verlo — dijo por toda respuesta el guarda, riendo triunfalmente por lo bajo. Y sin más, se volvió y se alejó de allí.

  

Tras el funesto encontronazo con aquel desagradable individuo quedó Antonio desarmado, abatido, completamente derrotado. Había temido mucho que ese día llegara. Tantos esfuerzos de él y su familia para esconderse al final no habían servido para mucho. Ahora ya no había escapatoria posible. Los habían descubierto.

  

Sus compañeros de La Canaleja debían saber lo antes posible lo que acababa de ocurrir, sino serían arrestados y llevados a prisión. Así que Antonio no tardó en acudir rápidamente al cortijo de La Canaleja y alertarles de la situación.

  

Tanto Antonio como sus compañeros resolvieron marchar voluntariamente al día siguiente hacia la comandancia de Almería. Debían abandonar el que hasta entonces había sido su refugio en el cortijo y volver a la dura realidad, la guerra no había terminado.

  

Así marcharon los tres a la mañana siguiente, camino de la estación de Guadix, derrotados, tristes y abatidos. Sus nombres eran Juan, Galindo y Antonio. Tres jóvenes de humildes familias de campesinos, que debían regresar al infierno de la guerra para evitar ser enviados a la cárcel.




© Fernando Conesa Navarro. Reservados todos los derechos.



Imagen de la Sierra de Baza. Autor: José Hernández L. 

FUENTE:   https://www.flickr.com/

https://www.flickr.com/photos/josehl/15716420113


Portada


Prólogo


Capítulo 1


Capítulo 2


Capítulo 3


Capítulo 4


Capítulo 6


Capítulo 7


Capítulo 8


Capítulo 9


Epílogo